• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Carlos Paolillo

El conflicto del bailarín

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Celebrar la danza siempre será necesario, no solo en un día oficialmente establecido, sino en todo momento y circunstancia. El cuerpo se ha expresado social y estéticamente desde los orígenes humanos más remotos hasta las tendencias más extremas de este principio de siglo. Las manifestaciones del movimiento han sido sagradas, telúricas, tradicionales, preciosistas, virtuosas, libres e integradas. Todas resuenan por estas fechas consagradas a exaltar las implicaciones locales y universales del movimiento.

Pero este acto conmemorativo en general, y en Venezuela en particular, debería ir acompañado, junto con la fiesta y regocijo, de pensamiento crítico sobre las realidades actuales de las artes del movimiento vinculadas con sus procesos de formación, investigación, creación, y difusión. Es reconocida la diversidad de géneros, estilos y tendencias desarrolladas en un país de danzantes, que, en algún momento no tan distante de la historia cultural venezolana, se configuraron en una referencia latinoamericana y mundial.

Mucho de ese impulso y de ese brío exhibido se ha diluido con el devenir actual, donde lo que era sólido se ha debilitado y lo que existía con certeza apenas sobrevive. Aquella vocación diariamente confirmada y la mística de trabajo acrecentada con las dificultades cotidianas contrastan con las evidencias de pragmatismo creciente de hoy y la debilidad del compromiso en aumento.

Los bailarines venezolanos de la actualidad han debido construir su personal camino en momentos de transformaciones vertiginosas y de frente a una realidad social imposible de obviar. La primera década de este siglo ha sido testigo del surgimiento de una nueva generación de creadores que se entrelaza y contrasta con la grandeza de la anterior. Se guía por la luz de una época no tan remota,  aunque se sienta ya tan distante.

La danza es una expresión artística que requiere necesaria y permanentemente del concurso del Estado promotor. Sus acciones en todos los órdenes se deben acometer conjuntamente entre las instancias formuladoras de políticas y el amplio universo de creadores llamado a convertirlas en una sólida realidad. Está en sus manos la instrumentación de los proyectos educativos, artísticos y de vinculación social que harían que la danza, efectivamente, sea una posibilidad existencial para todo el que quiera acceder a ella.

Que los nuevos tiempos de la danza traigan  a partir de este su día internacional la recomposición y el fortalecimiento de sus hacedores como un sector dinámico y complejo no debe ser simplemente un buen deseo de ocasión. Su concurso es imprescindible en la existencia de todos los días. Sin su participación decidida ninguna iniciativa pública emprendida alrededor de ella logrará la trascendencia.

Jean Georges Noverre siguió a los clásicos cuando sentenció que la danza (el arte) debía mirar a la naturaleza. Allí encontraría –aseguraba– el genuino impulso y su verdadera razón de ser. La danza de hoy se inscribe dentro de ese mismo discurso. El conflicto del bailarín contemporáneo sigue siendo el mismo del siglo de las luces: bailar sin artificios su vida individual y colectiva.