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Colette Capriles

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De las revoluciones, lo importante es cómo terminan. François Furet, en su libro Pensar la Revolución francesa, se siente obligado a escribir una introducción que anuncia el campo de batalla en el que doscientos años después de los hechos revolucionarios continúa la lucha por la interpretación. Quizás la revolución es el libro sagrado de la modernidad y necesita siempre ser descifrada. Bonaparte declaró, al hacerse dueño exclusivo del poder, que la revolución había terminado, pero para argumentar que él era su único heredero, guiado por los principios de 1789. Tocqueville, uno de los pocos que supo ver la secreta continuidad entre la monarquía borbónica y las instituciones de la Revolución francesa, consideró al régimen bonapartista como un despotismo sin precedentes históricos, una forma de autocracia solo posible a través y después de la democracia, en la que la centralización administrativa, el sistema legal, permitía un control legítimo casi total de la vida pública y privada.

Chávez fue un enorme síntoma de la enfermedad de la democracia. De la verdadera democracia que es la representativa y liberal. Porque no hay otra. No estoy segura de que el que votó por Chávez en 1998 tuviera algo más en su fuero interno que una especie de indignación ciega; no creo que se tomara demasiado en serio la idea de una nueva democracia “participativa”. Pero la tentación del orden, o más bien, de un nuevo orden poderoso, que zanjara las indecisiones e incertidumbres propias de la democracia y que hiciera justicia a los resentimientos cebados en la modernidad inconclusa, resultó demasiado fuerte. Quizás eso explica la hipnótica sumisión con la que los poderes institucionales y fácticos se entregaron desde aquella nefasta juramentación que prometía acabar con ellos.

Hizo falta todo un año para que el fardo de la herencia despótica se nos hiciera dolorosamente patente. Mientras escribo esto la voz de Chávez, cantando su propio himno personal en una especie de escenario neroniano, se multiplica por altavoces dispuestos encima de los tanques militares que persiguen manifestantes, con nocturnidad y perfidia gozosas. Es la puesta en escena del legado: no es solo la fuerza y el terror de una maquinaria del Estado contra el ciudadano inerme; es además un gesto wagneriano de voluntad supremacista, de la alegría del fuego y de la humillación. Es como verle la carne desnuda al país imaginado por el chavismo: el de la fuerza sin límites, el de la aniquilación del indeseable.

Siempre estuvo allí ese país imaginado, encubierto por la retórica exhausta de la épica tercermundista, por la lluvia de subsidios y por la naturalización del lenguaje de odio, que se propagó por todas partes como si fuera inocente. Ahora se nos muestra todo, con muertos, heridos, presos, humillados: un precio demasiado alto.

Si vale formularlo de un modo sencillo, parece que hay que volver a algo más básico, a algo que está antes de toda política: a un sentido de preservación que debe anteponerse al desintegrado campo de fuerzas que es hoy el país. El poder de Chávez no radicaba en ninguno de sus dudosos atributos personales, sino en su capacidad para romper, dividir, fragmentar y fracturar hasta los afectos más cotidianos, y reinar sobre el rompecabezas. Ahora hay que conectar esos fragmentos, aglomerar, unir, pegar, sumar, formar unidades crecientes, buscar en el centro del mapa de Babel un punto fijo para amarrarnos y movilizar esta sociedad, toda ella, hacia otro horizonte, abandonando este naufragio, ese imaginario de país pulverizado. El poder no quiere hablar, porque la conversación es la negación de la fuerza. Pero hay que obligarlo a hablar, no en sus términos orwellianos y siniestros, sino en los de la justicia, simple y clara. Lo dijo así Pedro Salinas en El defensor: “Sólo cuando se agota la esperanza en el poder suasorio del habla, en su fuerza de convencimiento, rebrillan las armas y se inicia la violencia”.