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Ildemaro Torres

Y algo de la ciencia

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Sí, veámosla también a ella, que mucho significa. Es de Augusto Pi Suñer, el ilustre profesor catalán a quien tanto le debemos por su contribución al desarrollo de nuestra ciencia y en particular de la medicina experimental, esta observación: “El hombre hace la ciencia, pero para hacerla, se ha de colocar siempre al hombre en el centro de la ciencia”; una concepción más que de la ciencia, de la vida, y es el punto a partir del cual se bifurca el camino de su aplicación. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quiénes?, de respuestas distintas y hasta contrarias en cada camino.

Mientras miles de científicos en el mundo, dedican lo mejor de su capacidad y de su tiempo a crear perspectivas de desarrollo y condiciones para un real disfrute de la vida; otros, en centros especializados y con aportes ilimitados que son secreto militar, trabajan en la invención y perfeccionamiento de diversos tipos de armas, optando por la aplicación bélica del conocimiento científico, cual expresión de un sistema social y económico en el que el ser humano como tal cuenta poco; aberración en la que han participado incluso investigadores laureados, movidos por ambiciones personales o por el odio racial o político hacia determinados sectores de la humanidad. De allí que la ciencia en sí misma no pueda ser calificada de buena o mala, sino que corresponde a los científicos y a quienes detenten el poder político, determinar el contenido moral de ella.

En agosto de 1945 Hiroshima y Nagasaki fueron destruidas por un bombardeo atómico estadounidense, con muerte instantánea de miles de personas y un número incalculable de víctimas horriblemente quemadas y condenadas a una muerte lenta y dolorosa. Años después Daniel Goldstein llamó a Vietnam “Laboratorio para el genocidio” ante el despliegue de la más  alta y sofisticada tecnología por parte de Estados Unidos, que ensayó contra ese país las guerras bacteriológica, química, electrónica y geofísica. La comunidad científica vinculada a la red de laboratorios de Fort Detrick fue definida entonces como la Cuarta Fuerza Armada de Estados Unidos.

Con júbilo planetario el 8 de diciembre de 1987 Ronald Reagan y Mikhail Gorbachov firmaron en Washington el tratado con el que eliminaban sus misiles nucleares de alcance intermedio. Sin embargo los riesgos persisten con todas sus nefastas implicaciones.

En el extraordinario discurso que pronunció inaugurando la reunión sobre la paz y el desarme, del Grupo de los Seis en Ixtapa (México), el 6 de agosto de 1986, Gabriel García Márquez hizo, entre otras notables afirmaciones, estas: “Hoy existen en el mundo más de 50.000 ojivas nucleares emplazadas. La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal que pende sobre nuestras cabezas como un cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar cuatro planetas más de los que giran alrededor del sol, y de influir en el equilibrio del sistema solar. Ninguna ciencia, ningún arte, ninguna industria se ha doblado a sí misma tantas veces como la nuclear desde su origen, ni ninguna otra creación del ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de terminación sobre el destino del mundo” 

En política oficial venezolana, dentro de la actual militarización nacional se han cultivado nefastos vínculos  con países y organizaciones terroristas; asimismo, no sólo padecemos la agresión armada a las universidades, sino la reducción o abolición de todo presupuesto que pudiera permitirles llevar adelante estudios y proyectos de investigación científica en términos constructivos de alta moral

A decir del Gabo: “La carrera de las armas no se concede un instante de tregua”, y reitera  “La carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia”.