• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

El consuelo de los tontos

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Aquí no van a aparecer nombres falsos ni la muletilla “la víctima declaró con la condición de que no se revelara su identidad”. Los datos filiatorios de las víctimas de los hechos que se narran son públicos, salvo los de aquellos que valiéndose de cargos, vínculos, malas mañas y demás caminitos verdes pueden mantenerse, provisionalmente, alejados de la calamidad general. Pero ninguno debe sentirse seguro ni librado, nada dura para siempre.

Tampoco vamos a traer a colación a Stalin, que aunque es una figura universalmente conocida por los crímenes y desgracias que perpetró contra la humanidad, algunos lo consideran muy lejano y extraño a la realidad venezolana. Aparecerán, sí, dos personajes que aunque no tienen la misma fama pero son muy cercanos a las circunstancias actuales: José Tomás Boves, el de los lanzazos, y el Iluminado Espinoza, quien por una decepción amorosa se dedicó a despescuezar a los blancos criollos y a todo el que supiera leer y escribir. Ay, Nicolás, te salvaste.

Ambos personajes tienen relación con la actual situación no solo por la crueldad y sevicia con la que los integrantes de los cuerpos represivos del Estado maltratan a los que ellos llaman “sifrinos”, “escuálidos”, “hijos de papá y mamá”, “apátridas” y otros cognomentos peyorativos y degradantes, sino también porque tanto uno, Boves, como el otro, Espinoza, contaban con un séquito de personajes despreciables que se consideraban a salvo de sus propias tropelías, que siempre contarían con el respaldo del taita.

Las consecuencias del “dakazo” han sido muy similares a las del “caracazo”, y no simplemente porque uno y otro fueron alentados por los mismos sujetos -una vez en el oposición y la otra en el gobierno-, sino porque a todos los demás se les hace imposible hoy conseguir una nevera o una cocina, a menos que se las llevaran de a dos en el saqueo o tengan vínculos con los magos que desaparecen en un parpadeo los inventarios de “Tu casa bien equipada”.

Quienes ingenuamente le dieron el voto a Maduro porque creyeron que el cuento del “precio justo” iba a durar “por siempre”, ahora tropiezan con estantes vacíos y el frustrante “no hay”. El soberano hace la cola al sol, bajo el aguacero y lo marcan como ganado o huéspedes de campo de concentración, mientras el séquito de Boves y Espinoza disfruta su momentánea simpatía por el diablo. Cerrado. No insista, NO HAY.