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Ana María Matute

Tengo que confesar algo

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No se imaginan lo que el tema de las colitas ha traído a mi memoria. Mi preocupación es tal que he decidido hacer algo por mi paz mental y confesarlo todo. Esa primera página de El Nacional del domingo me dejó pensando que no puedo lanzar ninguna piedra si antes no confieso públicamente mis pecados.

Si aparto la culpa que me hace sentir mi formación religiosa, aparece la que me hace sentir la formación ética y moral que me dieron mis padres. Porque es verdad que la ignorancia no excusa del delito, y mucho menos cuando las cuentas se sacan en dólares.

Llevo toda la semana reflexionando sobre mi proceder y creo que estas líneas serán de mucha ayuda, como si fuera al confesionario y lo conversara con el cura, o como si fuera al psiquiatra y le contara lo que me aflige. Voy, a ver si puedo perdonarme a mí misma.

La primera colita

Años noventa, segunda presidencia de Rafael Caldera. Trabajaba en la competencia en la sección de Internacional. Siempre ha sido un periódico muy conservador, y antes ni siquiera mandaban a periodistas al exterior. Pero allí estaba yo, con todos los números de la rifa. El presidente iba en visita de Estado a México y Miraflores le ofreció al periódico llevar a un reportero. Hay que aclarar que lo hizo con todos los periódicos, no era nada privilegiado.

Los preparativos fueron largos y minuciosos, todo un protocolo presidencial. Primero nos tocó un intercambio con periodistas mexicanos aquí en Caracas.

Como dos semanas antes del viaje, tuve que ir a la casa de cambio con mi pasaporte a comprar los dólares. Sencillamente ponían un sello en alguna parte del pasaporte con la fecha de la compra de las divisas y la cantidad, y eso era control. Luego me llamaron de la oficina de prensa de Miraflores: debía estar a tal hora en Maiquetía ¡en la rampa 4! Para ese entonces esa información no generaba ninguna reacción. Y si se los dejo hasta allí, a ustedes ahora tampoco. Pero resulta que de la rampa 4 salen los aviones presidenciales y... los de Pdvsa.

Viajé a Ciudad de México en un avión de la estatal. Pero para que tengan una idea del modelo (porque no sé de especificaciones técnicas) si un vuelo comercial a ese país duraba cuatro horas, en el petrolero duró seis.

Ese viaje tuvo dos particularidades. La primera es que el presidente se enredó subiendo una escalera en la tarima dispuesta en la plaza del Zócalo y se golpeó la nariz con el filo. Hubo mucha angustia y preocupación por la salud del mandatario ya septuagenario, pero el ilustre estaba mejor que yo, que me la pasé vomitando por la venganza de Moctezuma. Alguien de Miraflores me sugirió que no escribiera sobre el suceso, pero hice caso omiso y reporté el hecho tal como ocurrió. Al llegar nadie me esperaba para llevarme al Sebín.

La segunda particularidad es que en aquel camastrón hicimos escala en Guatemala para un homenaje que se le hizo a Arístides Calvani en el sitio en donde se estrelló el avión en el que viajaba. Llamo la atención sobre este hecho para significar que en aquella época en la que era reportera Venezuela era realmente reconocida y querida en el mundo, y sus grandes y admirables hombres homenajeados con cariño. Calvani fue un verdadero canciller y contribuyó mucho con el desarrollo de los pueblos americanos, para los que no lo sepan.

La segunda colita

No vayan a creer que yo tenía algo que ver con el chiripero, pero la segunda oportunidad que abordé una avioneta de Pdvsa en la dichosa rampa 4 también fue durante la segunda presidencia de Caldera.

Y esa vez sí fui yo sola. Bueno, con Miguel Ángel Burelli Rivas, canciller que iba a representar al gobierno de Venezuela en unos actos de conmemoración de la independencia de Surinam. ¿Qué importancia tiene Surinam para Venezuela? Perdonen, pero el que se pregunte eso no tiene idea de lo que representa (representaba) Venezuela para los países del Caribe ni conoce la historia limítrofe del país. Nuestro país era el hermano mayor, el de la historia libertaria, el de la democracia longeva, el del ejemplo.

Esa colita me dio algo que atesoraré en mi memoria por siempre: ver el Delta del Orinoco desde el aire, como una gigantesca joya de selva esmeralda y agua como topacios. Eso no se compra con dólares.

¡Pero los viajes y la gasolina sí! Las cifras de los viajecitos de los maduchavistas me dejaron mal, ya les dije. Pero tampoco es que los que hice fueron turísticos o a sitios exóticos. No me dieron viáticos, no estuve en hoteles de lujo ni cené en restaurantes como Nello’s. Sencillamente fue a cumplir con mis funciones de periodista, ser testigo de la importancia que tenía Venezuela en el vecindario y de cómo se movía una diplomacia, que sin ser la mejor del continente, era respetada.

Viéndolo así, no me arrepiento. Claro, imagino que ni Ramírez ni ninguno de su combo tampoco.