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Pedro Conde Regardiz

¿Cómo conjurar la crisis? (I)

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A menudo, el fascismo es considerado hoy como movimiento de derecha. Nada es más discutible. Entonces: ¿cómo se explica que, antes de la Segunda Guerra Mundial, toda una generación de socialistas y comunistas terminara en el fascismo si no había predisposiciones ideológicas? El premio Nobel de economía Freidrich Hayek, en su libro El Camino de servidumbre consagra un capítulo completo a las “raíces socialistas del nazismo”.

Conviene recordar algunos hechos: el fundador del fascismo, Benito Mussolini, fue un antiguo dirigente del Partido Socialista italiano. En Francia, los dos jefes de los partidos pro nazis durante la ocupación, Marcel Déat, diputado socialista, y el número dos del Partido Comunista, alcalde de Saint-Denis, Jacques Doriot, quien se apartó del socialismo y fundó el Partido Popular Francés (PPF), siendo uno de sus principales ideólogos. El prestigioso escritor Pierre Drieu La Rochele, autor del libro cuyo título lo decía todo: Socialisme fasciste. El antiguo secretario general de la SFIO (Section Française de l’Internacional Ouvrière), Paul Faure, llegó a ser consejero del mariscal Pétain.

Georges Valois, era de extrema izquierda, consideraba al fascismo como una variante del socialismo: “Fascisme et bolchevisme sont une même reaction contre l’esprit bourgeois et plutocratique”, esto es: “Facismo y bolchevismo son una misma reacción contra el espíritu burgués y plutocrático”. Oswald Mosley, jefe de los fascistas ingleses, fue antes ministro del trabajo en el gobierno laborista de Macdonald. En Alemania, la conversión de antiguos comunistas al nazismo fue tan numerosa que les pusieron el sobrenombre “biftecks”, es decir, marrones por fuera y rojos por dentro. ¿Cuáles fueron las razones profundas que motivaron tan opuestas conductas políticas?

No se trata de polemizar inútilmente y menos ofender gratuitamente a los socialistas venezolanos. Solamente deseo alertar sobre las tentaciones vinculadas a su ideología. Se trata también de recordar a los demócratas que no tienen por qué recibir lecciones de democracia de quienes se niegan a investigar abominables hechos contra los derechos humanos, corrupción, postergan liberar presos políticos, atentados consuetudinarios contra la libertad de expresión, libertad de enseñanza, de prensa, reculan ante el nombramiento transparente del CNE y el contralor, practican el más agudo sectarismo, reemplazan la lucha de clases por la noción de patria como motor más poderoso de movilización.

Se trata de que más allá de la oposición la izquierda democrática, que jamás ha aceptado al marxismo como fondo ideológico, ponga en guardia a los más duros socialo-comunistas contra la temible tentación que oculta su ideología. Querer “cambiar la vida de derroche capitalista”, decir que el problema venezolano “es un problema cultural”, crear “un hombre nuevo”, como propuso Chávez y sigue Maduro, son ideales muy peligrosos. Buscando este “hombre nuevo”, como Hitler y Stalin, socialistas y fascistas realizan su “misión histórica”, “revolucionaria”, aplastando al hombre actual con desinformación, represión, estatización por doquier que arroja vida miserable. Todas las revoluciones totalitarias han sido contra el ser humano. El verdadero problema de nuestro momento histórico es el conflicto que opone a los que buscan al “hombre nuevo” (socialismo-fascismo) y aquellos que defienden al hombre eterno, los demócratas.

Hay en el vocabulario socialista la voluntad es luchar contra el individuo, calificado como burgués o pequeñoburgués, olvidando que los obreros desean ser, en parte, pequeñoburgueses. Pero, el respeto del ser humano es una doctrina esencial de la democracia. Querer “socializar” a la gente, nivelarlos en pobreza eliminando la clase media, desemboca en totalitarismo. Tanto el comunismo como el fascismo nacieron de escisiones del socialismo. Conjurar la crisis requiere comenzar abandonando esa vía socialista-fascista.