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Fernando Londoño

El conservatismo no está en venta

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“Lo primero que en la vida me ha parecido aprender no es a ganar la partida, sino a saberla perder”.

Lástima que el hermoso pensamiento de Juan Ramón Jiménez, que siendo muy niños recitábamos, no hubiera sido conocido por los parlamentarios conservadores que hasta ahora integraban la llamada Mesa de Unidad y que fueron destituidos fulminantemente por el máximo rector del conservatismo, que es su Convención Nacional.

Les quedó grande un gesto de grandeza. Y en lugar de aceptar magnánimos una derrota, lo que los hubiera enaltecido y reconciliado con su gente y con el país, acudieron a las triquiñuelas y vilezas que germinan en almas pobres cuando no les sonríe la fortuna.

Ellos, los parlamentarios conservadores, organizaron la convención, la reglamentaron, la convocaron y se creyeron dueños de su destino. Pero el pueblo conservador, lo que ahora llaman las bases del partido, se declaró en rebeldía, y con más que justos motivos. Porque desde el computador de Palacio quedó notificada la nación entera de cómo el partido se había vendido, y quedó en detalle el precio de la simonía, dicho en dinero y en puestos.

Esa forma de adhesión a Santos resultaba excesiva, irritante, despreciable. Y Santos y sus asesores midieron mal lo que el conservatismo significa, y por lo que seguirá valiendo mientras sobreviva. Su pensamiento nativo echa raíces en el ideario bolivariano, por lo que diríamos que su primera fuente de inspiración viene del discurso ante el Congreso de Angostura. Su partida de nacimiento está escrita por José Eusebio Caro y Mariano Ospina Rodríguez en la declaración política más austera, elocuente y elevada que se escribió en América.

Pretender por unos billetes y unos puestos el partido de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro y Marco Fidel Suárez y Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez y Guillermo León Valencia es un error imperdonable de cálculo. Una pérdida total de las dimensiones de la historia, una torpeza sin límites.

Así que pasó lo que tenía que pasar. El partido se indignó y, guiado por su pasado y de cara a su porvenir, asumió el reto y llegó a la convención para reclamar lo suyo y sacar a fuetazos a los mercaderes de su honra.

Sobró a los convencionistas la silbatina para las palabras del senador Gerlein. Bastaba mostrarle su repugnancia y su dolor con la catarata de votos que luego les regalaron, a él y a sus cómplices, en la tarea de prostituir el Partido.

El Partido Conservador le dio al presidente Santos la más formidable paliza de que se tenga noticia en estos avatares de la política colombiana. Y rescató su libertad, y el sentido de su decoro y su derecho al futuro. Y la dosis alcanzó para los que estaban vendiendo tanto por un miserable plato de lentejas.

Como de pasada, con reafirmar sus principios tutelares y mostrar la madera de que ha sido hecho, confirmó su voluntad de poder, eligiendo candidata a la Presidencia de la República a Marta Lucía Ramírez. ¡Y qué elección! Una mujer intachable, ilustrada, brillante, de la que no se sabe si es más rico su pasado admirable o su futuro estelar.

¡Qué mal calcularon a sus copartidarios los huérfanos del poder! Tan mal como ahora buscan remedio en el basurero de las leguleyadas más indignas. Petro ya les copó esos espacios.

Pero eso es letra menuda. Lo sustantivo es que el Partido Conservador ha tirado por la borda su vieja impedimenta y que, libre y expedito, se ha dado una nueva dirección, se ha trazado un rumbo, se ha propuesto metas más altas que su duelo, diremos parodiando a Pombo. Marta Lucía Ramírez ha recibido un mandato y lo cumplirá. Se trata de salvar el imponente edificio que amenaza ruina. Quien no acepte que el partido tiene voz y mando nuevo es porque no entiende nada de Política.