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Andrés Cañizález

El comandante-talismán

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Si un viajero desprevenido hubiese aterrizado en Venezuela el pasado 7 de octubre habría entrado en franca confusión. Durante más de dos horas, de forma obligatoria, el único mensaje que se comunicaba en el país, gracias a una cadena nacional de radio y televisión del país estuvo dedicado durante más de dos horas a exaltar la “victoria perfecta” del comandante Hugo Chávez.

Los videos mostraron a un Chávez en campaña y sus herederos políticos celebraban en público como si tal triunfo electoral acabase de ocurrir. Los asistentes en realidad festejaban por la victoria que un Chávez enfermo alcanzó en octubre de 2012 y que luego de una serie de circunstancias, incluyendo decisiones institucionales discutibles, terminaron colocando a Nicolás Maduro en la Presidencia, con lo cual quienes encabezaron el acto de este 7 de octubre tenían efectivamente mucho que celebrar.

El culto a la personalidad de Chávez se inició estando este con vida. Hace una década, por ejemplo, un conjunto de organizaciones de derechos humanos presentaron ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) una recopilación de imágenes de vallas publicitarias y de avisos de prensa en los que se evidenciaba que la gestión pública como tal había quedado rezagaba, y que la política comunicacional oficial estaba dedicada a resaltar las virtudes del comandante Chávez. El anuncio de que se construiría un hospital, en lugar de brindar información sobre los recursos a invertir, el tiempo de ejecución e información sobre los contratistas, era sencillamente la imagen de Chávez.

Hoy, a casi dos años de lo que fue su última aparición con vida (8 de diciembre de 2012), innumerables actos oficiales se inician con un Himno Nacional entonado por Chávez; sus programas maratónicos Aló, Presidente se repiten cada domingo por la red de medios del Estado y no pocas emisoras comerciales, para congraciarse con el régimen, se unen a tan particular retransmisión.

Para el chavismo, sin embargo, resulta un contrasentido festejar como se ha hecho la elección del 7 de octubre de 2012 por lo problemático de esos comicios. Un Chávez muy enfermo le mintió al pueblo en esa campaña porque aseguró que estaba curado, con el paso del tiempo el propio Maduro ha admitido que el presidente que buscaba la reelección en 2012 estaba seriamente deteriorado en su salud. De esa campaña, por otro lado, proviene en buena medida la pesada herencia económica que hoy lleva Maduro. De acuerdo con la carta pública de quien fue durante década y media el cerebro económico del régimen, Jorge Giordani, en 2012 el gasto público se potenció desordenadamente con la finalidad de crear una sensación de bonanza económica.

Puesto en el dilema de las responsabilidades del quiebre económico que vive Venezuela, el presidente Nicolás Maduro ha optado por defenestrar a otrora colaboradores cercanos de Chávez, como Girodani o Rafael Ramírez, terminar de desbaratar el sector privado de la economía o presentarse como víctima de alguna conspiración de capitales internacionales.

No ha señalado Maduro, ni lo hará, que el modelo económico que heredó de Chávez en buena medida fue también el legado del comandante. Puede cortar otras cabezas, pero en materia política-simbólica Chávez sigue siendo, por ahora, un fuerte talismán para enfrentar la crisis.

Es una suerte de moneda de la suerte que se sacan del bolsillo quienes están en el poder y la acarician en momentos de incertidumbres y dificultades. Esta celebración del segundo aniversario de la “victoria perfecta”, por el triunfo de Chávez en 2012, es una clara muestra de cómo opera el aparato de propaganda, ante una situación de sospechas e inquietud (como la vivida en el chavismo por el asesinato del diputado del PSUV, Robert Serra), se ejecuta un seudoevento como lo fue este acto.

Simple excusa para mostrarle al país, en horario prime time, que la cúpula chavista está unida y que a fin de cuentas están en el poder gracias a Chávez.