• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Gabriel Antillano

La crítica, el ruido necesario

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hace unos días mi amigo Roberto Crimaldi me prestó el DVD de Rashomon (1950), la película de Akira Kurosawa. Decidí aprovechar el fin de semana para verla con la atención que Kurosawa merece. Luego de verla me provocó volver a otro clásico del director japonés, Seven Samurai (1954). Después de casi cinco horas disfrutando del mejor cine samurái, salí a comer con otro amigo de la universidad. Durante la cena, me preguntó cuál película venezolana habría enviado a competir por el Oscar a mejor película extranjera de este año. Sin pensarlo mucho, le respondí: “Ninguna”. Mi amigo se sorprendió. Lo que yo decía le parecía insólito, alguna majadería de mi parte, seguramente culpa del alcohol o de alguna intoxicación culinaria. Le pregunté si sabía quién era Akira Kurosawa. Me respondió que no. Ya ven, algunas cosas no tienen explicación, mientras que otras sí.

Al parecer, mi amigo era un integrante de ese gran grupo de venezolanos que suelen alegrarse de “nuestro” logro cuándo la persona que lleva los cables en una superproducción cinematográfica extranjera resulta ser venezolano, descubrimiento que se busca sin cesar día a día en suplementos domingueros que promueven el culto onanista a los “venezolanos afuera”, o que se desgarran por encontrar en el árbol genealógico de algún famoso alguien o algo que lo vincule a Venezuela, también alguna temporada caminando por este suelo sirve (recuérdese la supuesta “venezolanidad” de Viggo Mortensen). Por supuesto, hay muchos casos de personas talentosas y trabajadoras que ejercen su profesión fuera del país donde nacieron, que da la casualidad de ser Venezuela. (Cabe recordar que la idea de país, de patria, es ambigua y es una discusión que casi nadie hace por apresurarse a identificarse con los logros de otro por cédula). Paisanos que están “representando al país” en el extranjero, mostrando que “aquí hay talento” y “poniendo a Venezuela en el mapa”. (Acotación necesaria: cierto grupo de oficialistas usa la misma lógica sedienta de atención y farándula para defender al presidente Chávez por ejercer una presidencia mediática, ya que de esta forma, “puso a Venezuela en el mapa”. Vaya logro). Ese fue el grupo que inició aquella campaña para convencernos de que Hermano (2010) de Marcel Rasquin era merecedora del Oscar. Los mismos que se convencen de que una película es buena porque ganó una cantidad de festivales que, de no participar Venezuela en ellos, nadie sabría ni cómo se llaman. Esto da como resultado esas extrañas promociones como: “¿No has ido a verla? Me dicen que ganó el San Ruperto”. Qué interesante, y, si se me permite, ¿qué demonios es el festival San Ruperto? Esos, esos son quienes creen que hemos tenido grandes oportunidades de ganar el Oscar en los últimos años.

Todos entusiasmos avalados por la carencia casi absoluta de crítica seria en el país, rechazo absoluto a la crítica negativa que nadie quiere oír.

Este optimismo que raya en la religión –y en la locura– por convencerse de que lo “nuestro” (lo de apropiarse logros de otros por motivos de geografía lo dejo para otra columna) es lo mejor del mundo, nace de esa educación que se nos da sobre cómo somos un país rico, solo que a veces el parabrisas se nos llena de tanta miseria que nos cuesta tomar la curva para ver toda esa riqueza que merecemos en el horizonte. A veces los paisajes naturales y el lejano olor del petróleo no ocultan la suciedad de las calles. Luego de años escuchando que nacimos en un país rico, de grandes queremos reclamar nuestra herencia y encontramos que tal vez no todo sea como creíamos. Algunos deciden que es mejor seguir mirando hacia otro lado. En eso, sin discusión alguna, sí somos los mejores.

Volvamos a lo específico: el mundo “cultural” (palabra amada por los creadores y consumidores).

