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Arnaldo Esté

La confianza y el diálogo

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Ciertamente, el primero en proponer el diálogo y la paz fue el gobierno. Pero uno no está al tanto de saber si esa propuesta era un ardite propagandístico o una honesta necesidad. ¡Hemos visto tantas cosas!

Si es que refleja una honesta necesidad, tendríamos que pensar que el gobierno se está dando cuenta de la profundidad de la crisis. Profundidad que apenas si inicia. Que no es la simple repetición de otras jornadas de protesta.  Crisis que no podrá superarse sino con el aporte de todos nosotros.

En los opositores vemos matices que parecen revelar diferentes grados de percepción de esa crisis cuando colocan en el mismo plano lo incidental (la libertad de los presos) con lo profundo y estructural. Profundidad que va mucho más allá de sus floraciones como inflación, carencias, inseguridad, violencia… Se va armando como la pérdida de confianza en nosotros mismos y en los demás.

Esas crisis, en muchos países han dado lugar a los gendarmes necesarios, casi siempre militares que como plagas de cadáveres llegan como enterradores. Ese peligro ahora se hace lejano y difícil, hay otro ambiente en el mundo y en Latinoamérica. Pero son insondables los caminos del demonio.

Estoy de acuerdo con que la libertad de los presos y otras medidas similares pueden generar confianza para seguir adelante. Pero seguir adelante significa meterse en la crisis misma y sus causas: en lo económico, en lo social, en lo institucional y en lo ético.

El cultivo de la confianza debe ir mucho más lejos que un preámbulo del diálogo.  Debe llevarse a ser un referente mayor, un valor imprescindible para la cohesión social. Un valor ético.

Es la confianza en una composición y funcionamiento institucional que sirva y vele por todos, sin privilegios. En leyes y disposiciones estables y predecibles indispensables para la producción, el comercio, el trabajo.

Es la confianza en un sistema económico que produzca, distribuya y mantenga lo necesario para la vida en un uso adecuado y en continuidad con la naturaleza.

En unas relaciones sociales solidarias que garanticen el acceso al trabajo, a la educación, a la salud.

Es la confianza en que cada quien cumplirá con diligencia los compromisos y tareas que le correspondan, sin recostarse en los otros ni en el gobierno y la dañina caridad gubernamental que genera mendicidad y compra la dignidad.

Esto sabe a sermón y lo es. No es nuevo y ahora es inherente a casi todos los países.

No podemos esperar que el diálogo actual, o de las imprescindibles negociaciones que conlleva, pueda resolver esta crisis. Pero sí puede hacer conciencia compartida de ella y buscar las maneras de convocar a todos, y hasta podría ser el gran caldero en el que se macerara nuestro proyecto.

Hay, basta con ver sus gestos y oír sus gruñidos, navegantes del pesar y las sombras. Medran en la fidelidad que reconstruyen a su medida. Pero en las mejores fiestas alguien siempre la pone. No hay que olvidarse de ellos.