• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Un cómico en Puerto de Nutrias

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En los años sesenta del pasado siglo los venezolanos vivimos la zozobra provocada por la insurrección armada y la respuesta igualmente violenta de un gobierno que tuvo que afrontar el desventurado intento de derrocar con las armas a un presidente civil elegido democráticamente. Una agresión criminal ocurrirá años más tarde con otra fracasada intentona que culminará con las palabras “¡Por ahora!”. La invasión, entonces, de Machurucuto y la reverencial admiración de la izquierda marxista por el Che Guevara puso en evidencia la ingerencia cubana en nuestra vida política que contribuyó a inflamar aún más la guerra de guerrillas que buscaba derrocar al “gobiernito” de Rómulo Betancourt sin percatarse de que se enfrentaban al zorro político más hábil y sagaz que hayamos adversado en la historia venezolana.

La violencia se instaló en las montañas pero organizó unas guerrillas urbanas que perpetraron absurdos asesinatos de policías. El gobierno contribuyó con las desapariciones de los activistas de izquierda que no se encontraban en las cárceles y no aparecían muertos o heridos en los hospitales porque se dijo luego que algunos eran lanzados al mar desde los helicópteros. La vida conyugal venezolana conoció un momento único porque los maridos nos reportábamos diciendo dónde nos encontrábamos y con quien andábamos.

En todo caso, el empecinamiento y la rigidez ideológica impidieron ver con mayor claridad los escenarios en los que discurría aquella violencia porque también era débil la base cultural que sostenía su carácter contestatario.

Uno de aquellos enardecidos camaradas se acercó a la Cinemateca Nacional, que yo dirigía entonces, buscando alguna película que mostrara o apoyara la insurgencia que él estaba llevando a cabo contra el sistema (¡entonces se decía el establishment!). Quería proyectarla en los barrios donde hacía proselitismo. Le hice ver que no era fácil en aquel momento conseguir películas de esa naturaleza, pero le sugerí que proyectara uno de los cortos hechos por Charles Chaplin para la Keystone o la Essanay en las primeras décadas del siglo en los que Charlot, el pequeño ser humillado y desarrapado, se enfrenta invariablemente al hombre corpulento y sale vencedor gracias a la inteligencia de su sensibilidad y amplitud humanística. ¡Me miró con odio! Creyó que me estaba burlando de él. ¿Un cómico? ¿Una película cómica para tratar un asunto tan importante como el destino político de un país? Me dio la espalda y salió de la oficina enardecido. Luego me enteré de que pregonaba dondequiera que estuviese que yo me oponía a las guerrillas y era traidor a la Revolución Cubana, lo que equivalía, metafóricamente hablando, a ponerme en el paredón.

Años más tarde, pacificado el país, acompañé al cineasta Jesús Enrique Guédez a Puerto de Nutrias, su ciudad natal. Entonces acostumbraba llevar conmigo uno de esos cortos de Chaplin para ilustrar cualquier eventual conversación con la gente. Y, en efecto, tuve ocasión de proyectarlo en una comunidad campesina y todos, emocionados y conmovidos, se identificaron con Chaplin y vieron en el gigantón Mack Swain al latifundista que los atropellaba. Y me dije: ¡Qué gloriosa es la cultura! Posiblemente, Charles Chaplin no supo de la existencia de Puerto de Nutrias y, sin embargo, estaba allí junto a unos campesinos que visualizaron por qué luchaban contra el poder que los oprimía. Una convicción que no surgía de ningún manual ideológico sino del resplandor de una cultura que aquel impetuoso activista político desconocía porque creía que Charles Chaplin era sólo un cómico que se dedicaba a hacerlo reír, en el supuesto negado de que hubiese visto algunas de sus películas.