• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Mala copia

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Mientras unos se ocupan de identificar en qué lado están los fascistas y otros tratan de encontrar los consabidos dos kilos de azúcar, dos de harina PAN, un pote de margarina Mavesa y cuatro rollos de papel tualé, en el país se ha instalado un comando cívico-militar que en reuniones con Nicolás Maduro toma las grandes, medianas y pequeñas decisiones en todos los aspectos de la vida nacional. Nadie sabe el nombre de los integrantes, qué preparación tienen, cómo llegaron a tan alta responsabilidad ni qué artículo de la Constitución los autoriza. Tampoco nadie ha preguntado.

Anónimos y opacos, no se sabe si son flacos o si por su contextura se puede arriesgar un carcelazo porque accidentalmente en algún texto se mencione a los famosos tres cochinitos, como ocurrió una vez; tampoco se han publicado sus funciones y atribuciones en la Gaceta Oficial, bien sea por ley aprobada por la Asamblea Nacional o por decreto firmado por el jefe del Estado. Por encima de todas las estructuras funcionales del país, como autoridad suprema, aparece este comando cívico-militar que se oculta a la auditoría de la soberanía popular, la cual reside en el pueblo y nada más que el pueblo y la ejerce a través de elecciones libres, universales y secretas. Ay, Piolín.

Obviamente, no se trata del Consejo Federal de Gobierno ni de un grupo de espontáneos que con la mejor voluntad asesoran y complementan las carencias propias y heredadas del actuante jefe del Estado. Por la manera de presentarlo, y también ocultarlo, responde más a la idea que tenía Stalin del Presidium o de la nomenklatura que a la estructura de gobierno que definió la Asamblea Constituyente y que se aprobó en un referéndum nacional el 16 de diciembre de 1999.

La ciencia enseña que cada procedimiento da un resultado, que de la receta para hacer una torta de manzana no saldrá un manjar de pera, pero los dialécticos siguen teniendo fe en que del socialismo soviético, que desde 1917 ha matado de hambre a más de un centenar de millones de personas, se puede obtener un mundo perfecto. Habiendo destruido el sistema productivo nacional con expropiaciones, estatizaciones, tomas, invasiones y demás chanchullos, la cosecha no podía ser otra que escasez y empobrecimiento, el primer paso antes de que empiecen a sonar las tripas vacías. Ay, Caracas.

Las incompetencias son muchas, pero la que muestra en lingüística es superlativa. Llamar asquerosa la foto de una madre, que ha sido dirigente de un barrio, que reclama que el hampa realenga le mató al segundo de seis hijos que con sacrificio se graduó de contador público en una universidad privada, no es una equivocación; tampoco lo es ordenar a Villeguitas que cite al director del diario para reclamarle su política editorial, sino la forma de gobernar implícita en todo comando cívico-militar. Cerrado, se agotó el inventario.