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César Pérez Vivas

El civilismo andino

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El martes 24 de junio, dejó su vida terrenal un tachirense insigne. Un venezolano a carta cabal. Murió Ramón J Velásquez. El término de su aliento vital no es el fin de su vida real entre nosotros. Más allá de nuestra fe en la vida eterna, en el maestro Velásquez hay una vida tan meritoria, que su presencia entre nosotros seguirá tan luminosa, como lo fue a lo largo de su productiva existencia.

Sobre la personalidad, sobre la vida y obra de Ramón J Velásquez se han escrito importantes obras, ensayos y artículos periodísticos, tanto antes, como ahora, luego de su irreparable pérdida. Su aporte a la vida de nuestra patria producirá muchos más trabajos con el fin de destacar lo positivo de su tránsito vital, y promover las lecciones que nos ha dejado.

En estos tiempos de ostracismo que vive la civilidad y la modernidad en Venezuela, Velásquez es un testimonio radiante de los mejores valores que han permitido la existencia de la nación.

Como historiador colocó en el justo término de la valoración histórica la presencia de los andes y de los andinos en la vida venezolana.

Ubicando al hombre en su circunstancia histórica y geográfica, aprendimos de la mano de don Ramón las motivaciones de los personajes que decidieron integrar al Táchira, y al resto de los Andes, a la vida de Venezuela.

Sus trabajos de investigación y recuperación del acervo histórico, su promoción y publicación del pensamiento tachirense, constituyen una afirmación venezolanista de los hombres y mujeres de nuestra serranía.

Prevalecía en la sociedad rural de finales del siglo XIX, la cultura del caudillo y de la revuelta, como el método para dirimir las diferencias y para la solución de los conflictos políticos.

De esa manera surgió la hegemonía andina en la conducción de la vida nacional de la primera mitad del siglo XX. Por esa vía los tachirenses lograron integrar a la vida política a una región apartada y preterida, y por esos métodos se impusieron por varias décadas. Era ese el signo de esos tiempos.

Pero en los adentros de esa misma sociedad rural, estaban los gérmenes de su transformación. En las mismas entrañas de las montañas estaban las semillas que esparcidas en valles y laderas harían germinar los árboles de libertad, civilidad y modernidad.

Ramón Velásquez es el personaje que hace posible conocer en mayor profundidad las razones de aquella insurgencia, y los de su propia transformación.

Al poner de manifiesto la crueldad del autoritarismo y del militarismo, que esta etapa de nuestra historia le produjo a la nación; también mostró  y estimuló la oleada de aire puro que desde las montañas refrescó la  lucha por una patria civil y civilista, democrática y moderna, pujante y solidaria.

Aire que recreó no solo el ambiente de la cordillera, sino el de toda la geografía venezolana, al rescatar obras y pensamientos como el de Pedro María Morantes (Pío Gil), Samuel Darío Maldonado, Emilio Constantino Guerrero en los inicios del siglo. O al acompañar con su pluma y con su accionar a figuras de la construcción democrática como Leonardo Ruiz Pineda, Patrocinio Peñuela Ruiz o Carlos Andrés Pérez, mostrando la otra cara de la misma moneda cordillerana. Si con Pérez Jiménez hubo pecado, con Ramón J Velásquez vino la absolución. Ambos muestran la faceta trabajadora, emprendedora y transformadora del hombre tachirense.

En efecto, Ramón Velásquez es, si no la más elevada muestra de la civilidad andina, una de las más destacadas de nuestra sociedad. Representa el valor del pensamiento sobre la fuerza de las armas. El valor de la palabra hablada y escrita sobre la orden irracional y arbitraria. La trascendencia del debate abierto y plural de las ideas sobre el dogmatismo de quien se considera dueño de la verdad. El valor del voto sobre el capricho del gendarme. El valor del trabajo digno y productivo. Es sin lugar a dudas un fiel y claro exponente de la civilidad venezolana, forjado en el soplar de los aires cordilleranos.

En estos tiempos, en los  que el neomilitarismo, de inspiración marxista pretendió estigmatizar al Táchira como región de hombres proclives a romper la unidad nacional, y a promover una “media luna”, solo existente en sus enfermas mentes; la sola presencia física y/o espiritual de Ramón Velásquez con su obra publicada y con su testimonio de vida, es un mentís absoluto a esa infamia, que el conspicuo represente de ese nuevo militarismo (Hugo Chávez) trató de establecer, seguido en su absurdo planteamiento, por oscuros personajes que no se han percatado de ese aporte extraordinario de la tachirensidad a la vida de Venezuela.

Al partir don Ramón Velásquez de esta vida terrenal, los tachirenses no podemos menos que agradecer, su pasión por la tierra chica y por la tierra grande, su testimonio del valor de las ideas y de la palabra bien escrita, y mejor dicha, su talante humanista, su obra histórica y su aporte a la educación, a la cultura, y al engrandecimiento del lanar nativo y de la patria toda. Es decir su testimonio de civilidad y modernidad, que tanta falta hace, en estos tiempos de militarismo y de barbarie.