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Sergio Monsalve

El cierre de un ciclo

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Los problemas sociales y económicos no parecían ejercer algún tipo de presión sobre la vida íntima de los personajes de Woody Allen, refugiados en apartamentos y mansiones de las grandes capitales del mundo: Nueva York, Londres, Barcelona y París. Otros asuntos morales, personales y éticos desencadenaban los conflictos humanos de sus últimos trabajos. Gozaba el autor en retratar el descontento y el malestar de la clase media alta, de las pequeñas aristocracias en decadencia, de los llamados “bobos del paraíso”, de los burgueses y bohemios. Por ello, además de acusarlo de pederasta, lo tacharon de esnobista y acomodaticio, al permanecer aferrado a una burbuja de postales, no lugares e inmuebles de lujo.

Muy atrás quedaba el director de Broadway Danny Rose y Take the Money and Run, con sus perdedores de medio pelo, buscando salir del abismo de las malas calles. Así como la Gran Manzana sufrió un proceso de gentrificación urbana para depurar el tejido de las zonas populares, el cine del realizador fue apartándose de las miserias de la periferia.

El estreno de Blue Jasmine viene a revertir y a quebrar dicha tendencia, como una forma de exorcizar a los demonios y las pesadillas de la depresión.
En el filme, una señora de alcurnia cae desde lo alto del jet set a lo más bajo de la ciudad de San Francisco, a causa de la bancarrota financiera de su marido. El esposo es un lobo de Wall Street, condenado por cometer delitos de cuello blanco. A partir de entonces conocemos el derrumbe existencial de la protagonista, encarnada por la soberbia Cate Blanchett, quien compone el perfil de una mujer madura en estado de crisis. Afectada por el consumo de tranquilizantes y ansiolíticos, empieza a perder la noción del tiempo presente y a sumirse en el recuerdo perpetuo de sus glorias pasadas, cuando se sentía fuerte, segura y exitosa. En consecuencia, ella personifica un arquetipo clásico de la historia femenina, antes revisitado por Billy Wilder en Sunset Boulevard. Símbolos de una época, de un período, de un país, de un mundo conmocionado por tempestades.

Blue Jasmine resume el declive de las utopías del siglo XXI, abolidas por el crack de la bolsa en 2008. El largometraje expone, por tanto, una tesis pesimista, sin posibilidad de redención. La hermana rica jamás descubrirá la luz al final del túnel. La pobre y humilde, al menos, será dignificada por mantenerse fiel a sus principios.
En la misma orilla se emplaza la implacable August: Osage County, también influida por un espíritu de derrota, de eclipse del sueño americano. Aquí Meryl Streep tampoco logra desligarse de su círculo vicioso de drogas recetadas, complejos neuróticos y viejos rencores de familia disfuncional. Un ambiente de luto embarga a los personajes de la ficción. De nuevo la tragedia, la esquizofrenia y el olor a muerte definen la estructura del guión. Curiosamente, el matriarcado vuelve a fungir de imagen de alerta, de emblema del hundimiento.

¿Es una alusión a la patria herida, a la sociedad castrada y derrotada? Cada uno debe buscar la respuesta en la pantalla. De cualquier modo, según ambos títulos, la única alternativa radica en cortar los lazos de la dependencia, de las relaciones tóxicas, de las cárceles de la mente. Hay esperanza, pero fuera del claustro de la alienación.