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Juan Carlos Gardié

La criatura armada

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La criatura armada

(Oscurantismo del siglo XXI)

—Cuando Mary Shelley posiblemente comió casquillo de lord Byron y escribió su hoy célebre novela gótica Frankenstein o el moderno Prometeo, se convirtió en una especie de oráculo analista de la política venezolana de estos tres lustros  de siluetas  y sombras con matices  bermellón—  aseveró con erudita propiedad el gran profesor Chikungunyo, mientras su desgarbada figura se mecía en un chinchorro en la playa en busca de calor costeño para aliviar sus coyunturas. Sus largas, blancas y delgadas piernas de garza famélica recuerdan al temido zancudo tumbador de plaquetas, pero su agudeza intelectual  obliga a olvidar las pestes y salas de emergencia colapsadas por epidemias cubiertas por los negros mantos de la hegemonía mediática, la censura y el callaqueteapreso.

Anoche, mientras tomaba una sopa de patas de gallina, y mi abuela pelaba un coco a machete limpio para darme su agua y levantarme los trombocitos, escuché una canción de Silvio Rodríguez que sublimaba la heroicidad de unos cubanos que se impusieron en la costa ante la invasión gringa. Me pregunto ahora sobre los héroes venezolanos que vencieron en Machurucuto a los cubanos invasores. A estos se les echa tierra y de nuevo prevalece el oscurantismo sobre la verdad. “Ignora”, parece ser la consigna. “Silencio”, el leitmotiv del himno escarlata. “Miénteme”, el bolero oficial. El loro, nuestra nueva ave nacional y la guabina nuestro pez emblema. Pensar en esto me inquietó y buscando sosiego encendí el televisor y lo que ví me impactó: ¡Boris Karlof f en…Frankenstein! Cambié de canal y me encontré con ¡Robert DeNiro interpretando a la criatura de…Frankenstein! Apagué aquel aparato y me puse a rezar. Una vez calmado encendí la radio para distraerme un poco mientras tomaba mi agüita de coco, y escuché los primeros compases de “No basta rezar”, de Alí Primera y sentí que los 7 Padrenuestros que había sollozado al cielo se difuminaban entre el ateísmo y el olor a tabaco e’ bruja de mi vecina santera, quien curiosamente siempre tiene a mano patas y cabezas de gallina para el dengue. Entré en pánico y mi hermano se me acercó diciéndome el último rumor sobre la muerte del diputado y colapsé. Me invadió una tembladera incontrolable y sólo fue posible detenerla cuando en medio de mi caos personal, Dios todopoderoso me recordó que todo lo puedo en Cristo, que me fortalece, y que la oscuridad sólo puede ser combatida con la luz, pero la luz de la fe cristiana y no con un velón alumbrando verrugas y que la brisa apaga. La luz interior no puede ser afectada ni siquiera por El Rey del Apagón, es decir, el ministro Chacón. Me calmé y en cierto estado de arrobamiento se me reveló que Mary Shelley es Fidel Castro, quien escribió esta historia surrealista de violencia y desabastecimiento que hoy vivimos y que lamentablemente no obedece a las propuestas  literarias de Bretón o a los procesos y resultados creativos alucinantes de la estética de Dalí, sino a lo absurdo de la realidad actual, por lo tanto se presenta la paradoja del surrealismo naturalista y peor aún, el absurdo real, por no decir auténtico, social y políticamente hablando. Víctor, el científico que jugó a ser Dios en la referida novela, es el fallecido jefe supremo de media Venezuela, quien por cierto nos legó un sustituto que dice amar al pueblo pero acaba de aumentar 45% los salarios de los militares y 49% a los y las camaradas del TSJ, consolidando un grupo social hiperprivilegiado apostando a que los compra. Una vez esclarecidas  la  naturaleza Shelleyana de Castro y la condición de génesis castrista del desaparecido supracomandante, queda por ubicar a la “criatura” de la novela: los colectivos armados con todo y gallineros verticales, cultivos hidropónicos y técnicas estratosféricas para  convertir en cristalinas las aguas del Guaire para que pronto Evo y Cristina se mojen los ñames en ellas. Estos grupos, al igual que el extraño engendro del Dr Víctor Frankenstein, terminaron por ser cuestionados por buena parte de la sociedad, incluyendo a un ministro que lideró la masacre de Quinta Crespo y que ahora, en lugar de ser sometido a investigaciones exhaustivas, simplemente fue sustituido. Es importante hacer notar que en la novela original, el monstruo desaparece en la soledad y oscuridad de un témpano de hielo en el polo norte y sólo es recordado como algo para olvidar. Ciertamente la Shelley juega con nuestra actualidad y futuro desde 1818, cuando su Prometeo particular fue publicado- Dictaminó esta especie de Rabí barloventeño que a fuerza de acetaminofén de contrabando comprado a los buhoneros del pueblo, al mil por ciento del precio justo y solidario, sobrellevó sus dolencias y alucinó con claridad crítica y pitonisa.

Salí de este encuentro fortalecido en mi creencia de que la literatura es palabra que insufla vida a los seres necesitados de motivación y al llegar a Caracas busqué, compré y vi la película que Keneth Branagh adaptó partiendo de la novela y descubrí que mi amigo ahora conocido como El Profesor Chikungunyo, está con plaquetas bajas pero cerebro alto. El hielo y el olvido les espera. Pido a Dios que no nos lleven en sus caminos de hambre, violencia y mentiras oscuras signadas por silencios cómplices y por tanto en buena medida responsables de esta debacle cuyo sino trágico se revela en la explosividad y peligroso poder de colectivos y afines.