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Wilfer Pulgarín

Los contrabandistas de la muerte

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El 1° de enero de un año cualquiera, en un país cualquiera, la gente dejó de morir. Aconteció una total escasez de muerte. Los enfermos que estaban a punto de fallecer, desde la madre del rey hasta el anciano más pobre, entraron en un estado de muerte suspendida. Los  hospitales se atestaron de pacientes terminales y en los asilos los viejos se amontonaron en los pasillos como muebles.

En las primeras de cambio, a los ciudadanos de esa anónima nación, que también es un reino, los embargará la euforia al adquirir intempestivamente la condición de inmortales. En los países vecinos cobrará fama ese “el dorado en el que no se muere”. Sin embargo, lo que en principio será motivo de felicidad pronto se transformará en preocupación y luego en desasosiego. La desesperación entrará en la casa del gobierno y luego contagiará a las empresas de seguros y a las funerarias, además de los nosocomios y los geriátricos.

El hecho sacudirá a los eruditos. El guía de la religión católica, en una conversación con el jefe del gobierno, dirá: “Sin muerte no hay resurrección y sin resurrección no hay iglesia”. Los filósofos también se darán golpes de cabeza. “La filosofía necesita tanto de la muerte como las religiones, si filosofamos es porque sabemos que moriremos”, discierne uno de ellos. Y no faltó el que citó a Montaigne: “Filosofar es aprender a morir”.

Resultará un agobiante ejercicio de futurología intentar imaginar las maromas que tendría que hacer el Estado para pagar las pensiones a gente que envejece pero que no se muere o cómo haría la monarquía para renovarse si el monarca de turno jamás fallecerá.

La situación pasará de difícil a truculenta cuando entre en escena un personaje: la “maphia” (con ph). La maphia, vista con ascos por la mayoría, se convertirá en una luz dentro del túnel. Gracias a su experiencia y logística la maphia pondrá en práctica lo que en la neolengua oficial de hoy llamarían un “contrabando de extracción”. En efecto, la maphia, por una buena cantidad de dinero, asumirá la tarea de llevar al otro lado de las fronteras a los enfermos terminales que quieren morir y no pueden. Lo único que harán los contrabandistas (esos que en la neolengua oficial de hoy nombrarían “bachaqueros”) será  transportar a quienes están en “muerte suspendida” unos milímetros más allá de las líneas limítrofes del país en el que no se muere. Una vez que eso ocurre, es decir, al entrar en alguno de los tres países vecinos que tiene el reino de “la muerte nunca jamás”, sobrevendrá de inmediato el deseado final. “Nunca la más suave de las eutanasias podrá ser tan fácil y tan dulce”, cuentan testigos.

Para la maphia será un negoción y para el Estado una esperanza. Ambos, ilegales y legales, terminarán haciendo un “pacto de caballeros” sobre “los negocios sucios de la frontera”. El rey se enterará de último después de la siguiente conversación con el primer ministro:

—¿Y qué historia es esa de las pensiones que no se pagan?

—Estamos pagándolas, señor, es el futuro lo que se presenta bastante negro.

—Entonces debo haber leído mal, pensé que se había dado, digamos, una suspensión de pagos.

—No señor, es el mañana el que se presenta altamente preocupante.

—¿Preocupante hasta qué punto?

—En todos señor, el Estado podrá llegar a derrumbarse, simplemente, como un castillo de naipes.

—¿Somos el único país que se encuentra en esa situación?

—No señor, a largo plazo el problema los alcanzará a todos, pero lo que cuenta es la diferencia entre morir y no morir, es una diferencia fundamental, con perdón de la banalidad.

—No le entiendo.

—En los otros países se muere con normalidad, los fallecimientos siguen controlando el caudal de nacimientos, pero aquí señor, en nuestro país, señor, no muere nadie. Mire el caso de la reina madre, parecía que expiraba y ahí la tenemos, felizmente, quiero decir. Crea que no exagero, estamos con la soga al cuello.

—A pesar de eso me han llegado rumores de que algunas personas van muriendo.

—Así es, señor, pero se trata de una gota de agua en el océano, no todas las familias se atreven a dar ese paso.

—¿Qué paso?

—Entregar sus pacientes a la organización que se encarga de los suicidios.

—No le entiendo, de qué sirve que se suiciden si no pueden morir.

—Estos sí.

—¿Y cómo lo consiguen?

—Es una historia complicada, señor.

—Cuéntemela, estamos a solas.

—Al otro lado de las fronteras se muere, señor.

—¿Entonces quiere decir que esa tal organización los lleva hasta allí?

—Exactamente.

—¿Y se trata de una organización benemérita?

—Nos ayuda a retardar un poco la acumulación de pacientes terminales. Pero como le he dicho, es una gota de agua en el océano.

—¿Y qué organización es esa?

—La maphia, señor.

—¿La maphia?

—Sí señor, la maphia. A veces el Estado no tiene otro remedio que buscar fuera quien haga los trabajos sucios.

—No me dijo nada.

—Señor, quise mantener a vuestra majestad al margen del asunto, asumo la responsabilidad.

—¿Y las tropas que estaban en las fronteras?

—Tenían una función que desempeñar.

—¿Qué función?

—La de aparentar un obstáculo al paso de los suicidas no siéndolo.

—Pensé que estaban ahí para impedir una invasión.

—Nunca hubo ese peligro. De todos modos establecimos acuerdos con los gobiernos de esos países, todo está controlado.

—Menos la cuestión de las pensiones

—Menos la cuestión de la muerte, señor. Si no volvemos a morir, no tenemos futuro.

—Es necesario que ocurra algo.

—Sí, majestad, es necesario que ocurra algo.

Y en efecto, ocurrirá algo, como invocó el rey. Siete meses después de la tregua, la muerte reaparecerá. En el primer minuto de su retorno morirán 62.000 personas en ese extraño país. Pero esa es otra historia. Una historia distinta a la de la muerte como producto de primera necesidad, a la de la escasez real, a la de pactos con la maphia y a la de la guerra ficticia al contrabando. Es una historia de amor y si desean saber de esa segunda parte solo tienen que leer Las intermitencias de la muerte, escrita por José Saramago en 2005, que murió en 2010 como Dios manda y a quien hoy reconocemos sus dones de clarividente, además de genial novelista.