• Caracas (Venezuela)

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Sergio Antillano

Los colores del verde

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A Frances Davison, nacida en Estados Unidos, le pregunté alguna vez aquí: “¿Qué es lo que más te gusta de Venezuela?” y después de mirar sin destino mientras pensaba unos segundos, dijo: “¡El color!”, y reiteró: “Hay millones de colores, miles de verdes y muchos amarillos, naranjas, rojos… Cada color tiene cientos de tonalidades y están en las plantas… las frutas, las flores… ¡todo es multicolor!”. Desde entonces, pude percibir y disfruto ampliamente ese espectáculo cromático que nos rodea, gracias a la sensible percepción de esos ojos extranjeros que evidenciaron con emoción lo que suele pasar desapercibido a nuestra acostumbrada mirada, inmersa desde siempre en este paisaje.

Frances vino de Eugene, Oregón, donde los tonos verdes dominan el entorno y luchan con el gris que trae la lluvia cotidiana, todo el año al noroeste americano. Allá, sólo los ocres y tonos amarillo-naranja del otoño, logran dar brillo al verde humedecido que narra eterno la placidez de esa bella región. Aquí, en esta zona del planeta, la luz del trópico y su prisma cromático, la sedujo.

Igual ocurrió con Jesús Hoyos, hermano de la Orden La Salle, quien llegó a estas tierras desde España cuando era un mozalbete, y desde siempre la naturaleza portentosa y diversa del país lo cautivó. Los colores, las formas y especiales texturas de nuestra infinita diversidad botánica atraparon para siempre su interés. Desde temprano se dedicó a estudiar y escudriñar a fondo la vegetación tropical de este país que le dio cobijo.

La alta diversidad de ecosistemas y zonas de vida permite convivir en Venezuela, a unas 25.000 especies de plantas con semillas, sin contar otros organismos botánicos como algas, hongos, líquenes, briofitas y helechos. Esa vital vegetación seguramente indujo a Hoyos a estudiar Biología en la UCV, en Caracas, donde inició la adquisición sistemática de conocimientos que consolidó en Lovaina y París.

Pero más fuerte que su afán de conocimientos era su emocional interés hacia lo visible en el paisaje vegetal de la nación. Se propuso atrapar esos colores, esas extrañas formas, esos exuberantes organismos. Con rigurosidad y constancia, armado de una libreta, cámara y una inmensa paciencia que siempre le acompañaron, no dejaba de registrar flores, frutos, plantas, ramas, hojas, espinas, tallos filamentos y cuanto elemento botánico se atravesaba a su paso. Llevado por su pasión y percepción, inventarió en imágenes buena parte de los seres vegetales con los que cohabitamos. El reto era descomunal. Sólo en los Andes existen más de 4.500 especies de plantas; en Guayana, la diversidad pasa de 10.000; en la cordillera de la Costa se han registrado unas 3.500; y en los Llanos, unas 2.500 especies vegetales dibujan el paisaje… y todas ellas estaban allí, aguardando por Hoyos para engrosar su colección de fotos documentadas.

Era usual en él, detenerse en el camino para sacar su cámara de fotos y tomar las gráficas de un árbol que divisaba o de unas flores singulares. Luego anotaba los datos necesarios y seguía a su destino. Le vi hacerlo en varias ocasiones y siempre comentaba halagando algún aspecto de la planta privilegiada por su sabia mirada.

Su otra pasión, aunque más racional, la didáctica de las ciencias naturales, le condujo por los caminos de la divulgación del inventario que construía afanoso. Ansioso por mostrarnos, a todos, las hermosas especies de plantas que había capturado, se empeñó en la edición de libros que recogían el resultado de sus esfuerzos. Este eterno profesor de Biología, editor de la revista Natura, creía en la fuerza transformadora de la educación y en su empeño por ésta estaba obvio el interés de conservar la naturaleza.

Cazador de imágenes; fichador de riquezas vegetales; coleccionista y organizador en grupos de los infinitos registros de naturaleza que conformó, el hermano Hoyos nos inundó de libros sobre las plantas de Venezuela. Más de 20 títulos dan buena cuenta de las tipologías en que agrupó las plantas fotografiadas. “Plantas ornamentales”, “flora emblemática de Venezuela”, “plantas tropicales ornamentales”, “árboles tropicales ornamentales”, “frutales”, “árboles de Caracas”, “flora de Margarita”, “palmas en Venezuela”, son sólo algunos de los grupos que su curaduría produjo con aquellas cientos de fotografías y fichas que acopiaba sin cesar. De cada grupo, un libro.

La Venezuela botánica está en buena parte retratada y cedulada por este incansable maestro que hace pocos meses falleció, dejando un legado descomunal de flores, frutos, plantas, en retratos y fichas. Esas colecciones de imágenes y datos merecen ser digitalizadas, y puestas al alcance de todos en el planeta, para que el valioso resultado de la serena y austera vida de Jesús Hoyos, con todos sus colores y saberes, pueda ser disfrutado globalmente y multiplicar el asombro afectivo de Frances Davison por la colorida diversidad biológica de este país.

 

*Planificador ambiental, comunicador visual e ingeniero