• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

A cuchillo y a mordisco

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“El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”, variante del antiguo proverbio español: “El infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo de buenas obras”, es refrán irrefutable cuando se aplica al trecho que media entre las cándidas propuestas de los socialistas utópicos y el estrepitoso derrumbe del férreo sistema de sojuzgamiento colectivo en que degeneró el jactanciosamente llamado socialismo científico; en términos históricos –si dejamos de lado las ideas precursoras de Platón, Agustín de Hipona o Tomás Moro– han sido, apenas, 2 siglos de agitación o propaganda y algo más de 7 décadas de poder, que no es mucho si se le compara, por ejemplo, con lo más de 2.000 que tienen dando vueltas por el planeta  las prédicas de Jesús de Nazaret. En nuestro país, el tránsito del paraíso ofertado por los redentores castro-chavistas al escenario posapocalíptico en el que nos movemos fue, aunque sumamente tortuoso, relativamente fugaz y consumió unos pocos años, que parecen muchos más en razón de la precoz senilidad del proceso y lo anacrónico del modelo.

El párrafo anterior podría haber sido mero perifraseo, pero la  inopinada convergencia en la red de un texto de Carlos Fuentes y un filme que resistió con dignidad el paso del tiempo lo transformó en oportuno exordio. El texto proviene de un prólogo que el mexicano escribiera para la primera edición española (2001) de una novela de Milan Kundera, La vida está en otra parte (1973), en el cual sostiene: “Los personajes de Kundera no necesitan amanecer convertidos en insectos porque la historia de la Europa central se encargó de mostrarles que un hombre no necesita ser un insecto para ser tratado como un insecto”; la película, dirigida por Richard Fleischer, que se llamó, en inglés,  Soylent Green y fue estrenada, casualmente, el mismo año en que apareció la novela del “otro K de Checoslovaquia” (así llama Fuentes en su proemio al autor de La insoportable levedad del ser), nos sumerge en una Nueva York superpoblada, donde prolifera el crimen y escasean el agua, la energía eléctrica y, por supuesto, los alimentos, sobre todo los de origen animal y vegetal. En Venezuela, como en el resto de los países hispanoparlantes, fue exhibida con un atildado y, a mi entender, demasiado revelador  título: Cuando el destino nos alcance.

“Los martes hay Soylent Green, el nuevo alimento a base de plancton”, proclama la publicidad; solo los martes porque la oferta de esa proteica galleta no satisface la demanda; por eso, hay tumultuosas colas para adquirirla y disturbios cuando se agota. De allí –y esta secuencia nos acecha desde que volvimos a ver la película porque en algún punto del trayecto entre el utópico mar de la abundancia prometido por Chávez y el distópico sálvese quien pueda que nos toca vivir, puede que el destino nos alcance antes de tiempo– que se disponga de camiones provistos de enormes palas recolectoras que acopian montones de famélicas personas y las arrojan en sus tolvas traseras a fin de trasladarlas nadie sabe dónde. Cuando Richard Thorn (Charlton Heston), un sagaz y poco escrupuloso policía, siga la pista de su amigo Sol Roth (Edward G. Robinson), recluido en El Hogar, paradisíaca antesala de la muerte a la que, voluntariamente, acuden a perecer, con una sonrisa en los labios, ancianos y desahuciados, descubrirá una terrible verdad: “Los mares  agonizan y el plancton son humanos”. Este descenso fílmico al infierno sugiere que el poder es capaz de recurrir a no importa qué para apuntalarse, y el hombre, para subsistir, puede comer lo impensable.

A pesar de que los cuatro jinetes del apocalipsis rojo –inflación, inseguridad, desabastecimiento y represión– pisotean a la población como si se tratase de cucarachas a las que se puede despachar sin remordimientos, no creemos que la antropofagia inducida esté entre sus siniestros planes, no porque la idea les produzca náuseas a los gobernantes, sino por pavor a terminar como pièces de résistences de las golosas apetencias de comensales de su entorno. No en vano dicen que la pelea entre ellos es a cuchillo.

No puede descartarse, sin embargo, que el canibalismo devenga en práctica corriente entre la ciudadanía. De persistir la cada vez más irritante multiplicación, sin atenuantes, de las inmisericordes colas en procura de bastimentos, llegará un momento en que la exasperación desbordará la paciencia y, entonces, se armará un titingó de padre y muy señor mío y nos desgarraremos a mordiscos para saciar, más que el hambre, la cólera y empedrar de sangre, sudor y carne humana el camino por el cual la regencia militar y su figurón civil nos quieren arrastrar al fuego eterno.

rfuentesx@gmail.com