• Caracas (Venezuela)

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Alberto Soria

El consumidor en su laberinto

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Cuando la crisis de precios que se está gestando, asome y se instale, un vendaval sacudirá las estanterías de botellas. Volarán algunas como hojas que se lleva el viento, y se apretujarán entre ellas, aguantando, las que no quieren irse ni desaparecer.

No pocos observadores creen que no será vendaval sino terremoto. El consumidor nacional, que ya sabe de eso, vuelve a buscar salidas en el laberinto. No se pasará al agua. Ni al jugo, que también sube. La experiencia le ha enseñado que, más temprano o más tarde, lo que parecía mar vuelve a ser río.

 

I

Que el pasado está lleno de futuro lo demuestran las etiquetas exitosas de siempre, y las nuevas botellas ancladas al terruño, las que hacen vino con huella digital.

Hoy abunda el vino “maquillado”. A los críticos les preocupa “que impere el peor marketing y se impongan los gustos uniformes”. Es la solución a la crisis, sostienen los grandes conglomerados de botellas: Cuando el Burdeos francés se pone inalcanzable, hacemos Burdeos en muchos sitios, incluso no es alocado pensar que lo produciremos en China. En la actualidad, protestan los conocedores, “se producen vinos iguales en muchas partes del mundo, sin relación con la geografía, el clima y los estilos regionales”. Lo mismo pasa con algunos alimentos, el queso por ejemplo.

“Es lamentable que en el vino se hagan cosas porque está de moda”, sostiene Víctor de la Serna, conocedor, responsable de Elmundovino.com. “Es lamentable que nos hicieran beber aquellos vinos potentes –que sacudían el pecho– porque esa era la tendencia, y ahora quieren que bebamos vinos naturales que no saben a vino sino a refrescos. Es necesario –reflexiona– conservar una actitud clásica y no ser esclavos de la moda a la hora de la compra o el descorche”.

El vino moderno se ha maderizado en exceso. Tanto que en lugar de ponerlo en barricas de roble para que mejore y viva más, para maquillarlo y cobrarlo más caro, se echan quilos de virutas de roble al vino joven guardado por miles de litros en depósitos de acero inoxidable.

Pero el conocedor se rebela, y el entusiasta lo sigue: cada vez son menos en más países quienes toleran y aplauden el beber madera. “En eso de proteger la tradición estamos en el whisky”, me comenta un Master Blender de paso por Caracas. “Buscamos identidad regional que se pueda olfatear. Eso hace diferente e inimitable el escocés”.

 

II

¿Hacia dónde avanza el gusto? Hoy, aquí, hacia lo que consiga.

Las crisis de precios también tienen otra cara: construyen oportunidades inesperadas, alternativas al paladar y al bolsillo que el mercadeo creía tenía aferrado, asegurado, bien atado como identidad de consumo venezolano.

Durante mucho tiempo, en copa y mesa, el placer esperado era predecible. Ahora no. Se avecinan tiempos de pescadores.