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Freddy Javier Álvarez
A tres manos

La cuestión del tiempo y la filosofía, a propósito de Michel Foucault

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El seminario sobre “Michel Foucault, treinta años después, ¿una ética para la política actual?”, celebrado entre el 3 y 6 de diciembre del 2014 en la ciudad de Mérida, Venezuela, desafía la pregunta sobre: ¿Cómo pensamos el tiempo los filósofos o los diletantes de la filosofía? ¿Qué goce encontramos al situarnos en el pasado para comprender el presente? ¿Están las claves de lo que estamos viviendo en lo transcurrido? ¿Puede lo anterior convertirse en guía para la experimentación de lo posterior? ¿Podemos tomar distancia de la experiencia del tiempo, o se trata de un absoluto sin el cual la vida no puede ser vivida?

Immanuel Kant es la referencia obligada en la filosofía de Foucault, así el tiempo en Kant tiene el carácter del absoluto de Newton, pues la originalidad del acto filosófico se sitúa en relación con su propia contemporaneidad, no obstante en Kant existe una absoluta independencia del tiempo con respecto al objeto. No podemos percibir el tiempo como cosa, pero tampoco se puede tener alguna percepción sin considerar el tiempo. De tal manera toda experiencia presupone el tiempo, sin que el tiempo sea una experiencia aislada o pura. En sentido estricto, el tiempo está en la base de todas las intuiciones. Luego, el tiempo en sus diversas manifestaciones hace parte de la epistemología, hacia delante, atrás, en el instante, en la simultaneidad, siempre como una intuición que efectúa la síntesis temporal y espacial.

“Volver a Foucault, treinta años después”, desafío propuesto en Venezuela, es un momento para volver la mirada hacia atrás arropados por la pasión y las grandes preguntas del presente. Reflexionar sobre el gesto de volver atrás, puede ser, porque en el presente reconocemos que la profunda crisis nos obliga a reconocer la experiencia de pérdida. Reconocer que las respuestas de ahora ya no pueden ser las mismas de ayer o hasta ahora, implica audacia y honestidad, valores que no son del orden de la inteligencia ni de la razón crítica, sino de la ética.

El acto  filosófico de volver atrás es un movimiento, por lo menos paradójico, porque al concederle al pasado el carácter de respuesta, no lo hacemos solo porque sea una “excusa” sino porque el tiempo esconde un secreto que fue expresado por Platón. En efecto, en el Timeo de Platón, el tiempo es eterno y es demarcado por la ontología y la gnoseología. Al ser el tiempo eterno, el ser es idéntico a sí mismo, permanente y racional,  y el otro es objeto de las opiniones vinculadas a las sensaciones de orden irracional. De modo que la relación es la misma entre el ser y el devenir, entre la verdad y la creencia puesto que el ser siempre es lo que es. En efecto, es como si todo lo que existe fuera una mentira, pues lo engendrado solo tolera lo eterno, en cuanto replica, imitación, o imagen móvil: pues el tiempo ha sido hecho sobre el modelo de la substancia eterna, de forma que se pareciera lo más posible, según su capacidad. Pues el modelo es ser por toda la eternidad, y el cielo, por el contrario, desde el comienzo y a lo lardo de la duración, ha sido, es y será” (Timeo 38ª-39b)

Tal noción platónica del tiempo, determinada en su sustancia eterna, y determinante en su apariencia frágil, resalta una homogeneidad monolítica, la cual no es contraría a la manifestación heterogénea de la existencia. Las rupturas y discontinuidades temporales, en efecto, provocan ebullición para la naturalización de la norma. Narrar la diversidad de la manifestación del ser, aunque lo hagamos pretendidamente desde fuera, es siempre un adentro enganchado a  la sed infinita de eternidad. En cierta forma, la pretendida objetividad y neutralidad con la que buscamos oídos para nuestras palabras no son más que el eco del Timeo.

