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Ángel Oropeza

Las dos cosas que sabe el gobierno

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Hay cosas que se intentan de una manera y resultan luego de otra. Este parece ser el caso en la estrategia del gobierno de nombrar de manera inconstitucional e inválida a los nuevos miembros de los poderes públicos, saltándose no solo los mecanismos previstos en la carta magna para la designación de estos cargos, sino, además, colocando en ellos fichas partidistas cuyo mérito principal parece ser la fortaleza de sus rodillas, por aquello del decadente y risible “rodilla en tierra”.

Posiblemente los asesores del gobierno pensaron que con esta jugada lograrían, por una parte, sembrar el desaliento y la frustración en algunos sectores desprevenidos de la población, que ahora tendrían nuevos argumentos para dudar de la eficacia del voto como herramienta de cambio político. Hay que recordar que nada es más conveniente para quien va a perder que convencer al que puede ganar de que no vote. Pero, además, se buscaba artificialmente dar una imagen de supuesta fortaleza, justo en el momento en que el maduro-cabellismo se encuentra en proceso de inocultable agotamiento, producto del demostrable rechazo popular, sus fracturas internas, su obscena corrupción y el creciente cuestionamiento internacional. Pero lo cierto es que la jugada lo que ha provocado, en principio, es todo lo contrario.

Si algo le está quedando claro al país observador es que la estrategia gobiernera revela claramente dos cosas: una, que el gobierno se está preparando para perder las elecciones. Y otra, que necesita desesperadamente blindarse burocráticamente frente a un año que se avizora conflictivo e incierto.

Lo inteligente para cualquier gobierno en una situación de extrema debilidad, como en la que se encuentra el oficialismo venezolano, era aprovechar la coyuntura de la renovación de los poderes públicos y tratar de reforzar su piso de estabilidad democrática permitiendo la incorporación del inmenso país contrario en las estructuras institucionales del Estado, porque al fin y al cabo nadie en su sano juicio quiere que Venezuela se hunda más en el barranco, y más cuando estamos todos dentro.

Sin embargo, y olvidando que los gobiernos precarios e impopulares hacen justamente lo contrario, prevaleció la insensata tesis de “concentrar el poder” como estrategia desesperada de salvamento. Porque, a pesar de la incertidumbre, el gobierno sabe dos cosas, y para ellas se prepara: una, que la conflictividad social y el descontento aumentarán en los próximos meses, por lo que necesita manos libres para la única respuesta que se le ocurre y es la de arreciar la represión popular. Y la otra cosa que sabe de seguro es que si la gente no cae en las trampas que vienen y vota, perderán irremediablemente el Poder Legislativo nacional. Por tanto, lo que busca es tratar de amarrar los cuatro poderes públicos restantes para mantenerse en el poder o tener con qué negociar en caso de tener que soltarlo.

Frente a esto, 2015 será el año de la respuesta popular inteligente. Respuesta que incluye avanzar y reforzar la organización social desde abajo, continuar el proceso de acercamiento y apertura a los sectores hasta hace poco simpatizantes del oficialismo, insistir en las protestas y demostraciones de fuerza popular, cuidando en ellas la necesaria coherencia y direccionalidad al objetivo, consolidar la unidad de la alianza opositora por encima de sus naturales diferencias, y constituir una gran mayoría que haga reventar las urnas electorales en el momento que se requiera. Es todo eso, porque la ausencia de alguna de las tareas anteriores hará difícil y poco viable el cambio al que casi todos aspiramos.

No se puede detener un tsunami con un dique. La enorme fuerza popular en formación no la pueden detener las jugarretas desesperadas de un gobierno precario. Pero, al final, la efectividad política de esa fuerza –en términos de construcción de poder y no solo de destrucción o catarsis– dependerá de su uso inteligente. Y eso está en nuestras manos, no en las del gobierno.