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Pedro Conde Regardiz

Nuestra crisis: ¿cómo sobrevivir?

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La crisis actual, como todas las anteriores de toda naturaleza, terminará un día, máxime si se trata de un régimen ilegal e ilegítimo en su actuación por haber violentado en numerosas ocasiones la constitución y otras normas legales, bien que por flojera mental y cobardía de la MUD no se haya realizado un estudio acerca de las actuaciones inconstitucionales, ilegales, del gobierno instaurado en 1999. Al superar la crisis se arrojarán innumerables víctimas adicionales a las existentes y algunos vencedores temporales apoyándose en la corrupción. Sin embargo, será posible para cada uno de nosotros sobrevivir, salir igual o desde ahora en mejor situación que cuando entramos en la crisis. Con la condición de comprender la lógica y el curso de la crisis, de aprovechar nuevos conocimientos acumulados en muchos dominios, de no contar sino consigo mismo, de tomar todo muy en serio, de devenir actor de su propio destino y de adoptar audaces estrategias de sobrevivencia personal.

No se trata ahora de exponer un programa político (ya lo hice en 1993 cuando fui precandidato en AD; si me hubieran apoyado Venezuela fuera hoy un “tacita de plata”, todavía me suena en los oídos aquella exclamación, durante el escrutinio, de Humberto Celli: ¡Chico, te están robando los votos!), para resolver la crisis y todas las que puedan venir, ni de vagas generalidades moralizantes, pero sí de sugerir estrategias precisas y concretas que permitan a cada uno de “buscar las rendijas en el infortunio”, y salir airoso, de hilvanar entre los obstáculos por venir, sin depender de otros, para sobrevivir.

Pues, contrariamente a lo que quisieran hacer creer los gritos de triunfo de algunos politiqueros y de un puñado de “boliburgueses”, el caos cambiario del bolívar no hace sino revelar una crisis económica mucho más antigua y lejos de terminar. La incapacidad de Venezuela, como de otros países de Occidente (caso Grecia) de mantener su nivel de vida sin endeudarse, el apelar a devaluaciones consuetudinarias  desde hace treinta años para financiar parte del gasto público, que es la causa más profunda de esta crisis, está muy lejos de ser reconocida y de adoptar las políticas públicas adecuadas para ir superando en el tiempo sin muchos descalabros tan agobiante situación.

La estrategia puesta en práctica por todos los gobiernos sucesivos desde 1984 para atisbar una solución a tan grave problema es la de refinanciar, endeudarse para financiar parcialmente el servicio de la deuda, y provocar inflación para disminuir el valor de la deuda, pero trasladando parte de la carga hacia la población y, sobre todo, haciendo que las futuras generaciones paguen los errores y costos financieros de hoy.

Además, muchos otros cambios (tecnológicos, económicos, políticos, sanitarios, ecológicos, culturales, personales) vendrán para arrojar, quizá, más libertad. Ellos harán menos descifrable y mucho más precario el medio donde nos desenvolvemos y donde hacemos esfuerzos por vivir, sobrevivir. Las crisis otorgarán a la gente, a las empresas, muchos deberes y propinarán agresiones.

Tendremos que reconocer esta realidad vertiginosa: nuestros sistemas sociopolíticos no hacen nada, absolutamente nada serio para alejar las amenazas que recaen en la sobrevivencia de los ciudadanos, de las empresas, naciones y de la humanidad misma.

Conviene aclarar que poner en práctica los siguientes consejos requiere esfuerzos considerables y que yo, como todo el mundo, tengo dificultades para adaptar mi conducta acorde con ellos. Frente a los peligros actuales y de los próximos años, ya que esta crisis seguirá y se profundizará, se sugiere lo siguiente, entre otros:

 Respeto de sí mismo: primeramente, querer vivir y no solamente sobrevivir. Para ello, tomar conciencia plenamente de sí mismo, no tener vergüenza de sí. Respetarse y por tanto buscar la razón para vivir. Imponerse un deseo de excelencia, la apariencia, la realización de las aspiraciones. Con estos fines, no esperar nada de nadie; no contar sino consigo mismo. No tener miedo frente a la crisis cualquiera que sea su naturaleza: aceptar la verdad, incluso si no es agradable admitirla. Querer ser un actor, ni optimista ni pesimista, de su porvenir.

Intensidad: proyectarse a la larga; formarse una visión de sí mismo, para sí, a diez o quince años, reinventar sin cesar; saber arbitrar en favor de un sacrificio inmediato, si este puede revelarse como favorable a la larga. Igualmente, no olvidar que el tiempo es la única rareza, que uno solo vive una vez, y que se debe vivir cada instante como si fuera el último.

Empatía: En cada crisis y frente a cada amenaza, cada trastorno, colocarse en lugar de los otros, adversarios o aliados potenciales, comprender sus maneras de pensar, sus razonamientos, sus maneras de ser; anticipar sus comportamientos para identificar todas las amenazas posibles y distinguir entre amigos y enemigos potenciales; ser amable con los demás, practicar un altruismo interesado, y con este fin, dar muestras de una gran humildad; ser capaz de admitir que un enemigo podría tener razón sin por tanto tener vergüenza o rabia.

Resiliencia: una vez identificadas las amenazas, diferentes según cada tipo de crisis, prepararse para resistir, mental, moral, física, material y financieramente. Pensar en cómo constituir las defensas, reservas, específicas para cada crisis.

Creatividad: si los ataques persisten y devienen estructurales, si la crisis se instala y se inscribe en una tendencia irreversible, aprender a transformarlas en oportunidades; hacer de una carencia una fuente de progreso; convertir a nuestro favor la fuerza del adversario, lo cual exige pensamiento positivo, rechazar la resignación, coraje, y creatividad práctica. Estas cualidades se logran de la misma manera que se ejercitan los músculos.

Ubicuidad: Si los ataques continúan cada vez más desestabilizadores, si no se pueden utilizar positivamente, prepararse para cambiar radicalmente, imitar lo mejor de aquellos que saben resistir, remodelar la representación de sí mismo para pasar al campo de los vencedores sin perder respeto por sí mismo. Ser móvil en su identidad y, para ello, según las circunstancias, determinar cuándo ser ambiguo en la ubicuidad.

Pensar revolucionariamente: en fin, estar dispuesto, en una coyuntura extrema, en situación de legítima defensa, a osar de todo, sin tomar en cuenta las reglas o normas, bien que insistiendo en el respeto de sí mismo. Este último principio reenvía al primero de los siete principios que forman así un conjunto coherente, un círculo.

 

Quien ponga en práctica estos lineamientos, en cualquier tipo de crisis, y que verifique sin cesar la aplicación, tendrá más chances que los demás de sobrevivir. Lo sé por experiencia personal que he estado sometido a los avatares de la mezquindad política, con “enemigos gratuitos”, persecución solapada, en parte, por expresar públicamente mis opiniones sobre el acontecer nacional e internacional, como sucede ahora y sucedió cuando militaba en AD, y sobre todo por mis posiciones políticas desde que  comenzó la crisis cambiaria (1983),  y la oposición a las continuas devaluaciones y otras políticas públicas. Nadie podrá realizar la revolución, el cambio, si no sobrevive; como decía mahatma Gandhi: “Sed sí mismo el cambio que quieres ver en el mundo”.

 

psconderegardiz@gmail.com

@psconderegardiz