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Pedro Llorens

Del cielo llueven las vainas

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Entre muertos, dejados de ver, y el odio inculcado por (y hacia) Hugo Chávez y su gente, ya casi no nos quedan amigos, y los pocos que podríamos (quisiéramos) reencontrar están cada vez más lejos, separados por el tráfico que genera la falta de nuevas vías, el escaso mantenimiento de las existentes, la carencia de servicios, el deficiente transporte en la superficie y el lamentable estado del subterráneo (el Metro llegó a ser considerado el punto de partida para transformar a Caracas en una ciudad moderna, grata, segura y limpia, antes de convertirse en el patético ejemplo de la ineptitud chavista).       

Un refrán español referido a los locos, advierte que muchos de ellos empezaron por creerse sabios, y el nuestro no es la excepción, pues –aunque a duras penas llegó a tercer año de bachillerato, y fue rechazado en su primer intento de ingresar en la Escuela Militar– aprendió de los predicadores evangélicos (a principios de su mandato nombró a uno de ellos como director de Cultos del Ministerio de Justicia, en lugar de un seglar cristiano como era la costumbre, y en enero de 2002 se proclamó cristiano evangélico, lo que posteriormente negó) a manejarse con lo que saben, por poco espacio que ello ocupe en la bóveda craneana.

Hugo Chávez se inició en la política activa (a su salida de la cárcel) como la negra del  famoso son jalisciense: “Negrita de mis pesares/ hojas de papel volando/ a todos diles que sí/ pero no les digas cuándo”... y entre todos a los que dio el sí estuvieron Fidel Castro, Norberto Ceresole, Domingo Alberto Rangel, Luis Miquilena y Jorge Olavarría… El primero le ofreció poder vitalicio a cambio de petróleo, el segundo le propuso un partido militar, el tercero le pidió no contaminarse, el cuarto lo convenció de  empatucarse como candidato y el quinto intentó inculcarle los valores de la democracia… Al final se quedó (o lo dejaron) con Fidel: Ceresole fue repudiado por todo el mundo y los demás lo repudiaron a él…

En el perfil que le hizo John Lee Anderson, publicado en The New Yorker (10/09/01), aparece el testimonio de uno de sus carceleros: “Todas las mañanas se sentaba en un patio cerrado donde había un busto de Bolívar y con él hablaba”… y ya entonces se ufanaba de formar una unidad etérea con “el pueblo” que es la voz de Dios, lo que lo colocaba en la ruta del “fascismo romántico” practicado por camisas negras, pardas o viejas.      

Otro refrán, venezolano, recuerda que “cuando el año es frijolero, del cielo llueven las vainas”… ¡Veremos en diciembre!