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Elio Gómez Grillo

La criminología clínica

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La ortodoxia freudiana le da vuelta a la tortilla criminológica. Si el delincuente es para Lombroso un malencarado, para Pende un enfermo hormonal y, según Kretschmer, un elector de delitos de acuerdo con los registros de su peso en la balanza, para Freud es, sencillamente, un deseoso amante inconsciente de su madre, que quiere pagar ese incesto con una brava sanción penal. Tan sencillo como eso. El ensimismamiento es, entonces, un apoderamiento en torno al cual gira toda la existencia de ese ser definitivamente irracional como es el delincuente.

Tan desconcertante es esto último que hasta allí pareciera que llegase el ensimismamiento criminológico. A manera de especulación atrevida, digo que el hombre se espanta de su propia presunta capacidad inmensa intrínseca para el delito y acude a responsables externos, es decir, a la alteridad, a la alteración, a la otredad. La alteridad, la alteración, la otredad se enfrentan al ensimismamiento. Porque alteración viene de “alter”, que significa el otro en el latín que antes se podía aprender en nuestra enseñanza secundaria.

El “otro”, sí, hay “otro” que nos hace delincuentes. No es que aprendamos a ser delincuentes por autodidactismo. Es que “otro” nos enseña. Ese “otro” es, desde luego, la sociedad. Ya Enrique Ferri lo había anunciado al crear la Sociología Criminal. De lo que se trata, nada más y nada menos, es que el delincuente es el “otro”. Está dicho también desde fuentes criminológicas muy respetables que “todo el mundo es culpable, salvo el delincuente”.

Comienzan a plantearse así las cosas en la Criminología Clínica, que ya nació, sí, con Lombroso, que se prolonga con Di Tullio y Ferracuti en Italia, con Laignel-Lavastine, Stanciu y Pinatel en Francia, y desde antes con José Ingenieros en Argentina.

Por definición, la Criminología Clínica tiene analogía con la Clínica Médica, ya que trata de estudiar a un delincuente y producir, en consecuencia, un diagnóstico, un pronóstico y, eventualmente, un tratamiento. Si la Criminología Clínica desde su nacimiento mantenía los principios antropológicos, psiquiátricos y médicos que mecieron su cuna lombrosiana, el aporte belga de Etienne de Greeff y Severin Versele le incorporan una dimensión multidisciplinaria al acontecimiento criminal añadiendo el “otro”, el factor social, a la dinámica de la fenoménica delictiva. Frente a lo endógeno se incorpora lo exógeno, a la herencia se suma la adherencia, a la cuna se la mece en el ambiente. A la carne débil y al demonio inconmovible de la realidad cosmotelúrica, como la llamaba Enrique Ferri, se añade ahora el medirnos con la vara del mundo que es la sociedad. Y que sería, definitivamente, la verdadera única culpable. Sí, se repite una y otra vez, “todo el mundo es culpable, salvo el delincuente”.

¡Y feliz año, Venezuela!