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Carlos Paolillo

La contradanza en el siglo XXI

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Otras veces lo hemos dicho, el ímpetu de Marisol Ferrari sorprende a todos. La danza para ella no es tan solo una profesión, sino un acto de fe continuo que la hace existir día a día. Esa pasión absoluta la ha llevado hasta situaciones extremas, tanto en su desempeño artístico público como en su vida personal. Los 45 años de actividad continua en la docencia, la creación y gestión alrededor de la danza escénica, que recientemente celebró en Maracaibo, resultaron una adecuada excusa para, una vez más,  hacer lo de siempre: vivir intensamente el movimiento comprometido en el que cree, sin preocuparse por las consecuencias de los límites que bordee.

En el Centro de Arte Lía Bermúdez mostró a Azudanza en pleno, el proyecto con el que se reeditó a sí misma hace más de 15 años y reemprendió el camino, no uno distinto, si no el de siempre, en otros espacios por ella inventados y en compañía de una novísima generación de talentos. Con la decisión y el impulso conocidos ha venido haciendo realidad su propósito. Ahora, de cara al luminoso lago marabino, y totalmente a sus anchas, prosigue su labor de formadora, basada en el rigor y la disciplina que en ningún momento la abandonan, de niños y adultos. También ha consolidado una agrupación propia, a través de la cual ha profundizado en sus convicciones sobre el hecho de la danza y en su permanente proyección. 

Un triple programa ofreció Azudanza en esta obligada celebración, dentro de los cuales destacó por la singularidad de su concepción y su alta factura, el dedicado a la contradanza como danza marabina de remotos orígenes europeos y excitante difusión por América Latina y el Caribe, hasta llegar a Venezuela y al Zulia para hacerse danza nacional y regional. Se trata de un interés investigativo de Marisol Ferrari de larga data, referido a una manifestación cultural de especial significación en la región zuliana, que forma parte de las manifestaciones del baile social del siglo XIX venezolano, todavía en espera de descubrimiento, tras la búsqueda de la historiografía necesaria de la danza artística de ese tiempo.

En el programa la autora destaca el carácter musical y coreográfico integrado de la contradanza, inicialmente elitista y luego articulada a la expresión popular, remontándose a su génesis europea y a su fusión con expresiones genuinas de Latinoamérica, desde México hasta Argentina, y el Caribe –Puerto Rico, República Dominicana y Cuba– y las particularidades rítmicas que en esas regiones adoptó. Ferrari destaca la importancia de la contradanza dentro del movimiento independentista suramericano, aludiendo a “La Libertadora”, “La Vencedora” y “La Trinitaria” como  emblemas de este género, en cuya ejecución Simón Bolívar, han asegurado algunos investigadores, hizo gala de su condición de entusiasta bailarín. 

Con la participación enriquecedora de la Orquesta de Cámara Simón Bolívar de Maracaibo, los bailarines de Azudanza recrearon, dentro de una depurada abstracción escénica, lo esencial de esta manifestación y lograron hacer de ella una manifestación atemporal, sin desvincularla de sus orígenes. Armonía en la composición, utilización certera del espacio de representación, que  aproximó al público desde distintas perspectivas, y notable limpieza en la ejecución, todo orientado por un evidente interés didáctico. Sin este acento tan marcado, la obra se mantendría en la dimensión elevada y superior que alcanza, sin necesidad de perder nunca su norte pedagógico.  

El estudio de Marisol Ferrari sobre la contradanza es acucioso y responde a sus visiones de una danza sólida y rigurosa, a prueba de bogas e influencias pasajeras.