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Fernando Londoño

A las cosas, colombianos

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Vivimos en la nebulosa de una pobre retórica, cuando nos acechan enormes, inaplazables problemas. El campo asediado por el boleteo y amenazado de ruina por la mala macroeconomía que hacemos; la industria en caída libre, que les abre paso a las importaciones y al trabajo de la China; las carreteras más pobres del continente, y las peor construidas; la administración de justicia ineficaz y desprestigiada por vergonzosos escándalos de corrupción; nuestros niños cuentan entre los que reciben más pobre educación del mundo; el consumo de drogas destrozando nuestra juventud y las mafias dueñas y señoras de la tierra, de las ciudades y de la economía, debieran bastar para que tomáramos en serio las cosas.

De los esquemas pobretones en vigencia para enfrentar presente tan duro nos saca la voz de clarín del presidente Uribe, que organiza una convención como no se recuerda otra en la historia de nuestro acontecer político. Y como por milagro salta a la arena un equipo nunca visto, de mujeres resplandecientes, de jóvenes sorprendentes, de patriotas ejemplares que se comprometen a servirle a la Patria desde el Congreso. Y la tarea corona con la elección de un candidato a la presidencia de la República, Óscar Iván Zuluaga, que le da bote completo a la política en uso.

Zuluaga, como su equipo, es el hombre que estábamos esperando. El que sale de las entrañas de la provincia, de lo más auténtico del pueblo colombiano. El que llega con una hoja académica que todos respetan y una de vida que empieza como concejal de Pensilvania (Caldas), luego como alcalde de su adorada ciudad, sigue como gerente de grandes hazañas industriales y luego remata como ministro de Hacienda. Como alcalde fue el mejor de Colombia; y como ministro, el mejor de América, vale recordar.

Este candidato difiere de todos los otros posibles en que va a su pasión natural. A las cosas, como recomendaba en vano Ortega y Gasset para salvar a España. Zuluaga no se pierde en discusiones inútiles, ni es artista de entelequias, ni contempla el pasado para buscar culpables. Allá donde hay problemas se sumerge como buzo para sacar la perla de una respuesta. Conoce de memoria todas las cifras, porque es, como lo necesitamos, hombre de realidades. ¡En cuánto se asemeja en su talante a Álvaro Uribe Vélez!

Ante la convención uribista habló más de cien minutos, en seis oportunidades y sobre temas arduos y disímiles. Y entusiasmó y admiró. Entusiasmó por la pasión que entrega en el examen de los asuntos más decisivos y admiró por la sencilla exposición de las tesis más audaces. Controvertir con Óscar Iván Zuluaga sobre los angustiosos temas de la Nación no será tarea simple para nadie. Cariñosamente lo advertimos a los aficionados al discurso fácil y la improvisación barata.

Ya echábamos de menos esa manera de enfrentar las grandes cuestiones nacionales. Para ninguna propuso un proyecto de ley, el burladero preferido de los incompetentes que no saben gobernar. La educación es una cuestión de presupuesto, de maestros de calidad, de alumnos dedicados a estudiar. La salud, de camas, de dinero, de médicos, de equipamientos. La seguridad es un compromiso de todos, imposible sin Fuerzas Militares con vocación de victoria y sin Policía con vocación de servicio. La infraestructura es problema de ingeniería y de capacidad de gestión. El campo, de mercados, de tecnología, de ser más eficientes que otros. A Zuluaga nada lo coge de sorpresa cuando se trata de dificultades, y no propone nada sin hablar de las condiciones de su ejecución, de sus costos, de los recursos humanos que implica. Ya era hora de recobrar ese lenguaje y ese estilo.