• Caracas (Venezuela)

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Carlos Paolillo

El cuerpo nunca miente

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Los 100 años de la Gran Guerra, llamada después Primera Guerra Mundial, aniversario que se conmemora el próximo mes, supone uno de los episodios de violencia humana más extremos y desconcertantes. Este cruento conflicto bélico que se extendió por 4 años causó graves convulsiones y el cese de las hostilidades, lejos de concretarse definitivamente, trajo consigo posteriores enfrentamientos aún más devastadores.

La creación artística, claro reflejo del acontecer del hombre, más allá de evadir la violencia como fenómeno social  la ha asumido históricamente desde distintos modos expresivos. Una de sus manifestaciones ancestrales, la danza, la ha abordado con profundo sentido humanista y clara intención testimonial, muy especialmente a partir de las conmociones vividas durante la primera mitad del siglo XX.

La danza artística por su ilimitada capacidad de abstracción ha enfrentado no pocos prejuicios que la han llevado a ser considerada con frecuencia como una manifestación evasiva de las más complejas realidades y, por tanto, poco riesgosa, cuando no de utilidad, para las estructuras del poder constituido. En realidad, y contrario a estas visiones generalizadas, las artes del movimiento han  sido esencialmente recreativas de experiencias vitales, tanto las más regocijantes como las más dolorosas, valiéndose del gesto corporal como lenguaje singular para denunciar con contundencia, sin posibilidades de mentir, ni  resultar simplistas ni evidentes.

El ballet ruso durante la era soviética buscó modificar la visión esquiva, de extendido espíritu romántico, de esta disciplina hegemónica, por un tratamiento de mayor concreción del devenir colectivo, promoviendo obras reivindicativas de históricos procesos de cambio social, tales como la rebelión de los esclavos durante el Imperio romano  o las acciones libertarias de la Revolución francesa.

La danza contemporánea, por su parte, desde sus orígenes ha encontrado en la violencia humana, individual y colectiva, su punto de partida necesario y su  razón de ser fundamental. Desde los dramas danzados de Martha Graham, Kurt Jooss y Mary Wigman, y los postulados humanistas del expresionismo abstracto, hasta las propuestas del neoexpresionismo, la danza butoh, el teatro físico y la nueva danza, la violencia ha adquirido las formas de inéditos códigos del cuerpo.

América Latina constituye un ámbito de violencia telúrica. Su desarrollo histórico y su particular caracterización cultural, social y política, han hecho de esta región asiento de agudos desequilibrios y alta conflictividad. La danza latinoamericana es portadora genuina de las tensiones del continente. Sus creadores han sido un claro y a veces también distorsionado espejo de esta lacerante realidad, configurando una expresividad propia a partir de las corrientes universales del movimiento. Nuevos abordajes coreográficos debieron surgir desde particulares situaciones al límite, pero también desde la ineludible existencia de una determinante cultura globalizada.

Las dramatizaciones escénicas continentales debidas, por ejemplificar, a Grishka Holguín en Venezuela y a Guillermina Bravo en México, han dado cuenta de sus reinterpretaciones de los sucesos de la hecatombe de Hiroshima, las significaciones de la Revolución mexicana, o las consecuencias de prácticas demagógicas y autoritarias. Bajo la premisa de que el cuerpo nunca miente, la danza, en apariencia distante, ha enfatizado, por el contrario, con agudeza y precisión en el devenir violento. 

Llegará el momento en el que las actuales incertidumbres nacionales y mundiales se recreen, tal como hizo Kurt Jooss años después de la Gran Guerra,  a través de las infalibles certezas del cuerpo.