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José Ignacio Calderón

La coerción del mal

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Una mañana fresca de julio de 1943, en pleno teatro de operaciones occidental, Jean Améry fue arrestado por las fuerzas de ocupación alemanas en Bélgica por repartir propaganda antinazi. Al momento de su arresto, Hans Maier –su nombre verdadero– ya tenía una idea de lo que le deparaba; había escuchado el terrible eco de los campos de prisioneros en los que los alemanes depositaban a los que consideraban como “indeseables”.

Tatuado como ganado y montado en un tren de vacas, Jean Améry logró vislumbrar meses después aquella fatídica frase que le abrió las puertas al horror: El trabajo os hará libres.

Améry fue víctima de un régimen de corte militar, en el cual el acuartelamiento del grueso civil de la población y la jerarquización de esta se transformó en norma: una sociedad como la alemana que cayó de rodillas ante el carisma de un líder supremo e incuestionable llevó a su país al fatal final que la historia nos hizo conocer.

Jean Améry representa un límite de la filosofía occidental. Puede resultar ingenuo hablar de algo tan escueto como “límites” en un mundo siempre en expansión como lo es el del logos humanos. Pero en ciertos, cáusticos casos, es necesario dibujar alguna línea que nos permita devolvernos al centro bondadoso del pensamiento y saber que estamos en los confines de la madre ciencia.

Améry supone una frontera porque no deduce datos ni estadística alguna a los motivos del por qué al hombre le gusta hacer daño desde la investigación positiva. Puede resultar –de nuevo– audaz reducir los escritos de Jean a una simple fenomenología del sufrimiento en muy variadas y terribles aristas. Ramas como el suicidio, la tortura, el rencor, la ausencia del perdón y la falta de paz interior son temas en los que Améry se lanza como un clavadista lo haría al abismo en vez de al agua.

El trato íntimo de Améry con la muerte, resultado de la Segunda Guerra Mundial y la masacre que esta conllevó, le dotó de especial sensibilidad a la hora de tratar este tema con una experticia inusitada, que prescinde de la investigación y la ciencia positiva para adentrarse en la psique del hombre que, efectivamente, ha abrazado el sufrimiento como igual.

La revolución industrial trajo consigo el progreso tecnológico, y a la larga, la ecuación de menos tiempo igual más dinero o productividad. Lo que este legado también arrastró fue la siniestra automatización de la muerte. De un fenómeno natural, pasó a un emblema de fábrica, cuya apoteosis desembocó en la apertura de Auschwitz, campo de concentración al que Jean Améry califica de ser “el pasado, el presente y el futuro de la humanidad o al menos de su parte llamada ‘civilización occidental”.

Esta espeluznante afirmación no deja más que pensar que tal vez en el afán del progreso de hombre, sí estemos yendo hacia el absoluto: hay un solo trecho que caminar. La pregunta es ¿qué hay al final?