• Caracas (Venezuela)

Opinión

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La crisis social, económica, política, ética y demás adjetivaciones que vive Venezuela abre un abanico de posibilidades de trascender a las lógicas mediocrizantes en las cuales los cuerpos singulares y colectivos se tejen en ella. La crítica como sustento de todo discurso que explora el ser de lo cotidiano llegó a un extremo de saturación por el hecho de que no existen prácticas sociales antihegemónicas y de fuga que permitan construir espacios deliberativos, autónomos y de constitución de una nueva subjetividad contramediocrizante. La posibilidad de estos espacios está en el despojar a la crítica como sustento primordial, para pasar a una contrapráctica que exprese la potencialidad del devenir de los cuerpos que transitan campos de emancipación, tanto de las prácticas burguesas de la política, como de una cultura adaptada a la industria cultural capitalista. Si todo se derrumba, debemos poner bombas, en el sentido metafórico del término, para ayudar al desplome de lo que existe realmente. Seamos terroristas contra los valores dominantes, de la política clientelar, de las prácticas burocráticas en todas sus variantes ideológicas, de la falsa moral sexual, de todo ascetismo, de todo academicismo pedante y esclerótico, de toda interpretación escolástica de lo escrito y dicho, de toda noción platónica de la realidad.

No hay sujetos ni multitudes que puedan superar la crisis social y llevarnos a un mundo de felicidad y paz, lo cual me lleva a bostezar por lo aburrido de la significación prometeica de los discursos y prácticas de rebeldía. La lucha contra el poder, tal como lo refiere Foucault, se da allí mismo donde las relaciones de poder se hacen presentes. Pero es en lo cotidiano donde la opresión y explotación se hacen más patentes, en el hecho de la cotidianidad de levantarse temprano para someterse a un ejercicio de acortar el tiempo ocioso para refugiarse en los transportes colectivos que están diseñados para que no pensemos, para inquietarnos en la incomodidad de los mismos, en el calor, en el dejar toda posibilidad de pensar sobre ellos, en un proceso netamente alienador. Luchar por procesos más sutiles de dominación es el cáncer de la crítica reformista al sistema. Debemos cambiar la vida, y con ello trascender la configuración de lo cotidiano, recuperando el tiempo y espacio para nuevas prácticas, para nuevos discursos, donde el placer no sea visto como un patrón de bien/mal, sino como una posibilidad de constituir subjetividad, donde nuestros cuerpos dancen al calor de una música disruptiva de lo presente, levantando la copa dionisíaca que embriaga nuestros cuerpos para explorar la vida.

Esta crisis agobiante no tiene salida en las formas burguesas de comprender el proceso social de producción material de la vida. Necesitamos construir la sociedad que queremos en el futuro en el aquí y en el ahora, en la totalidad contradictoria que constituye el presente. No se trata de recuperar la esencia perdida de lo que existe, sino de constituir nuevos espacios y prácticas prefigurativas, acontecimientos condicionados, pero rebeldes, dionisiacos, contrahegemónicos. Frente a la crisis de Venezuela levantemos la copa y brindemos por el espíritu libertario, contra el Estado y sus aparatos represivos, contra toda burocracia sindical, contra toda extracción de plusvalía económica e ideológica, por centrar el placer en esta vida, en la cotidianidad donde ella se expande, por la fricción de nuestros cuerpos en la calle en lucha contra toda mediocridad, contra todo autoritarismo, contra toda enajenación de nuestra posibilidad de vivir en común. La crisis abre esta puerta, pero desde nuestro espíritu libertario no podemos esperar entrar por la formalidad de girar la perilla y dar un breve empujón, sino entrar derrumbando las paredes, toda estructura que impide el libre movimiento de nuestros cuerpos. El futuro es nuestro si el presente es de lucha.

 

*Alex Fergusson, coordinador