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Luis Giusti

El despertar de China

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El primer líder comunista de China, Mao Tse-tung, instigó a finales de los años 1950 “el Gran Salto Adelante” de su país, enfocado a promover entre el colectivo un movimiento de masas hacia la agricultura y la industrialización de la China rural. Pero ese “salto” fracasó rotundamente, traduciéndose en hambruna y muerte de docenas de miles de personas mientras la economía se contraía sostenidamente entre 1958 y 1961. Después de la muerte de Mao en 1976, su colega y sucesor Deng Xiaoping, quien aunque no tenía título formal ninguno fue reconocido como “el Líder Fundamental” de China entre 1978 y 1992, introdujo importantes reformas que le dieron un impulso masivo al crecimiento económico de la nación. A pesar de ser la República Popular de China un Estado comunista, permitió el florecimiento de una pléyade de emprendedores, siempre y cuando no criticaran al partido y su liderazgo, y así la economía arrancó a crecer. Desde entonces la China ha sacudido al mundo entero, sorprendiendo con su dinamismo y versatilidad en los negocios, sus inmensos y constantes logros en manufactura y su acelerado crecimiento económico. Entre 1968 y 2012 el PIB de China creció a un ritmo anual promedio de 9,6%, el más alto y sostenido aumento del mundo contemporáneo. Incluso durante el periodo 2000-2012, que incluyó la mayor recesión económica experimentada desde los años 1930, China logró crecer al impresionante ritmo de 10,2%. En 2009, habiendo sufrido el fuerte impacto del pico de la crisis de 2007-2008, el país logró hacer crecer su economía en 9,2% mediante un estímulo de 586 mil millones de dólares.

En el proceso de convertirse en una superpotencia económica y en el mayor centro mundial de manufactura, China ha desarrollado un voraz apetito por la energía y por materias primas de todo tipo. Actualmente el consumo de energía primaria de este tigre asiático representa más de 21% del consumo global, mayor que el 19% de Estados Unidos y que el 14% de la Unión Europea, mientras que su consumo de petróleo ya alcanza 11% del global, frente a 21% de Estados Unidos y 15% de la Unión Europea, y continúa aumentando mientras que el consumo petrolero en Occidente se ha estacionado. A pesar de ser un gran importador de energía y materias primas, China ha venido acumulando grandes excedentes en la cuenta corriente, sin duda apoyados por una moneda deliberadamente subvaluada. La política mercantilista ha permitido al país acumular riqueza en la forma de reservas internacionales de 3,3 trillones (billones métricos) de dólares, cifra que excede las reservas combinadas de Japón, Arabia Saudita, Rusia y Alemania. Pero no obstante su éxito económico, el PIB per cápita de China es todavía apenas una décima parte del de Estados Unidos y entre la población trabajadora, el PIB per cápita de Estados Unidos es 11 veces mayor que el de China.

China tiene debilidades estructurales que muy probablemente reducirán su tasa de crecimiento económico. Su población crece lentamente como resultado de la política-de-un-hijo, lo cual afecta adversamente el crecimiento económico a menos que la productividad de la fuerza laboral aumente en la misma medida. Además está la gran dependencia de inversiones y exportaciones, que representan 70% del PIB. Las exportaciones han perdido su lustre por el bajo crecimiento económico del Occidente y las inversiones dependen mucho de las exportaciones. El Gobierno está tratando de rebalancear la economía hacia el consumo interno, el cual representa sólo 35% del PIB, pero cambiar los hábitos del habitante promedio no es fácil, en especial por no existir planes de seguro social.

China, como la segunda economía mundial, está ávida de proyectar su poder. Es sin duda un gigante en muchos aspectos, incluyendo el de emisor de CO2, pero ¿es un gigante afable o agresivo? En palabras de Napoleón Bonaparte: “Es un gigante dormido. Déjenlo dormir, porque cuando despierte sacudirá al mundo”.