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José Rafael Herrera

El concepto de Estado moderno

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Según Nicolás Maquiavelo, autor de El Príncipe, el Estado moderno occidental se diferencia del Estado oriental tradicional por una característica sustantiva: en él la sociedad civil es sólida y robusta, a diferencia de lo que sucede en los países del Este, en donde la sociedad civil es frágil y gelatinosa, casi inexistente. Esta idea de Maquiavelo fue ratificada y enriquecida por Baruch Spinoza, filósofo holandés de origen español, en su Tratado teológico-político y en su Tratado político, unos 140 más tarde. Desde entonces, todo el pensamiento político moderno se ha caracterizado por fundamentar los cimientos del Estado en los derechos que tienen los hombres de forjar su propio destino y de hacerlo respetar frente a quienes intentan, por la fuerza, imponerles un modo de vida servil, ajeno a su propia voluntad, desde Hobbes y Locke a Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Kant, Hegel y Marx. Es decir, desde entonces quedó registrada para la memoria del mundo y del pensamiento político la idea de la libertad como principio supremo de la cultura occidental.

Pero, ¿por qué en Occidente pudo desarrollarse la vida democrática y los derechos individuales, mientras que en los países del Este aún persisten las formas autoritarias y despóticas o autocráticas de poder político? La respuesta a esta pregunta la explica magistralmente Maquiavelo.

En el Capítulo IV de El Príncipe, el pensador italiano sostiene que “todos los principados, de los que se conserva alguna noticia por la historia, han sido gobernados de dos diferentes modos: o bien por un príncipe y todos sus siervos a quienes, como ministros y por su gracia les concede la facultad de ayudarle a gobernar su reino; o por un príncipe y por barones, los cuales no gobiernan por gracia de un señor, sino que por la antigüedad de la sangre tienen ese grado”. Como puede observarse, Maquiavelo muestra una diferencia sustancial entre aquellos Estados que son gobernados “por un príncipe y por sus siervos”, en manos de quien reside toda la autoridad, dado que en ese tipo de Estados nadie puede reconocerse superior a él, y aquellos Estados en los que el mando es compartido, ya que si bien es cierto que lo ejerce un mandatario o príncipe en particular, no menos cierto es que lo hace entre sus pares, entre dirigentes políticos de la misma “sangre” con una jerarquía igual o, por lo menos, similar a la suya.

Maquiavelo concluye su explicación con un ejemplo que permite dar cuenta del tipo de estructura política que tipifica a estos dos tipos de Estado: “Los ejemplos de estas dos diversidades de gobierno son en nuestros tiempos el Turco y el rey de Francia. Toda la monarquía del Turco está gobernada por un señor, los otros son sus siervos, y distinguiendo su reino en diferentes sancajados, les manda diversos administradores, a quienes releva y varía como a él le parece. Pero el rey de Francia está puesto en medio de una antigua multitud de señores, reconocidos en aquel estado por sus súbditos y amados por ellos: estos tienen sus preeminencias y el rey no puede quitárselas sin peligro”.

Un Estado gobernado por un tirano que posa sus botas sobre una satrapía de sirvientes, por una parte. Otro, en cambio, gobernado por un mandatario rodeado de ministros y asesores, gobernadores y alcaldes, que se deben a sus méritos y al amor de sus seguidores, no a los deseos de un mandatario. En el primer caso, se puede hablar de un régimen de coerción, del ejercicio despótico de un autócrata que controla todos los hilos del poder. Ese es el modelo de Estado característico del mundo “turco”, como lo denomina Maquiavelo, es decir, de la civilización oriental (Asia, India, África y buena parte de los pueblos de origen eslavo, dada la influencia ejercida en ellos por el antiguo imperio persa y la religión musulmana, que derivara, en algunos casos, en las formas de un cristianismo ‘ortodoxo’). En el segundo, se trata de un régimen de consenso, en el que quien gobierna tiene la necesidad de llegar a acuerdos con quienes forman parte del poder político e incluso del social, a los fines de generar paz y justicia a través de un sincero diálogo sobre el cual se toman las decisiones del Estado.

Ese segundo modelo es el fundamento de las democracias modernas, occidentales, el cual, por su propia naturaleza, es contrario a los regímenes tiránicos o despóticos inherentes al “modo de producción asiático” que, aunque formalmente puedan aparecer como democráticos, terminan en manos de gobernantes que conciben a la población e incluso a sus propios colaboradores más cercanos como sirvientes a su disposición, como una suerte de borregos que deben simplemente obedecer a quien ejerce las funciones de jefe del Estado.