• Caracas (Venezuela)

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Álvaro Requena

Aquí sí hay crímenes y delitos

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Es sorprendente cómo los gobernantes de Venezuela están descubriendo el agua tibia catorce años después de haberse sentado a observar la debacle progresiva y cotidiana del país que les tocó gobernar.

La última es que acaban de darse cuenta de que 90% de los secuestros están vinculados a los cuerpos policiales.
Las verdades que todos conocemos y que se han develado en prensa, radio y TV, por personas que han sido víctimas de robos, asaltos, secuestros, agresiones y coimas o peajes, no son reconocidas como verdades hasta que la sangre llega al río o le toca padecerlas a alguien ligado con el Gobierno.

A eso se le llama problema de comunicación y es porque la información de las víctimas no es escuchada, no interesa. No interesa ni el suceso ni la víctima.

La falta de comunicación entre las víctimas y el Estado trae como consecuencia el incremento de la criminalidad, en número de casos y en gravedad y variedad del crimen, ya que no sólo no hay quien escuche y por tanto no hay registro del delito, sino que tampoco hay culpables y hay impunidad, lo que incita a la perpetración de delitos cada vez más severos.

Los procesos de depuración de la policía han sido más por cuestiones políticas y temor a las conspiraciones y uso de fuerzas locales, que por un deseo de adecentar los cuerpos policiales. El Gobierno le tiene más miedo a un policía con armas largas, que a un mono con un revolver. Además, las políticas chucutas y miopes les quitaron las armas a los policías y los dejaron desvalidos ante los criminales mejor armados y muy experimentados.

Años llevamos oyendo de las leyes de desarme y de la formación de nuevos cuerpos policiales. El resultado es que la cacareada ley no existe, que se fundó una Policía Nacional que es insuficiente y tiene los mismos problemas que las anteriores y, para colmo, se les entrega la vigilancia policial urbana a las FANB, que no saben de eso y las llevan a las ciudades a aprender malandrología. Como lo hicieron los cuerpos policiales.

El descuido, la negligencia, la tolerancia al crimen y la complicidad velada con las fuerzas oscuras del delito tienen un precio muy alto. ¿Cuándo cobraron o cobrarán esas cuotas en dinero, favores y poder? No se puede saber con certeza.

Las cárceles ya no son una opción para la justicia. De criminal suelto a pran preso, haciendo lo mismo, sólo hay un paso.

No hay arreglo posible, ni la denuncia tardía ni la presión a última hora harán mella en la criminalidad. Sólo la firmeza, constancia y dureza en la aplicación de las leyes que tenemos y las que nos faltan por aprobar, junto con la pulcritud administrativa y docente en el manejo de las cárceles, traerán en el largo plazo la disminución de la criminalidad que hoy nos acosa y que el lunes pasado fue que se dieron cuenta quienes debían saberlo desde hace mucho tiempo.