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Alicia Freilich

Algunas confesiones sobre don Ramón

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En las calles de la parroquia San José, donde transcurrió mi feliz infancia, aprendí que en Venezuela cualquier patán puede alcanzar el grado de doctor, pero son contados –y sobran dedos– quienes ejercen, aun sin diploma, el don de merecer ese título que Ramón J. Velásquez elevó a categoría presidencial republicana. Fue persona íntegra por sus genes, doctor por estudio y don por su postura de respeto vertical hacia el otro.

En mi hogar de matrona joven fue huésped continuo. Era buen diente que disfrutaba la comida judía ashkenazita preguntando sin cesar el origen de cada receta y libando sobriamente en la sana copa el licor de consagrar la víspera del sábado. Y como si fuera un rabino goi, es decir, gentil, o sea, no judío, su conocimiento sobre libros, documentos, pero en especial de figuras comunes y famosas, costumbre que le venía de irremediable  pata caliente en  muchas aceras provincianas y de la capital, le dieron el don del mentch, vocablo ya universal para calificar la difícil condición de gente cabal.

Ante los avatares de la existencia diaria en la casa o las intemperies, esta servidora, insegura y temerosa hija de inmigrantes, sintió desde sus 30 años que contaba con su orientador talento natural para conocer la psique más oculta de auténticos y farsantes, de modo que al iniciarme en el oficio de la comunicación escrita, me hice adicta, casi dependiente de su criterio para abordar situaciones, personajes y personajillos del patio político, el más duro y riesgoso para un principiante sin vocación ni militancia políticas.

Pero la lección más profunda y tenaz fue su lealtad espontánea, inalterable, en esos momentos críticos de duelo familiar y profesional que mi generación hija del Holocausto, padeció en un país fraterno que de repente, por la década de los setenta, en los ámbitos universitarios y culturales, se inició en el resentimiento ideologizado muy activo del antijudaísmo con máscara de antisionismo. Sin previo aviso, discreto y sencillo, don Ramón se presentaba en domicilios, oficinas, actos comunitarios y reuniones privadas para expresar compañerismo, a veces mudo, con esa su sólida presencia de mirada generosa.

Recuerdo con especial gratitud, y todavía me emociona, una sorpresiva llamada telefónica cuando Israel entregó la Franja de Gaza a los palestinos. Hasta ese momento no le había dado especial importancia al hecho en medio de dilemas afectivos que para ese momento me abrumaban. Entonces el don de su oportuna sabiduría intuitiva me iluminó para resolver problemas íntimos como lo hace todo buen psicoanalista. Sabía de mi depresión pero la abordó desde lo fáctico inmediato, con tono impersonal y su fijo acento andino: Oiga, la llamo porque, fíjese, pocas veces en la historia actual un pueblo victorioso, que aprecia el privilegio de la vida misma, se desprende así de un territorio propio, reconquistado a cuenta de tanta sangre joven y lo hace para sobrevivir en lo que más importa, la paz. Venga, pues, cuando pueda y lo hablamos.

Esa clase de venezolano es la que este régimen se empeña en destruir. Aunque lo disfrace con ceremonias más que merecidas pero que en verdad honran solo al honrado.