El tiempo roto en sí mismo, no es la orgía del anarco, tampoco el bazar de las diferencias posmodernas, es el encuentro con la sintonía de la vida, por lo que lo dicho dentro del tiempo tiene un lugar de enunciación, ligado a enunciados que nos sujetan y sujetamos. Luego, quien asume el rol de descriptor de una supuesta tipología evade la pregunta del lugar y del tiempo siempre eterno en su transcurrir y frágil en su evidencia,  desde donde estamos obligados a tender la carpa para la escritura. Dicho tiempo eterno nos sujeta bajo la consideración de un cúmulo de opciones, las cuales solo pueden ser abordadas desde su nominación dentro del tiempo donde cualquier continuación es solo la falsedad del aparecer. Es como si necesitáramos invertir la crítica de Kant a David Hume: toda explicación solo puede ser descriptiva o sucesión, y jamás una causalidad. Así, los diversos modos de intelectual, propuesta de Frédéric Gros (2014): ilustrado, universal, profeta y comunicacional, y crítico, es tan arbitrario como la clasificación de los animales de  la Enciclopedia China citada por Borges. En efecto, cada uno de estos modos se sitúa en el tiempo y contiene el tiempo en sus modos.  Luego, los dos planos, el que supone la clasificación y el clasificado, nunca se encuentran, pues se quiere generar la impresión de que el uno sucede fuera del otro, como dos paralelas que no se encuentran y no tienen necesidad de hacerlo, pues la una define el transcurrir de la otra sin que aparezca su intervención y conducción.

El intelectual ilustrado se posiciona en el tiempo eterno de lo radicalmente inaudito. Luego, lo eterno irrumpe como lo fundamentalmente nuevo. Se trata de un momento supuestamente privilegiado que se detiene para dar comienzo a una nueva historia por medio de la razón moderna indolente, emancipadora y reguladora como la describe Boaventura. En dicho tiempo el pasado es condenado por la razón de Leibniz que estrecha el pasado y amplia el futuro. Las grandes preguntas quedan en mano de los ilustrados, no necesitan de los otros y las otras, al contrario los otros necesitan de ellos, por eso pueden hablar e imponerse en su nombre. Se rompe con otros tiempos para ingresar en el tiempo definitivo de la apoteosis y de la redención final tal como lo advirtiera Walter Benjamin. La Ilustración o el aufklarung es el momento decisivo y constituyente del discurso y del sujeto enunciador. De este modo la eternidad irrumpe para volvernos a la verdad instituyente y modificadora.

El intelectual universal se encuentra en una eternidad sin encarnación. El tiempo universal es enemigo de los localismos y las parcialidades. Toda parcialidad es vista como una traición. Mientras las coyunturas someten, los universalismos creen liberar y son el ejemplo de la nueva y única humanidad. Siempre hay un sobre… lo que se dice y se piensa, el cual exige el sacrificio por el todo sin infinito. El supuesto sin tiempo de la universalidad se impone sobre los pequeños tiempos, por no ser decisivos, ellos son más bien lastres que no merecen ser  comprendidos, los cuales atentan contra el advenimiento de la eternidad universal.

El intelectual profeta anuncia la promesa y/o el apocalipsis en torno a la fidelidad o infidelidad con la eternidad.  Pasamos a ser testigos de un tiempo que se encuentra en vilo, testigos de la destrucción y de la lucha contra ella, dolientes de algo que no termina de morir y al que no se deja nacer. No somos más que profetas de la realidad que ataja el advenimiento de la eternidad. El por-venir es parido en medio de llanto e incertidumbre. El profeta asume el trabajo de un recitador de desgracias. Es como si fuera testigo de su propia destrucción, en cierto modo se trata de un sobreviviente bajo sospecha. En sentido estricto, él pregona el sentido de la historia  parida dentro de la eternidad platónica.

El intelectual mediático es un experimentador de efectos de verdad,  antecedido por la anulación del juicio de verdad, según Jacques Poulain. Se vive en el tiempo de lo inmediato, de la ausencia de memoria, de la coherencia corta, y del día a día. El trono de lo fugaz corresponde a un reinado sin memoria que se mide con la ontología del número,  las encuestas y los sondeos de opinión, donde lo que se dice, no debe ser probado, vale porque se muestra sin necesidad de demostrar. Así, el tiempo se acelera porque es oro, pues la eternidad  es experimentada en la inmediatez.

