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Maximiliano Tomas

Las cosas que Rodolfo Walsh hacía antes de convertirse en Rodolfo Walsh

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Breve, ambicioso y frustrado: así podría definirse mi paso oficial por el mundo de la edición literaria. Entre el 2000 y el 2003 trabajé como editor en una empresa periodística que financiaba, a su vez, una editorial de libros. Más preciso sería decir que, sin que mis compañeros y yo lo supiéramos, nos estaba destinado administrar el definitivo hundimiento de un barco cuyo destino a nadie le interesaba. Éramos apenas tres personas y la editorial funcionaba en una especie de pasillo entre las redacciones de una revista rural y otra de automovilismo, y mientras vendíamos un fondo editorial que se volvía rápidamente obsoleto, hacíamos lo que podíamos en una época en la que la gente andaba abstraída en cosas más importantes que la literatura. Dos aviones habían derribado tiempo atrás sendos edificios en una ciudad del norte, y meses después lo que se desplomaba era el suelo bajo nuestros pies. Recuerdo que mientras veíamos por televisión la violencia que se desataba a solo tres cuadras de donde estábamos, por la ventana de la oficina entraban los estruendos de las bombas y los disparos en Plaza de Mayo. Como cada vez que llegaba diciembre, nosotros estábamos metidos en la edición del horóscopo de Lily Süllos, cuyas ventas financiaban los títulos que sacaríamos el resto del año.

No debo haber publicado más de quince libros. Pero con la terquedad de los veinticinco años, estaba dispuesto a superar cualquier dificultad con tal de reeditar algunos títulos que habían dejado de circular hacía un buen tiempo. Los cuentos y las novelas de Osvaldo Lamborghini, por ejemplo, que sólo existían en una vieja edición de 1988 impresa en España por Del Serbal. Llegué a hablar del tema con Elvira Lamborghini, que se mostró interesada en la idea de que los textos de su padre se publicaran en la Argentina, y ella me puso en contacto con César Aira, el albacea del autor de El fiord. Aira escuchó con paciencia la oferta que le hacía por teléfono un ignoto editor de un sello zozobrante, y no dijo que no. Quedamos en que lo pensaría y volveríamos a hablar. Nunca lo hicimos. Meses después, la editorial Sudamericana distribuyó el primero de los dos tomos de la obra narrativa de Lamborghini en una edición al cuidado del propio Aira.

La otra reunión que mantuve por esos meses fue con el responsable de la editorial Hachette en la Argentina. Mi idea era reeditar la Antología del cuento extraño que había seleccionado y traducido Rodolfo Walsh, cuya última edición disponible era la de 1976 (a fines de la década del 90 los cuatro tomos se conseguían dispersos, con una pobre sobrecubierta que camuflaba el bello diseño de tapa original). A pesar de que nadie parecía recordar aquellos libros, ni mucho menos pelearse por el derecho a reimprimirlos, el monto que me pidieron excedía largamente nuestro presupuesto anual. A principios de 2003, finalmente, la empresa decidió que ya había tenido bastante con el poco redituable negocio de los libros, y la editorial entró en un estado de hibernación permanente. Más de diez años después, la editorial El cuenco de plata acaba de distribuir aquel magnífico trabajo literario que Walsh diera a conocer en 1956. La edición respeta el esquema original en cuatro volúmenes, y agrega un breve prólogo de Daniel Link, en el que se manifiestan los múltiples vínculos que existen entre las dos antologías de cuentos más célebres de la edición argentina: la de Walsh y la Antología de la literatura fantástica de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.

El Walsh de estos libros (que no solo elige y ordena, sino que traduce y escribe las notas biográficas de los cuarenta y nueve autores seleccionados) es un experimentado trabajador de la industria editorial, con pocos intereses más allá del ajedrez y la literatura policial. Es un Walsh nacionalista y antiperonista, que traduce el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce y todavía ni sueña con los fusilamientos de José León Suárez del 9 de junio de 1956. Es un Walsh premiado por el sistema literario argentino, un Walsh anglófilo seducido por el aura del Grupo Sur: Borges, Bioy, Ocampo y José Bianco son cuatro de los seis autores argentinos que integran su antología (y los otros dos son Leopoldo Lugones y Bernardo Kordon). ¿Qué pensaría ese Walsh, no menos interesante que el posterior (el de la revolución cubana y Prensa Latina, el del peronismo revolucionario y la "Carta abierta de un escritor a la Junta Militar"), del hecho de que esta primera parte de su vida fuera casi marginada de su biografía, y la segunda haya sido convertida hoy en poco menos que una hagiografía?

En el prólogo a esta edición, Link escribe que por entonces, a mediados de los 50, "un antólogo debía ser un erudito o un paciente archivista", y probablemente Walsh haya sido las dos cosas. Un lector de una curiosidad inagotable, estéticamente más abierto de lo que uno pudiera imaginar. En la selección que realiza para estos cuatro volúmenes hay autores ingleses, americanos y franceses, pero también españoles, peruanos y bolivianos. Hay algunos escritores que son frecuentes representantes del género (lo "extraño" designa en este caso un plus de ambigüedad en referencia a lo que se conoce como "fantástico", una definición más abierta e incitante), como Kafka o Saki. Hay otros, como Bierce, que funcionan como fetiche del propio Walsh. Hay nombres que no pueden faltar en toda buena antología del cuento moderno: Poe, Maupassant, Kipling o Andreiev. Y hay también relatos célebres, como el de W.W. Jacobs. Pero, sobre todo, hay nombres nuevos, poco visitados o definitivamente olvidados, algunos de los cuales invitan a pensar que son meras invenciones del propio Walsh, en una suerte de homenaje borgeano. Esta Antología del cuento extraño que vuelve a estar disponible es obra de la curiosidad y los gustos personales de un erudito y de un archivista (de un misántropo), pero también un trabajo de una generosidad poco habitual con el lector, al que ofrece un vasto muestrario de ficciones que conforman un universo literario en potencia. Pocos libros son capaces de funcionar, como esta antología, como una poderosa puerta de entrada a la verdadera literatura.