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Juan Esteban Constaín

Quizás un consuelo

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Es cierto que las infamias y las bellaquerías de los nazis se han reseñado ya de manera extensa y minuciosa, aunque habrá quien diga que no lo suficiente; es cierto que los horrores y la monstruosidad de esa locura colectiva –porque lo fue, digan lo que digan muchos de los que la ejercieron sin protestar, y que luego alzaban los hombros como si no hubieran estado allí– ya los hemos visto en toda clase de películas y libros, documentales, exposiciones y expiaciones hasta hoy. Todo eso es cierto.

Pero hay un aspecto del nazismo que siempre me ha horrorizado más que todos los demás, y del que alguna vez leí en un libro, creo, del gran, del inolvidable y magistral Arnaldo Momigliano, quien tuvo que huir de su Italia natal en 1939 cuando allí también arreciaron las leyes raciales. Momigliano era judío, valga recordarlo, y sus padres murieron en Auschwitz. Pocos en la historia entendieron y disfrutaron a los antiguos mejor que él; a los antiguos y al fútbol.

Y lo que creo que leí en uno de sus libros, alguna vez, es que nada enfurecía más a los nazis que cruzarse en sus faenas de tortura y perversidad con un judío brillante e ilustrado, lo cual era muy probable pues se sabe que uno de los rasgos más humillantes y tristes de los campos de concentración, además de su sola existencia, como si hiciera falta más, es que en ellos padecieron grandes sabios y artistas, grandes científicos, músicos, teólogos. Gente talentosísima que hasta la víspera era el orgullo de toda Europa.

Y lo que cuenta Momigliano –estoy casi seguro de que es él, en un texto autobiográfico– es que era con esa gente, con la más notable, con la que los verdugos se ensañaban de una manera más esmerada y feroz, más determinada, si el adjetivo cupiera para hablar de una tragedia de esas dimensiones, que aún están sufriendo todos los que la vivieron, las víctimas y los victimarios. Pero era como si en la sevicia de los nazis contra los judíos más educados e ilustres se consumara una venganza doble: la suya de siempre, atroz, y acaso una más profunda y aterradora.

Una venganza que se explica en el hecho obvio de que un judío notable y educado e ilustre era la negación misma, ahí, dada, de los prejuicios y delirios raciales y antropológicos que habían hecho posible al nazismo. Aunque se me ocurre otra explicación, no menos simple. Y es que en toda situación que implica el ejercicio de un poder despótico y brutal, quien lo ejerce no puede tolerar, de ninguna manera, la superioridad evidente de su víctima. De allí la saña con que en esas situaciones son tratados siempre quienes las soportan con dignidad y altivez, con toda la fuerza de su ser.

En el caso del talento o del conocimiento –claro: siempre habrá quien prefiera beberse una caja de cervezas, como si allí hubiera un dilema y no la mejor de las síntesis– se sabe que su fuerza puede llegar a ser indoblegable. Que el poder aliado con la ignorancia y el fanatismo los puede humillar de mil maneras, los puede amordazar y extirpar y decapitar, como Teodorico a Boecio, pero no vencer. Esa es la consolación de la filosofía.

De verdad no estoy hablando de nada ni de nadie en particular. Solo de historia. Porque cuando menos lo pensamos, en nuestra propia casa, a nuestro alrededor, en nuestro país o en otro, por la izquierda o la derecha, que suelen ser idénticas cuando se quitan la piel, vuelve a rugir la bestia totalitaria.

Creo que eso también lo dice Momigliano en algún otro lado: que el Holocausto no fue solo un hecho histórico sino un estado mental. Que no fue solo un crimen contra los judíos, sino además una manera miserable de cometer cualquier crimen contra la humanidad.

Lo decía él, que era un sobreviviente.

catuloelperro@hotmail.com

Juan Esteban Constaín