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Rafael Rattia

Una ciencia del presente

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De todos los animales que conforman la escala zoológica de la vasta e insondable mater natura es el zoom politikon, es decir homo sapiens, el que dispone para sí y sus congéneres de la potencia ilimitada de racionalidad y despliegue teórico-metodológico de los recursos intelectuales del discernimiento, la disección analítica, la interpretación, la crítica y su correspondiente autocrítica. Homo rationalis es también homo linguisticus. El hombre que piensa es también el hombre capaz de hablar y de hablar bien, correctamente. Hablo porque pienso y pienso con cabeza propia, con autonomía criteriológica.

Nunca nos dijeron que había una ciencia del presente; nos vendieron la socorrida idea de que la historia era el estudio científico de los hechos humanos desde una perspectiva teórico-metodológica fundada únicamente en el pretérito. Leímos y releímos que la “madre de todas las ciencias” era, fundamentalmente, un saber teórico y metódico sobre los hechos protagonizados por el hombre en el tiempo. ¿Cuál tiempo?, ¿el tiempo pasado o futuro? La historia no es, de hecho, una prognosis, la historia no es arte prospectivo ni saber futurológico. Los historiadores no son adivinos; son, eso sí, hombres de carne y hueso que sufren como el que más los padecimientos y rigores que se ciernen sobre el resto de la sociedad en que viven, trabajan, aman, se enamoran, procrean, se multiplican y fenecen. Un historiador es, por tanto, en principalísimo lugar un ciudadano común y corriente que por fuerza de su vasta y rigurosa formación académica y científica dispone de herramientas conceptuales, nocionales y categoriales para estudiar y comprender los hechos producidos por el hombre en esa doble dimensión temporal que constituye el natural devenir de la humanidad con toda su carga de ansias y expectativas colectivas e individuales. ¿De dónde venimos, hacia dónde vamos como especie humana? Son interrogantes que no sólo se formula el hombre común independientemente de su formación académica. Todos, de una u otra forma, en determinado momento de nuestra existencia, nos preguntamos ¿hacia dónde vamos? Todas las ciencias humanas pretenden querer saberlo y hacen lo humanamente posible de acuerdo con los recursos técnicos y científicos para saberlo. La sociología, la antropología, la filosofía, la comunicología, todas construyen un saber orientado a descubrir los mecanismos que hagan posible un menor grado de indeterminación y azar en el abigarrado mundo de las relaciones humanas cada día más signadas por el relativismo y el saber entrópico.

Por supuesto que la historia es, ex aequo, el estudio y comprensión de toda sucesión de acontecimientos producidos por el hombre desde la noche más oscura de la especie sapiente, pero la historia no es solo y exclusivamente estudio del pasado enteco y amañado como bien denunció en su momento nuestro gran Enrique Bernardo Núñez; la historia es algo más que un saber circunscripto al irremediable pasado que pretende hablarnos de bondades y maravillas protagonizadas por nuestros mayores antecesores. La historia, desde Tucídides, Heródoto, pasando por Vidal de La Blanche, Lucien Fevre, Marc Bloch, ha hurgado sobre los enigmas del pasado con miras a iluminar las zonas más oscuras de nuestro presente. Y es en esa corriente historiográfica que me inscribo, modestamente, en el ánimo de comprender el presente para transformarlo. No se trata de un saber historiográfico contemplativo y neutral; de ningún modo legitimamos una razón histórica “objetivista” en el sentido cientificista que instituyeron ciertos historiadores del siglo XX, sólo por referirnos al pasado más cercano, tampoco se trata de legitimar verdades consagradas por la tradición y la fuerza instituyente del poder a lo largo del devenir de la sociedad. Se trata, eso sí, de develar con la mayor fuerza intelectual disponible a nuestro alcance los mecanismos epistemológicos e institucionales que hacen posible desde el poder escamotear la verdad histórica en todas sus facetas y aristas éticas y gnoselógicas con fines oscuros e inconfesables desde la racionalidad del poder y su urdimbre de instituciones destinadas a normalizar el discurso de la dominación y de la reproducción del logos autocrático de la enajenación ideológico-cientista.

 

 

@rattia