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Francisco Suniaga

Las complejidades del cambio

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A finales de los noventa, muchas voces de venezolanos notables clamaban por la aparición de nuevos rostros para dirigir los destinos del país. Cansados del bipartidismo de AD y Copei y de una izquierda leal al sistema democrático de entonces, exigían cambios en el paradigma democrático y de su liderazgo. Sus exigencias, e incluso plegarias, fueron satisfechas, se produjo el cambio y henos aquí con un nuevo sistema político muy distinto a lo que se aspiraba (neoautoritarismo y/o neomilitarismo latinoamericano, le dicen algunos teóricos).

El desplazamiento de los partidos pilares del único período democrático que Venezuela ha tenido su historia de dos siglos, y cuya democratización todos los venezolanos pedían, no condujo a la aparición de partidos más democráticos. Por el contrario, ahora Venezuela es dirigida desde el gobierno por un partido, el PSUV, que nada tiene que envidiarle al partido nacional socialista alemán de preguerra (en realidad lo supera en cuanto al malandraje político y económico enquistado en sus estructuras).

Por otra parte, los rostros de Caldera, Carlos Andrés, Pompeyo Márquez, Teodoro Petkoff, Andrés Velásquez y otros demócratas, que se aspiraba fuesen sustituidos por los rostros de demócratas más puros y frescos, fueron asimismo apartados del poder. Sin embargo, no aparecieron los rostros idealizados, ahora ocupan su lugar: Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Jaua, Pedro Carreño, El Aisami, Iris Varela y otros especímenes.

La moraleja es clara: la política no necesariamente discurrre por donde desean sus actores que lo haga, y ejemplos históricos sobran aquí y fuera de nuestras fronteras. No bastan las buenas intenciones, ni tener un propósito común moralmente enaltecedor, el resultado puede ser catastrófico.

Deshacer el entuerto resultante, por supuesto, es mucho más difícil que el esfuerzo que demandó crearlo. Primero porque siempre es más fácil destruir que construir y luego, porque las causas que llevaron al declive y destrucción del sistema político inaugurado en 1958, subsisten (a veces con inusitada fuerza) en el seno de la (ahora) oposición al constructo maligno y perverso que lo sustituyó.

Por una parte, los viejos partidos políticos están atrapados en un dilema que no es fácil resolver: realizar, en el contexto de esta lucha desigual contra el régimen chavista, las reformas que no hicieron cuando el ambiente externo era más favorable (ahí está el ejemplo del PRI). Promover ahora tales cambios, aunque sean buenos y deseables (como eran buenos y deseables los propuestos en los noventa) puede conducir a un mayor debilitamiento de esas organizaciones. De hecho el esfuerzo para reconstituir el sistema de partidos democráticos en Venezuela es tan exigente que, a estas alturas, solo desde el Estado podría llevarse a cabo.

Los nuevos partidos de la oposición, por su lado, han debido formarse o crecer en el ambiente antidemocrático y autoritario que emana del poder chavista. Se han visto obligados a posponer discusiones y debates necesarios para que, además de nuevos, puedan ser modernos. Venezuela requerirá partidos capaces de generar líderes con visiones de largo aliento, que nos alejen para siempre de la posibilidad de que algo como este régimen pueda repetirse. Pero el esfuerzo de crear partidos nuevos y modernos está distraído por la limitación de enfrentar un hostigamiento que llega incluso a amenazar las vidas de sus dirigentes. Lo importante ahora es que sean herramientas eficientes para los propósitos que se han planteado, ya vendrá el tiempo de introducir los correctivos del caso.

En fin, lo que hay que entender es que la lucha por deshacer el entuerto chavista es muy dura y está sujeta a constreñimientos objetivos que no dependen de la voluntad de los actores políticos de la oposición. Para hacer las cosas más complicadas, el monstruo ha mutado. De ser una estructura en forma de obelisco, con el “comandante inmortal” en la cúspide, ha pasado a ser una estructura con forma de ameba gelatinosa cuyo centro, contra el que hay que orientar la acción, es difícil de definir. Hay facciones internas que luchan entre sí por dominarlo y apoderarse de los proventos que genera. Los intereses detrás de esas facciones pueden ser muy, muy oscuros.

Siendo así, hay que tener presente que podemos estar nuevamente en una situación donde, por impaciencia o intolerancia con el liderazgo de la oposición, el resultado diste mucho de ser el que se espera. Sea uno mucho peor a lo que ya tenemos: una secreción mucho más oscura y turbia de la ameba chavista, que nos ponga, como ya pasó en 1998, en situaciones mucho más comprometidas, esas que pensamos no volverían.