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Rodolfo Izaguirre

Las criadas, san Benito y mi mujer

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Estábamos Belén y yo en la Seminci, que es como se llama la Semana Internacional de Cine de Valladolid, cuando supimos de la muerte de José Ignacio Cabrujas. Lloramos sin saber qué hacer, pero esa noche ordenamos una cena exquisita regada con vinos de marca y lo homenajeamos. Hay rosaledas en las riberas del Pisuerga y nos escapábamos de la Seminci sólo por el placer de contemplarlas. Siempre resultaba que lo más atractivo del festival no eran las películas (¡que eran buenas!) sino los invitados especiales. En aquel año, por ejemplo, la invitada de honor no era, como podría suponerse, una de esas bombas sexys de Hollywood sino la viuda de Buster Keaton, y resultó un verdadero encanto escucharla hablar sobre la vida cinematográfica y afectiva de aquel genio de la comicidad.

Tengo motivos para recordar la Seminci, las veces que asistí a ella. Cristal había arrasado en toda España y las chicas del festival quedaban prendadas de mi manera de hablar porque era como si escucharan al protagonista de las telenovelas. Les dije que no era posible que siendo ellas naturales del lugar donde mejor se habla el castellano se babearan por la manera desfachatada de mi hablar caraqueño.

Otra era la opinión del viejo crítico bilioso que me increpó durante la rueda de prensa después de la proyección del filme venezolano. ¡Sepa usted –dijo muy irritado– que en España esas telenovelas que usted escribe (¡como si yo fuese el autor!) sólo las ven las criadas! Mirándolo fijamente a los ojos le dije: ¡Tenga cuidado con lo que dice porque las infantas (¡eran entonces unas jovencitas que ignoraban lo mal que les iba a ir en el matrimonio!) invitan a tomar té en la Zarzuela a Carlos Mata, el protagonista de esas telenovelas! Y aproveché para asestarle la puñalada: Habrá que averiguar si los niveles culturales de ustedes los españoles son tan altos como pregonan, y hundí el puñal hasta la cacha: ¿Qué cree usted que hacía el bragueta loca de Lope de Vega? ¡Escribió más de mil piezas teatrales de las que sólo se recuerdan dos o tres porque lo que hacía era entretener a la gente con comedietas que eran las telenovelas de su tiempo! Incómodos, los adultos se removían en sus asientos, pero los jóvenes gritaban eufóricos y el bilioso desapareció después de la metida de pata de llamar criadas a las hijas del rey.

Un sábado al mediodía vimos pasar, a pie, a los novios y su cortejo rumbo a la iglesia del Monasterio de San Benito uno de los templos más antiguos de Valladolid. Se despertó en nosotros un raro entusiasmo y seguimos al cortejo. Los novios avanzaron hacia el altar mientras Belén y yo quedábamos sin habla ante el gigantesco y helado espacio de la iglesia despojada desde la desamortización de Mendizabal de tesoros y ornamentos. Nos quedamos muy atrás y desde allí seguimos los pasos de la ceremonia. Cuando concluyó y los novios se miraron arrobados, también lo hicimos mi mujer y yo porque en cierto modo también nos estábamos casando, es decir, aceptando de manera virtual un sacramento que hasta ese momento no habíamos considerado.

Impulsado por un soplo de tardío romanticismo y sintiendo tal vez cierto ardor en mis endurecidas arterias (entonces, septuagenarias) miré a mi mujer y la besé como hacen los novios. Y en ese instante supremo, en lo más alto de una gloria eclesiástica y en el ámbito de una antigua iglesia española... ¡se me cayó un diente!

Recuerdo que, atónito, devastado por la fatalidad y la desventura sólo pensé en san Benito y me reconfortó saber que él y mi mujer eran los únicos testigos de semejante descalabro.