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Federico Vegas

El crepúsculo de las palabras

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Si sufres de presbicia, pero disfrutas ese excesivo enfoque que dan los anteojos, estarás viendo palabras y solo palabras, como el ganado que a la hora de almorzar solo percibe hectáreas de paja. Paco Vera contaba que las vacas poseen una insospechada arma mortal, pues los bordes de sus lenguas son capaces de cortar el áspero monte con la eficiencia de un machete. Una lamida con el ángulo de rasgar podría hacer mucho daño; pero la vaca solo sabe morder y dar patadas. En esto pensaba al preguntarme: ¿Tendrá el lenguaje poderes secretos que desconozco? Ocurre que últimamente ando comiendo paja por los potreros de mi patria, sin que mis palabras tengan el más mínimo efecto.

Estos mismos sembradíos de texto con caracteres tan bien dispuestos y obedientes, no creo que luzcan intimidantes. Los jeroglíficos tenían ventajas a la hora de impresionar al lector, no solo por incluir amenazadores ideogramas con formas de cocodrilos y lanzas, también cambiaban de pronto la escala introduciendo signos descomunales. Nosotros nos regimos por una uniformidad que solo Mallarmé y otros pocos poetas se atreven a violar. Las variantes de letras y líneas que forman graciosos dibujos hoy solo se dan en perfumadas cartas de amor y algunos grafitis enardecidos. 

De los costosos papiros ya hemos pasado más allá del papel periódico que al día siguiente limpia vidrios con vinagre. Durante una época la humanidad valoraba lo impreso y era difícil encontrarlo; hoy hace falta filtrarlo, guarecerse de torrentes como el que ahora tienes al frente. El malvado archidiácono de Nuestra Señora de París, después de señalar la catedral de Notre Dame, pone un dedo sobre una Biblia impresa y proclama: “¡Esto matara aquello!”. Las fachadas de las iglesias ya no serían más el texto que informaba al pueblo, pues las sagradas escrituras se habían hecho asequibles. ¿Hoy qué está muriendo y qué está naciendo? Quizás la palabra de Dios ya no quita los pecados del mundo porque su sustento es demasiado etéreo y veloz. Las palabras están de paso, sin tiempo de reposo entre las preguntas y las respuestas, entre lo reciente y lo instantáneo. Se pisa un botón y todo aparece, o se esfuma.

Hace más de diez años recibí una llamada de un programa de radio. Me preguntaban qué pensaba de la literatura venezolana. Apenas comencé una timorata explicación sobre cómo la política estaba drenando el sentido de las palabras, el locutor se me echó encima: “¿Cómo puede alguien decir tamaña estupidez frente al espectáculo de un hombre que alcanzó el poder a través de las palabras?”.

Era verdad, pero quizás comencé a tener algo de razón cuando el presidente pasó de machacar sin piedad la palabra “muerte”, mientras se juraba eterno, a exprimir la palabra “vida”, cuando descubrió que estaba de paso.  

Hemos vivido años intensos, devoradores, y, cuando creí olvidar el tema, encuentro una terrible sentencia de Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos: “Ya hemos dejado muy atrás las cosas que se pueden expresar con palabras. En todo acto de hablar existe ya algo de desprecio”. Así me siento, pastoreando estas ristras de líneas que son más estela que guía, al confirmar mi vergüenza por vivir en un oprobioso matorral donde las palabras y los hechos fluyen a contracorriente.

Harold Bloom utiliza de epígrafe la frase de Nietzsche al lado de una de Shakespeare que termina de calibrar nuestro desamparo: “La intención es nuestra, mas no el desenlace. Nuestras voluntades y nuestro destino, avanzan por sendas tan opuestas que todas nuestras estrategias son derribadas; nuestros son nuestros pensamientos, pero sus fines en nada nos pertenecen”.

Pronto el propio Hamlet, ante la violencia de los tiranos y el desprecio de los soberbios, se preguntará qué es más elevado para el espíritu, ¿sufrir los golpes de la insultante fortuna, o enfrentar este mar de calamidades y darles fin con atrevida resistencia? Se ve que no estaba preparado para la ecuación que me tortura: mientras más indignantes son los disparates que nos imponen, más necesarias se hacen las palabras, y más inútiles estas resultan, incluso repulsivas, como si alimentaran la enfermedad que pretenden diagnosticar, recetar. El verbo se hace carne podrida y nos va dejando en el hueso, vulgares, reiterativos, inexistentes. Leer y escribir se transforma, como pronosticaba el propio Nietzsche, en el oficio de un sordomudo con pretensiones de filósofo.