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Otmar Issing

La cuestión sobre el liderazgo alemán

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Muchos en los países en crisis de la eurozona señalan como la fuente de sus males un programa estricto de austeridad económica –incluidas reducciones en los salarios y pensiones, aumentos fiscales y un desempleo creciente– que les ha sido impuesto por Alemania. La hostilidad contra Alemania ha alcanzado niveles nunca vistos en Europa desde finales de la Segunda Guerra Mundial.

Y con todo, a pesar de este antagonismo, sigue habiendo llamados para que Alemania asuma el “liderazgo” en Europa. Sin lugar a dudas, Alemania es la economía europea más importante; y además, debido a su bajo nivel de desempleo y finanzas públicas relativamente sólidas, también es la que tiene mejor desempeño –al menos por ahora–. Así pues, se insta a Alemania a encabezar el rescate de la eurozona, resultado que interesa no solo a la comunidad europea, sino también a Alemania, que es vista por todos como la que más ha ganado con el establecimiento de la moneda única.

Parece haber una contradicción entre las quejas por la imposición de un “régimen teutónico” y los llamados a Alemania para que asuma el liderazgo –una especie de disonancia cognitiva en todo el continente–. De hecho, las quejas y los llamados se refuerzan mutuamente. La aplicación de políticas de austeridad en la periferia ha provocado que estos países soliciten ayuda y pidan el liderazgo de Alemania mediante más oferta de dinero en la mesa europea.

Nadie negaría que a Alemania le interesa preservar el euro. Así pues, ¿por qué no apoyaría a sus socios con ayuda financiera para superar la crisis?

Dicha ayuda ya está disponible mediante los variados mecanismos de rescate –principalmente, el Mecanismo Europeo de Estabilidad y las garantías implícitas de TARGET 2– que se han creado desde el comienzo de la crisis. Sin embargo, se tienen que diferenciar estos mecanismos de un programa permanente de transferencias semiautomático. Mientras la unión política de pleno derecho siga siendo una visión del futuro, los parlamentos nacionales tienen que legitimar las transferencias fiscales.

Por ahora –y tal vez por mucho tiempo más– la eurozona seguirá siendo una unión de Estados soberanos, en la que cada país es responsable de sus propias políticas y de su resultado. La cláusula de no corresponsabilidad financiera que está incluida en el Tratado constitutivo de la unión monetaria es un corolario indispensable. Por ejemplo, los eurobonos no solo crearían riesgo moral; una “imposición sin representación”, también violarían un principio fundamental de la democracia y socavarían el apoyo a la idea europea.

La creación de una unión bancaria europea es otra área en la que persisten los llamados insistentes a la solidaridad. Las propuestas para establecer una autoridad única de vigilancia y un mecanismo de resolución son válidas. No obstante, pedir que otros paguen el legado de las prácticas irresponsables del pasado de los bancos es muy difícil de justificar.

¿Cuál sería la reacción si, por decir, se pidiera a los contribuyentes españoles o italianos pagar por la conducta imprudente de los bancos alemanes IKB o HRE? ¿Quién no la consideraría una propuesta inadecuada, por decir lo menos? Y con todo, cuando el rescate es al revés, en el que se solicita a los contribuyentes alemanes apoyar a los bancos imprudentes italianos o españoles, de algún modo se supone que se convierte en un acto de solidaridad. Los problemas del legado de los sistemas bancarios nacionales se deben resolver a nivel nacional antes de que participe la unión bancaria.

Rescatar a gobiernos y bancos no es el curso que debería encabezar Alemania. Si acaso Alemania debe adoptar liderazgo, debe de hacerlo mediante un modelo de buenas políticas económicas que otros imiten. Debe de ser mediante el respeto de compromisos consagrados en los tratados europeos. En efecto, Alemania puso un ejemplo dañino y vergonzoso cuando entre 2003 y 2004, socavó el Pacto de Estabilidad y Crecimiento al no suscribirlo.    

Walter Hallstein, el primer presidente de la Comisión Europea, subrayaba a menudo que la unión estaba basada en el principio de comunidad de naciones en el marco del Estado de derecho (Rechtsgemeinschaft). Ahora, la credibilidad se puede restaurar solo si se respetan nuevamente tratados y normas.

Consideremos la eurozona como un club selecto. Se debilitará, a menos que sus miembros respeten las normas que lo definieron. Aquellos que infringen las normas deben ser amonestados y en última instancia, sancionados –de preferencia de forma automática. Y aquellos que infringen las normas constantemente, e incluso advierten que su conducta persistirá, se les debe impedir chantajear a la comunidad y deben considerar salir del club.

Aquellos que están inquietos por el control permanente alemán del “club” europeo pueden estar tranquilos. Luego de resurgir, después de haber sido el hombre enfermo de Europa apenas hace una década, Alemania ahora está voluntariamente, o irreflexivamente, deshaciendo las reformas que han fortalecido tanto su economía. Al hacer más inflexibles las normas ya estrictas del mercado laboral, emprender una política energética errónea y revertir la reforma al sistema de pensiones, Alemania está socavando su actual posición económica y avanzará en la dirección de los países con problemas.

Esta regresión tomará tiempo, pero llegará. Paralelamente, los llamados a Alemania para asumir liderazgo desaparecerán y sus limitadas finanzas públicas eliminarán las peticiones de transferencias financieras. Uno se pregunta: ¿cómo serán entonces las discusiones sobre un “liderazgo” europeo?

 

*Ex economista en jefe y miembro del Consejo del Banco Central Europeo, es presidente del Centro de Estudios Financieros de la Universidad Goethe, Frankfurt.

 

Copyright: Project Syndicate, 2014.