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Atanasio Alegre

Cuando cualquier cosa es todo

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A mediados de la década de los ochenta residí por un tiempo en Hamburgo. Convertida a causa del puerto en una de las ciudades más ricas de Europa, Hamburgo es además de señorial, una ciudad-estado. Y costosa, muy costosa. Yo había alquilado temporalmente un estudio en la zona de Bamberg a una muchacha recién graduada que había salido a hacer un posgrado en Londres. El edificio formaba parte de una serie de bloques construidos en la década de los treinta en una zona que correspondería, para entendernos, a lo que fue Catia en la Caracas de finales de los noventa. Con la diferencia de que en las calles que bordeaban al edificio se podía apreciar aparcados automóviles de los llamados de alta gama: Mercedes, BMW y así. Cerca del edificio se encontraban la estación de una de las líneas del metro que terminaba allí y un automercado. Yo solía frecuentar el automercadolos sábados por la mañana. Había gente de todas las edades, ancianas, sobre todo. En una de esas visitas  al automercado me percaté de la dificultad de una señora con un Parkinson no muy avanzado para meter unas manzanas en una bolsa. Le pedí que me permitiera ayudarla. Me miró extrañada, pero accedió. De camino a la caja, mientras le ayudaba a llevar el carrito con las cuatro cosas que contenía, le pregunté si tenía hijos. Me miró con cierta resignación. Dos, dijo, haciendo un gesto de lejanía con la mano. Cuando ya iba a despedirme, me tomó por el brazo, espere, dijo, y me ofreció una moneda.

—Señora, repliqué –apretándole cariñosamente la mano–. No me tiene que dar nada. Ha sido un placer ayudarle.

Era una mujer que vivía sola, una mujer en soledad. Y yo, debió pensar que como extranjero, no sabía que en Alemania los hijos permanecen en casa de los padres hasta los 18 años. Después, cada cual que se busca la vida como puede.

Pues bien, eso fue entonces. Las cosas han cambiado, la mujer de marras en Hamburgo debía andar por lo setenta. Ahora, el promedio de vida en Europa está por encima de los ochenta años y están mejor atendidos en lo que se refiere a problemas de salud. Y sin embargo…

Este año que ya finaliza, pasamos mi esposa y yo dos meses con uno de mis hijos que vive en Baviera. Un hecho que no pasó inadvertido en la comunidad donde él vive. Y aunque, no se lo dijeron explícitamente, no dejaron de mostrar cierta extrañeza por tener que aguantar durante tanto tiempo a ese par de viejos que, si bien se valen por sí mismos, deberían representar una carga. Dicho en otras palabras, no entendían que nuestra presencia constituyera un motivo de satisfacción para nuestro hijo. “Entre nosotros, esas costumbres no se llevan”. Y ese viene siendo el argumento de uno de los spots publicitarios que mayor sensación han causado en esta temporada. Se trata de un anciano que, viendo que llegaba Navidad y ante la perspectiva de hacer en soledad la cena del 24, se las ingenió, mediante terceros, para hacer llegar una esquela a cada uno de sus hijos anunciándoles que había muerto. El entierro se llevaría a cabo, justamente, el día 24 de diciembre.

Los hijos se apresuraron a trasladarse al lugar para despedir a su progenitor. La cosa es que cuando llegaron a la casa paterna se encontraron con la sorpresa de que estaba puesta la mesa con la cena de Nochebuena a punto para toda la familia –nietos incluidos– y el padre al frente. El mensaje es claro. Fue la única manera que tuvo este anciano para volver a ver a sus hijos ausentes durante años. El video concluye: es tiempo de volver a casa.

El peligro de la soledad es que suele pasar totalmente desapercibida, excepto para quien la padece. Una universidad británica acaba de publicar un estudio en el que se establece que la soledad del hombre solo (algo menos la de la mujer) cuando no se reduce únicamente a ese sublime acto que representa la función de la creatividad –la del escritor ante la hoja en blanco o la del escultor ante el trozo de mármol– es tan dañina para ellos como lo podría ser el hecho de fumar quince cigarrillos diarios. Sobre esa base, los servicios de asistencia británica han creado un programa que consiste, primero en recensar a cada uno de los hombres y mujeres que viven solos en el Reino Unido y a partir de ahí, como segunda parte del programa, facilitarles un asistente a domicilio para acompañarles una vez al mes a tomar el té en un establecimiento concurrido para que sientan, al mismo tiempo, eso que pudiéramos llamar las luchas vibrantes de la vida: el ritmo urbano.

No es mucho, como ocurría con el anciano que informó sobre su muerte para ver a sus hijos una vez más. En el caso británico, la ceremonia del té una vez por mes, además de lo que significa como acto en sí, lleva aparejada la ilusión que significa para la persona abandonada a sí misma ir contando los días para el arribo de esa fecha.

No es mucho, digo. Pero, algunas veces, cualquier cosa puede serlo todo.


atanasio9@gmail.com