• Caracas (Venezuela)

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Adolfo P. Salgueiro

La convivencia internacional es conveniente

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Es frecuente oír que las sanciones internacionales sirven poco y mucho menos si el país “sancionado” es uno de los poderosos o influyentes. No compartimos esa opinión.

En la relación entre las personas existen normas de convivencia que es necesario respetar para el beneficio de la comunidad en general y, consecuentemente, del propio. Quienes infringen ese conjunto de convenciones están sujetos a sanciones generalmente proporcionales a la gravedad de la infracción. No es lo mismo desafiar la convivencia social con un asesinato en serie que estacionar el carro donde no se debe, pero ambas acciones acarrean un castigo.

No deja de ser cierto que los castigados por desafiar dichas reglas de convivencia suelen ser aquellos más vulnerables, los pobres, los ignorantes etc. Por el contrario, no es común ver en las noticias de “sucesos” a los más favorecidos de la sociedad. Así y todo no se puede negar que la amenaza de la sanción –especialmente cuando no reina la impunidad– juega un papel bastante importante en la promoción de la paz.

Lo mismo ocurre entre las naciones cuando ellas desafían las normas de convivencia internacional. Existen sanciones, y es obvio que aquellas menos influyentes o poderosas suelen tener menores posibilidades de salirse con la suya. No pretendemos afirmar que ello esté bien, solo anotamos una realidad.

Sin embargo, cuando la cosa se pone realmente fea hemos visto que sí existe la posibilidad de sancionar aun a los países poderosos. Ello ocurre actualmente en el caso de la interferencia de Rusia en el conflicto de Ucrania, donde las sanciones impuestas a Moscú por Estados Unidos, la Unión Europea, etc., ya sea al país y/o a sus dirigentes en forma particular, ya han tenido un efecto práctico en el desarrollo de la situación. Lo mismo fue especialmente visible en 1975 durante el embargo petrolero impuesto por la mayoría de los países de la OPEP (excluida Venezuela) en contra de Estados Unidos y Europa Occidental con motivo del conflicto árabe/israelí de aquel momento.

Lo anterior viene al caso para relacionarlo con la política exterior venezolana desde que asumió el presidente Chávez. Nadie está diciendo que haya que someterse a los órdenes injustos que han imperado y todavía subsisten en el planeta, pero sí creemos que a  los países de influencia reducida (como Venezuela) que indudablemente tienen el derecho de cuestionar el orden establecido y buscar su modificación, les iría mejor haciéndolo en forma gradual, firme pero sin desplantes confrontacionales, etc., tanto más cuanto que ya no estamos en el mundo de la Guerra Fría, en el cual el coqueteo con cada uno de los bloques en pugna producía palpables beneficios (Cuba, Yugoslavia, Siria, etc.).

Quince años largos de política exterior chavista y poschavista de confrontación nos han llevado a obtener algunos aliados, pero también nos ha expuesto a granjearnos antipatías, enemistades, frialdades y confrontaciones cuyos resultados se palpan.

A cambio de solidaridades de dudosa convicción (Caribe, parte de América Central, parte de Unasur, Celac, Irán, etc.) y de “alianzas estratégicas” que no son sino clientelares (Rusia, China, etc.) hemos pasado a ser objeto de prevención y precaución para una parte importante del mundo.

Una Venezuela que condena a Israel y felicita a Hamas, una Venezuela que no dice nada cuando los yihadistas decapitan periodistas porque son norteamericanos, una Venezuela que afirma que Naciones Unidas huele a azufre, una Venezuela que califica de bandidos o lacayos a presidentes y dignatarios extranjeros que no comparten sus posturas radicales, una Venezuela que prefiere mandar alimentos y medicinas a Gaza cuando no los hay en el país, una Venezuela que prefiere seguir subsidiando la energía de calefacción en Boston o regalando petróleo cuando afronta la debacle interna, etc., no parece que esté en el camino de la inserción, sino en el del aislacionismo, acompañada, sí, por Congo, Gambia, Dominica, Belice, Malí y bastantes más cuyo apoyo –aun cuando eventualmente respetable– vale mucho menos que el de estar en la corriente del progreso, que es lo que ahora precisamos.

La IV república, tan denostada, sí logró ese equilibrio y sus resultados fueron bastante útiles. 

apsalgueiro@cantv.net