• Caracas (Venezuela)

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César Pérez Vivas

La ciudad fantasma

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El 1° de agosto de 1991 visité por primera vez la ciudad de La Habana, Cuba. Asistía como presidente de la Comisión de Deportes de la Cámara de Diputados a la ceremonia inaugural de los XII Juegos Deportivos Panamericanos. Al encontrarme en el corazón de la capital de la “revolución latinoamericana” sentí que estaba ante un tiempo pasado. El paisaje que tenía ante mis ojos era el de una ciudad desdibujada y abandonada. El contraste con Caracas, nuestra capital, era notorio.

Por los años finales de la década de los ochenta, comienzos de los noventa, Caracas era sede permanente de eventos académicos de las juventudes democristianas del continente. Nuestros visitantes se entusiasmaban con el progreso que observaban en nuestra ciudad. Recién se había inaugurado el más moderno Metro de América Latina. La higiene y el comportamiento ciudadano en el subterráneo eran dignos de admiración. Los edificios modernos crecían por toda la ciudad. Las torres del Parque Central se levantaban como ejemplo de una ciudad moderna. El complejo cultural del Teatro Teresa Carreño, sus museos, hoteles y restaurantes hacían de la zona un centro de atracción para propios y extraños. Recuerdo cuando un compañero peruano me decía: “Caracas es la Nueva York de América Latina”. Con ello me comunicaba la admiración que generaba el crecimiento y la modernidad que entonces ofrecía nuestra capital.

Con esa valoración me acerqué a La Habana de comienzos de la década de los noventa. Además del deteriorado aspecto que me ofreció la ciudad, el temor a la dictadura comunista de Fidel se sentía en el ambiente. Lo aprecié de primera mano, cuando intenté dialogar con jóvenes en la zona del malecón habanero. Ellos pensaron que éramos agentes de la policía política del régimen. Solo hasta que se percataron de que éramos venezolanos, y para nada afines a la dictadura, hablaron de su tragedia.

En estos tiempos, cuando estoy en Caracas acompañado de mi esposa, un domingo por la noche, recreo aquellas vivencias con la realidad que hoy tenemos. Empezamos por comentar la oscuridad de la ciudad. Aquella metrópolis de luces, de modernas autopistas y distribuidores bien iluminados, de obras de arte en sus espacios verdes, luce lúgubre. Al pasar a la altura de Plaza Venezuela, Bello Monte, Las Mercedes y Chacao, por la autopista Francisco Fajardo, podíamos constatar la desaparición de aquella urbe iluminada que ofrecía una sensación de modernidad y alegría. Ahora observamos oscuridad, pobreza, miedo y tristeza.

Al amanecer y tomar de nuevo la calle, podíamos apreciar el rostro de la Venezuela socialista: la de la basura y la suciedad. Caracas es, ahora, su máxima expresión. Las riveras del Guaire, especialmente en los puentes que unen Las Mercedes y Colinas de Bello Monte con El Rosal y Sabana Grande, convertidos en  patios para la separación de basuras y en almacenes de materiales reciclables. Los trabajadores informales de la basura se tomaron las antiguas áreas verdes para instalar sus sitios de trabajo, dejando en el pasado un paisajismo que mostraba un rostro amigable en esas zonas de nuestra capital. Lo mismo ocurre en otros puntos del eje comunicacional más importante de la ciudad. Los distribuidores La Araña y el Ciempiés, en sus bases convertidas en depósitos de chatarra, ofreciendo una deplorable imagen en cuanto a paisajismo se refieren. El esfuerzo que anteriormente habían realizado desde la Alcaldía de Chacao para tener espacios verdes, cuidadosamente cultivados en los distribuidores de la autopista Francisco Fajardo, han dado paso a unos basureros reprochables. Las estructuras de los distribuidores, pilotes y vigas de los puentes, ennegrecidos por una ostensible falta de mantenimiento.

Visitamos el centro de la ciudad para enseñarle a un joven francés, que terminaba su año de intercambio cultural en nuestro país, los sitios históricos de nuestra capital. Caminamos por la plaza Bolívar y la de San Jacinto hasta la cuadra de Bolívar, con sus tres casonas: el Museo Bolivariano, la Casa Natal y la Casa de la Sociedad Bolivariana. Además de la manipulación ideologizante que les han colocado a las exposiciones, se nota una falta de cuidado en su mantenimiento. La sede la Sociedad Bolivariana tiene deteriorados sus techos, con presencia de monte y termitas con filtración en sus paredes.

Luego visitamos las Torres de El Silencio y la plaza Caracas. Las hermosas lozas de la plaza, en un deterioro creciente. Lo peor, la basura y los olores nauseabundos que se sufren por doquier. La imagen de los edificios no puede ser más deplorable.

En todo el centro caraqueño la basura es una constante. La sensación de inseguridad está presente en cada espacio. Entre tanto, el alcalde Jorge Rodríguez, a quien corresponde atender toda esa problemática, anda dedicado a la politiquería bastarda, al hostigamiento de la disidencia política, antes que a limpiar y conservar la ciudad que debe gobernar.

Aquella ciudad alegre y cosmopolita ha desaparecido. En la noche del lunes asistimos a un conocido restaurante de comida libanesa en Los Palos Grandes, para compartir con unos amigos. Al salir de regreso a casa, apreciamos una ciudad desolada. Eran las 10:00 de la noche y la entonces la zona rosa de Caracas, el Soho venezolano, lucía totalmente solo. Ni un alma caminaba por sus calles. Uno que otro vehículo pasaba.

Aquella Nueva York de América Latina, que mi amigo peruano me había descrito, se ha convertido en la ciudad fantasma. En la ciudad del miedo, de la soledad y de la tristeza. Es el resultado de quince años del “gobierno socialista” que, aplicando la misma receta de su paradigma cubano, ha logrado el mismo efecto que los barbudos lograron con La Habana: pararla en el tiempo, desdibujarla y entristecerla. Mientras tanto, Bogotá, Lima, Santiago, Ciudad de Panamá, Buenos Aires, Río de Janeiro y otras capitales latinoamericanas muestran otra cara. La de la modernidad, la del progreso, la de la alegría.