Pero ¿podemos estar en un tiempo separado de la eternidad? ¿Se puede pensar el tiempo de espaldas a la eternidad platónica? Plotino, en la Eneada III, aunque siga la línea del Timeo, el tiempo y la eternidad son realidades diferentes, incluso antitéticas, pero a la vez constituyen cosas semejantes, con la semejanza que une la copia a su modelo. Luego, devenir sin cesar es asemejarse a la inmutabilidad  mientras la copia engendrada rehúsa a la eternidad, en sensu stricto  aspira al triste remedo que es el tiempo. Luego, la eternidad es la estabilidad de la esencia, ella participa del reposo, pero no que sea el reposo en sí (Cfr Enéada III, 7.2, p.174) mientras tanto la vida es desgarrada por el dolor que conlleva el tiempo.

Plotino crítica al Estagirita y el entendimiento del tiempo como movimiento: el tiempo es el medida del movimiento según el antes y el después (Física 220ª) De esta manera busca en el Alma, intermedio entre lo inteligible y lo sensible, el lugar donde se experimenta el tiempo. El alma busca presentes siempre nuevos, es decir, futuros que sean básicamente diferentes de los presentes ya poseídos y de los pasados vividos y no recordados. De tal manera, el tiempo se instala en el alma lo cual explica la tendencia del no ser al ser, de la vida sensible a la vida inteligible, de la actividad a la permanencia y a la contemplación.

Michel Foucault es el filósofo del tiempo desgarrado, discontinuo, propio no del olvido del ser de Heidegger sino de la invisibilidad que produce el panóptico, la disciplina, el confesionario y, en general, las luces de la Modernidad, no por argucia del malin genie de Descartes sino por efecto  de la razón moderna que entierra un sujeto ya liquidado por la cristiandad medieval. No hay necesidad de buscar un sentido, porque no hay sentido, y tampoco salvación a la manera de  las Tragedias de Sófocles.  La historia está vaciada de sentido, ella misma no significa nada. Por tal motivo tenemos que vivir en el tiempo sin escrúpulos, porque no hay teleología. En efecto, no estamos aquí por algo, estamos a pesar de todo.

La ontología del presente es el tiempo de las localidades. Lo local es lo concreto, y lo concreto ha sido aquello que fue dejado fuera tal como sucede con la diferencia que no hace parte de la política pues ésta solo entiende al poder como dominación. De este modo la cotidianidad se escribe en contra de la eternidad. Las vicisitudes del presente nos obligan a estar en el aquí y el ahora. Vivimos marcados por un tiempo preciso, mientras la renuncia a la universalidad se hace patente en lo pequeño y desconocido. La notoriedad de la eternidad ilustrada, universal, profética y mediática, es reducida al sin nombre, al sujeto anti-ilustrado, dentro de una geografía sin Euclides, donde no caben los presagios y la inmediatez es conjurada. En consecuencia el filósofo vive fundido en su propio tiempo, envuelto y tejido por sus dinámicas, deshecho en sus trampas y arrastrado por sus encantos.

El filósofo crítico es condenado al presente lo cual no es un simplemente un destino. El filósofo es el médico de Nietzsche que diagnostica la enfermedad del presente, el desvió y el engaño de la política cuando el cambio no es más que un nuevo orden despótico. El presente es simplemente lo que es, y eso que es no es la aurora o la cúspide. En tal medida el filósofo tiene un compromiso con el tiempo, y consiste en desencantarlo, sacarlo de su retórica y de su falsa promesa. En consecuencia, tenemos necesidad de diagnosticar el presente no como lo que es, sino como lo que no ha podido ser, aquello que no se le ha dejado ser, y así arrebatarlo a los apologistas del presente que usan el anuncio de lo nuevo para justificar lo injustificable. El análisis del presente nos ayuda a entender que lo vivido no es lo único,  lo diferente no es lo mío, y todo aquello que se sitúa en relación con la vida es insoslayablemente un recomenzar sin fin.

