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Ramón Hernández

La comida como problema político y militar

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La foto es apenas una referencia. Muestra un galpón o, mejor, un corralón techado con zinc, que por el color de la pared debe pertenecer a un establecimiento militar: un beige verdoso en dos tonos. Al fondo está la silueta de una mujer vestida de soldado, con una pistola a la cintura. Es la que cuida los presos, todos detenidos en los disturbios y saqueos ocurridos en Cumaná. La mayoría son hombres relativamente jóvenes. En primer plano, aparecen unas muchachas que se tapan el rostro con los brazos.

Todos están sentados en el piso. Pegados uno del otro, en filas de diez, y son más de veinte las filas que se distinguen en el fotograma. Solo uno ríe, habla con el de al lado y se ve que no estaba atento a la cámara sino a la conversación en el momento del clic. Los demás están apenados, tristes, sorprendidos. Dos no tienen camisa. Se desconoce cuánto tiempo llevan ahí ni qué hacían cuando las fuerzas del orden los aprehendieron.

Son ciudadanos privados de libertad en la jerga del régimen. No tienen otra opción que esperar que alguien los rescate o les sirva de garante, pero eso no ocurre todavía. Están buscando a los cabecillas, a los instigadores, a los que lideraron las protestas y azuzaron a los que estaban molestos por haber hecho colas desde la madrugada y que a las 9:00, seis horas después, les dijeron que no había nada que comprar, que los camiones con los productos de primera necesidad no habían llegado, que se habían accidentado en la carretera y los habían saqueado, que los habían desviado al consejo comunal. También alguien oyó decir que todo se lo habían vendido por la puerta de atrás a bachaqueros y a dos patrullas de la policía municipal. Cada quien tenía su versión y sus rabias.

En las detenciones masivas no solo se pierde la libertad, también se pierde la privacidad y la individualidad. Te tratan como a un animal. Siéntense, párense, arrodíllense, no miren al frente, y lo peor: no hay baño. Tampoco agua y, mucho menos, algo qué comer, un mango o un puñado de arroz frío.

La versión oficial es que no hay hambre, que el país cuenta con alimentos suficientes para alimentar tres naciones. Sin embargo, ha organizado unos comités para repartir bolsas agónicas de comida cada tres semanas. La logística está a cargo de Freddy Bernal, que tuvo experiencia en el Caracazo. Aristóbulo Istúriz, como vicepresidente ejecutivo, afirma que los desórdenes no fueron por comida, que detrás de esa multitud furiosa hay una intención política, y es verdad: saciar el hambre y recobrar la libertad son las primeras tareas de una comunidad organizada, antes que luces y moralidades. A esos presos tendrán que darles de comer, y no hay tanto mango. Los soltarán, los fusilamientos siguen restringidos, por ahora. En venta tomo fallo de El capital y un opúsculo de Bakunin.