Cuando pienso en esto recuerdo una de mis series preferidas: The Critic (El Crítico). Era una serie del año 1994 que fue transmitida en Venezuela por ese gran canal de cable que era Locomotion. The Critic fue creada por Al Jean and Mike Reiss, previamente guionistas de Los Simpsons. La serie trataba sobre la vida de Jay Sherman, un crítico de cine que lleva un programa de televisión llamado “Coming Attractions” donde Sherman critica los últimos estrenos. Su expresión favorita al hablar de películas es “It stinks!” (¡Esto apesta!). Jay Sherman era un crítico sincero, un amante de los clásicos del celuloide que se sentía desmotivado ante una propuesta cinematográfica moderna cargada de secuelas, remakes y propuestas generalmente flojas, poco originales y esencialmente idiotas. En un episodio muy destacable, su jefe le comunica que su negatividad no ayuda a los ratings del programa y lo obliga a clasificar las películas en una escala entre Buena y Excelente.

¿Cómo es Jay Sherman? Gordo, calvo, enano, narizón y feo. Es un perdedor. Tiene unos padres adoptivos que no le prestan atención. Su maquilladora y su jefe suelen humillarlo y burlarse de él, al igual que el gerente del restaurante donde come regularmente. Tiene un solo amigo y el único que parece respetarlo es su hijo. Es odiado y rechazado por todos los personajes de la serie.

Jay Sherman representa a los críticos, sí, pero en muchos casos representa también a la crítica en general. Actualmente la gente parece volverse cada día más sensible. Las necesarias conversaciones sobre derechos y discriminación, a veces toman el camino de lo superfluo e idiota. Se defiende el derecho a la opinión individual olvidando el derecho individual a no escucharla o no prestarle atención (en el ámbito privado, en el público es otro tema).

El conocimiento real es el campo desde el cual debe nacer la crítica. La crítica con fundamentos, la crítica sincera.

En este país suele despreciarse al conocimiento. Para un venezolano, ser experto en algo no lo certifica para ejercer u opinar al respecto aquí. Ni siquiera se tiene respeto a la profesionalidad y se ha perdido el criterio de excelencia. Todo esto ocasiona que el crítico sea visto como un insensible, un idiota o un criticón pesimista.

En las comunidades, quienes se dedican al ámbito cultural son minoría. Por ello, en nuestro país es un área que interesa a muy pocos y todos, por supuesto, se conocen. De esta forma, nadie dice nada, nadie quiere molestar al hermano de la novia del primo. La gente se calla sus críticas a los terribles libros que constantemente se publican, las pésimas películas que llenan las carteleras (y no me refiero únicamente a las elaboradas en la Villa del Cine) y el contenido en general mediocre que se produce a diario. Por ello, si seguimos diciendo que una película es “buena para ser venezolana”, nos seguiremos engañando a la hora de enviar basura para el premio de la academia. Sin crítica no hay progreso, no hay mejoría. Cosa que aún no entiende el oficialismo, donde para algunos la crítica es sinónimo de “traición a la patria”.

En el primer episodio de The Critic, su protagonista, Jay Sherman, empieza a salir con una hermosa actriz de cine. Sin embargo, le encargan realizar la crítica a su más reciente película. Sherman decide, conociendo las consecuencias, optar por la sinceridad consigo mismo, con su oficio como crítico: destroza la película como la pésima producción que es, al igual que la terrible actuación de su pareja. Por supuesto, la relación con la actriz acaba de forma catastrófica. La escena es reminiscente a una en Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles, donde el personaje principal, Charles Kane (interpretado por Welles), descubre que su amigo periodista ha escrito una crítica terrible sobre la voz de su esposa cantante. Kane, dueño del diario, despide a su amigo, pero escribe la crítica siguiendo la misma línea, que es simplemente la verdad: la mujer no sabe cantar.

Nunca antes había sido tan importante la crítica como ahora. En un mundo donde la información fluye más y más rápido, donde el manejo de información es total e inmediato, la figura del crítico conocedor es relevante. No siempre se estará de acuerdo, nunca se posee la verdad absoluta, pero la necesidad de análisis profundo es real. Se necesitan personas que digan lo que otros no se atreven a decir, al igual que gente que sepa de lo que habla. Solo así se podrá corregir y perfeccionar. Solo así se podrá avanzar.