• Caracas (Venezuela)

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Elsa Cardozo

Final y comienzo

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Comenzó con el desplazamiento de la respuesta institucional por desplantes ofensivos, con la sustitución de la argumentación jurídica por artificios políticos para descalificar la crítica y criminalizar la protesta. Continuó con la exigencia de sumisión y la transformación de la disidencia en traición, seguida por el empeño en suprimir la deliberación con la violencia verbal y material. Así de grave es la escalada de la crisis política venezolana.

Esta no es una historia de unos pocos meses. Han sido catorce años de descalabro al ritmo de la incorporación de márgenes inauditos e inauditables de incompetencia, arbitrariedad y aliento a la violencia desde el ejercicio del poder. Ahora, con la pesada herencia de Chávez a cuestas, la pérdida de apoyo electoral y el visible respaldo social al reclamo opositor de recuento de votos, se ha disparado la escalada represiva contra los electores, el candidato opositor y su equipo y, con especial saña, contra los diputados de la Mesa de la Unidad Democrática.

Esto último es en extremo grave a la vez que revelador del tamaño de nuestra crisis política, en la que la negativa a una auditoría efectiva de los resultados del 14 de abril sigue siendo pieza central. El bloqueo al derecho de palabra de los diputados opositores y las salvajes agresiones físicas contra ellos confirman el rechazo a la deliberación plural y también el desprecio por el voto que eligió a representantes de los venezolanos. Tanto más cuando recordamos que, cambios de circuitos electorales mediante, con más votos, los candidatos de la unidad obtuvieron menos curules que el oficialismo.

Ese no es un dato menor y puede ayudarnos a no perder de vista el espacio político ganado democráticamente, en condiciones en extremo adversas, por una oposición organizada, con un liderazgo unido en torno a un compromiso de inclusión social y política. Es lo que niegan declaraciones injerencistas como las de los presidentes de Nicaragua, Cuba y Ecuador. También lo niegan las de quienes, jugando a la ponderación, se quedaron atascados en el mensaje de la reconciliación de una sociedad partida en dos. En realidad, es el Gobierno el empeñado en profundizar las divergencias y en no reconocer que al menos la mitad del país se anotó con una propuesta pluralista, que sólo concertando la diversidad se lograrán respuestas eficientes a las crisis que padece el país en todos los ámbitos y que se necesita como punto de partida el correcto trato institucional al reclamo electoral opositor.

Mientras tanto, no obstante los oportunismos y frialdades, decrece el margen de maniobra internacional de un gobierno que ha perdido capacidad de honrar sus compromisos, mientras desafía las más elementales reglas de convivencia democrática y resta credibilidad a todos los acuerdos y foros regionales en los que participa.

A nadie debería extrañar el cada vez más visible sesgo antidemocrático y represivo del régimen que celebra sus orígenes en la violencia del 27 de febrero de 1989 y el 4 de febrero de 1992. Aquello nunca dejó de ser su referencia inicial.

Y, finalmente, lo más importante: es de agradecer la confianza que nos inspiran el coraje y compromiso democrático de María Corina Machado, Julio Borges, William Dávila y toda la bancada de la Mesa de la Unidad Democrática, con su organización y el liderazgo de Henrique Capriles Radonski. Nos auguran el final de un ciclo turbio y el comienzo de días mejores.