Pensar el presente  es reconocer al tiempo actual solo como el momento que vivimos. No es el mejor o peor de los tiempos, pues ese tipo de profetismo no se lo permite el filósofo sin eternidad. Luego, la tarea del filósofo es decir lo que somos ahora, no decir que esto es nuevo, ni decir que esto es lo peor, es advertir que este es un día como otros días, pero también que es un día completamente diferente a los demás días, por deriva del mismo tiempo. Hablar del presente es hablar de la naturaleza del presente, una naturaleza que solo se puede entender en relación con el pasado como discontinuidad y ruptura, un pasado marginal, desde textos no canónicos y autores totalmente desconocidos. En realidad desde el presente nunca logramos saber lo que somos, tenemos necesidad de hablar de la vulnerabilidad de lo que somos, de lo que no podemos ser, del no ser del ser, del poder ser y no serlo, del querer ser y estar atrapado en el poder.

Aunque la ontología del presente implica lo real, el realismo no es su deriva precisamente porque el realismo es un modo común de justificación, lo cual detiene cualquier comprensión básica para la crítica, además porque la crítica deja de ser ancha y abierta. En cierto modo, la racionalidad realista nos coloca en la urgencia de aceptar lo inaceptable. Con la ontología del presente nos desviamos del utopismo como en el realismo, sin embargo la apuesta pascaliana está patente en el interior del diagnostico. Por ultimo el ser del realista no tiene necesidad de fijarse en el no ser del crítico del presente.

La ontología del presente se experimenta a partir del acto de pensar el tiempo, un tiempo que no se elige pues en él estamos arrojados, pero si podemos elegir la manera cómo lo queremos vivir y morir. Así, el pensar el tiempo en el vivir no está separado de morir en el tiempo. Se vive muriendo y se muere viviendo, pensaba Heráclito. En este sentido el tiempo de Foucault fue el tiempo de los cambios, de los aires de la revolución, un tiempo que estuvo marcado por las grandes diferencias de los filósofos en cuanto a que se comprende y como  se vive en el tiempo. Ser críticos del tiempo es una generalidad propia de la izquierda  y de la derecha, de la actividad y de la contemplación, lo cual no es lo mismo para los filósofos. Ser fieles al tiempo a la manera de Foucault  es criticar lo dado y lo naturalizado por la norma que dicta lo instituido. La crítica a lo existente es la manera de existir en el pensamiento de la crítica. La costumbre no es la ley, la fuerza no es la ética, la norma no es lo justo, la verdad no es el bien, pues todo se teje dentro de la dislocación del ser en el tiempo en la que se genera la crítica. Esa dislocación del ser es el punto donde se sitúa la ontología del presente. En efecto, es un punto sobre el tiempo dentro del tiempo, es una inflexión. En otras palabras, quien se encuentra en la dislocación del ser se experimenta en un estar fuera del tiempo, en el mismo momento que no se puede escapar de él.

Si lo existente no existe para el filósofo sino como crítica, jamás como aceptación, es porque no estamos en el tiempo de la política. Si la verdad es parresia, el ser es devenir, el presente es angustia, luego el tiempo de Plotino continúa en su plena actualidad, pues no hay nada que puede institucionalizarlo, medirlo,  y ordenarlo. Aceptar el tiempo es entrar en el tiempo de la Política y no de la Filosofía. Luego, criticar a cualquier filósofo fuera de su tiempo es una injusticia, porque de lo que habla cualquier filósofo es de su tiempo. Se vive atado al tiempo. En tal medida la crítica es un querer escapar del tiempo, es la rebeldía contra el tiempo, un querer no estar dentro del tiempo en el que solo podemos  estar.

Uno de los grandes límites de la crítica al tiempo del filósofo, lo hace la política. Mientras la política existe porque hay revolución, la filosofía se origina en el lugar de la pregunta. En otras palabras, el acontecimiento es el origen de la política misma, ergo, la política se fundamenta en un evento fijo, donde se origina el ser, así lo entiende Badiou. Entonces, el retorno a la revolución es un problema político y no filosófico. La tarea de la filosofía es advertir de la desnudez y la intemperie en la que se sustenta la experiencia del tiempo de la Política.  Tal fragilidad nunca es superable, de ahí la permanente tensión. En efecto, no podemos decir lo que pasa porque  lo que pasa es que no sabemos qué pasa, como decía Ortega y Gasset,  en consecuencia no podemos evadir el sentimiento de encontrarnos perdidos, fuera del tiempo, sin rumbo y traicionados. Además, la fragilidad generada debida al tiempo es lo único que nos hace libres porque nos recuerda que todo lo vivido  no es un destino, pues el tiempo siempre estará abierto, fuera de los  discursos ortodoxos, de la ley y el deber ser porque  en realidad nunca puede ser. Si no hubiese fragilidad en el tiempo nada pudiese ser transformado porque no estamos ni podemos estar en la eternidad Platónica, o en la inmortalidad de Kierkegaard. Tampoco podemos saber si la experiencia del tiempo es un elemento fuera del ser o simplemente ontológico. Así, lo más interesante del tiempo como apertura  y fragilidad en Foucault es la posibilidad de la transformación del ser a partir del cuidado de sí.  Saltar los límites del tiempo nace en la relación entre el tiempo y la eternidad  de Plotino, en consecuencia se puede ir más allá de lo institucionalizado, de aquello que tiene el carácter de inevitable, y que se justifica como si solo pudiera realizarse de una determinada manera.

Ir más allá de lo que el tiempo ha señalado como imposible es dar forma a la impaciencia de nuestra libertad, es en el fondo no un asunto fuera sí, es más bien algo que tiene relación con el ser mismo y su condición precaria y frágil. En efecto,  desprenderse de sí mismo, por no estar en la eternidad,  inclusive  dejarse afectar en el pensamiento, es asumir la actitud misma del filósofo. No se trata de modificar a los demás sino de modificarnos a nosotros mismos, de transformarnos en otro u otros dentro de nuestro propio yo.  No podemos estar seguros de cambiar a los otros, pero sí podemos transformarnos, a partir de querer ser, desear ser y poder ser.  Ergo, se trata de ubicarnos dentro del sentido más profundo de la Modernidad,  no como totalidad sino como parcialidad abierta a lo inconmensurable a partir de aquello que está sucediendo.

El tiempo del filósofo no es la reflexión en cuanto tal, es el tiempo de una vida filosófica, no de una vida dedicada al conocimiento, sino a pensar la vida desde muchas formas de vida. Desde la vida del filósofo debemos evaluar nuestro presente, por lo que se requiere de un ejercicio permanente del cuidado de sí, y del conócete a ti mismo. No es el tiempo de sí mismo autista sino el tiempo de otro pero como el cuidado de sí mismo. Este el tiempo de estar fuera de sí para estar en el otro. De este modo, pensar el tiempo es sorprenderse con la urgencia de pensar la propia vida. La preocupación por la vida no puede dejar fuera la Política, y la vida del filósofo no puede quedar fuera de la vida. Comprender el tiempo es comprender la propia vida en su realidad y subjetivización. Estar en el tiempo de la vida no es crear nuevas reglas, es plantearse las preguntas sobre el tiempo de la vida. En consecuencia, preguntémonos sobre aquello que tiene relación con el ser,  no para descubrir el ser sino el aparecimiento del ser, no sobre las verdades sino la manera en la que se construyen, son impuestas, y son suplantadas, preguntas que deben ser realizadas a la conducta, a la manera como procedemos y como entendemos la política en relación con la constitución del sujeto. En tanto que fidelidad a la vida debemos descubrir los modos de construcción y sujeción del  sujeto, los procesos de subjetivación, en la sexualidad, el Estado, la educación, y otras más.

Con el Foucault del tiempo discontinuo sabemos que no hay revolución cuando no revolucionamos la vida. En consecuencia nada puede ser definitivo, tampoco nadie puede justificarse con la verdad del poder, y no puede erigirse  una ética que consagre al sujeto pues solo queda  el cuidado de sí. En efecto, bajo el espectro de Nietzsche debemos recordar que toda normatividad es  profundamente inmoral  puesto que  ningún  tiempo  puede justificar la eternidad de Plotino.