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Mark Roe

El ciclo de la confianza regulatoria

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Al final del mes pasado, la Reserva Federal hizo públicas las transcripciones de las reuniones del Comité para las Operaciones de Mercado Abierto de la Reserva Federal (el organismo que fija la política monetaria de esta última) en el período inmediatamente anterior a la crisis financiera de 2008.

Lamentablemente, demasiados informes sobre las transcripciones no han entendido el panorama general. Criticar a la Reserva Federal por subestimar los peligros subterráneos que estaban a punto de estallar hace que parezca que algunos protagonistas se equivocaron. En realidad, el de subestimar el riesgo financiero es un problema general: es la regla, no la excepción.

Incluso después de que el banco de inversión Bear Stears quebrara en marzo de 2008, los dirigentes de la Reserva Federal creyeron que la estructura institucional era lo bastante fuerte para prevenir una crisis. El presidente de la Reserva Federal de Nueva York, Timothy Geithner, pensó que los bancos tenían capital suficiente para soportar las posibles pérdidas. Asimismo, el vicepresidente de la Reserva Federal, Donald Kohn, dijo al Senado de Estados Unidos que las pérdidas en el mercado hipotecario no amenazarían la viabilidad bancaria. Resulta significativo que  la opinión de los expertos del mundo académico fuera similar. Según la opinión predominante, lo de que hubiera bancos demasiado grandes para quebrar había dejado de ser un problema, pues la legislación bancaria del decenio anterior permitía no abrigar preocupación al respecto.

Aun cuando algunos dirigentes no vieran la magnitud del estallido que estaba por venir, gestionaron sus consecuencias todo lo bien que era de esperar. De hecho, las propias transcripciones revelan que los dirigentes de la Reserva Federal estaban preocupados por una desaceleración económica y dispuestos a emplear sus instrumentos macroeconómicos y las declaraciones públicas optimistas –por ejemplo, las del vicepresidente Donald Kohn– iban acompañadas con frecuencia de preocupaciones expresadas en privado.

Entonces, ¿qué enseñanzas se desprenden de ese episodio? Cuando la economía funciona bien y las quiebras financieras han sido pocas y con grandes intervalos entre ellas, los reguladores caen en la tentación de conceder a los regulados sus solicitudes de reducción de los requisitos mínimos de capital, iniciar nuevas líneas de negocio y aceptar un mayor riesgo. Resulta difícil de imaginar una crisis, por lo que parece aceptable relajar las reglas. Los reguladores ven lo bien que van las entidades financieras, se convencen de que su propia regulación es eficaz, de que los regulados pueden por fin gestionar los bancos bien y de que, si surgiera una crisis inesperadamente, los instrumentos normativos pueden salvar el sistema financiero y la economía real. Actualizan su concepción reguladora con lo que ven y lo que ven parece estable. Los expertos del mundo académico validan ese juicio.

De hecho, hay un ciclo en la confianza regulatoria. Los reguladores reaccionan ante un estallido creando nuevas normas. La economía se recupera, los reguladores concluyen que actuaron bien (cosa que es cierta) y entonces los regulados se resisten a un mayor endurecimiento. El sector sostiene que se ha resuelto el problema y un mayor endurecimiento perjudicará la economía. A medida que continúa la recuperación y se debilita el recuerdo de la crisis financiera, se disipa el deseo de cambios regulatorios. ¿Por qué arreglar algo que ya no está averiado?

Ahora vemos que el ciclo se repite. Después de que se promulgara en Estados Unidos la legislación Dodd-Frank de reforma financiera y, después de que se aumentasen los requisitos mínimos de capital prescritos para las entidades financieras y se limitaran algunas de sus actividades de mayor riesgo, los dirigentes del sector anunciaron que se había ganado la batalla en gran medida. Se había logrado que el sector financiero estuviera seguro para el siglo XXI. Una mayor regulación sería punitiva e irreflexiva, pues impediría a los bancos desempeñar su función: la de prestar a la economía real.

Entretanto, los reguladores tendrán motivo para creer que han logrado un nuevo paradigma de seguridad: unas normas más estrictas que impedirán la quiebra de los bancos y nuevas formas de resolver los problemas de cualquier banco que caiga por las grietas y quiebre igualmente. Media docena de años después de la crisis financiera, a los reguladores les parecerá descorazonador sacar cualquier conclusión que no sea la de que han resuelto el problema o les falta poco para hacerlo. Fatigados por años de esfuerzo y acosados por las críticas del sector, los reguladores abrirán la mano.

Y entonces es cuando la situación se vuelve peligrosa. Por ejemplo, como muchos consideran que el desplome de Lehman Brothers fue la causa de la crisis financiera o la exacerbó, se ha centrado gran parte de la regulación en la creación de medios para gestionar la quiebra de una entidad financiera igualmente grande. Una nueva autoridad reguladora del Congreso ha fomentado la opinión de que los reguladores no tardarán en poder abordar fácilmente una quiebra del tamaño de Lehman Brothers.

Pero, si los reguladores se vuelven demasiado confiados antes de tiempo, podrían considerar seguro el sistema financiero contra un desplome, como les ocurrió a muchos en 2008. Como generales que combaten en la última guerra, los reguladores se convencerán –y los expertos del mundo académico y los observadores del sector convendrán con ellos– de que pueden abordar y desactivar otra explosión como la de Lehman Brothers antes de que ocurra. El propio sector financiero creerá que se ha salvado la financiación; de hecho, ya habrá empezado a internarse por esa vía y unos reguladores fatigados y deseosos de cantar victoria pueden convenir en ello. Sin embargo, la financiación puede fallar de muchas formas; el desplome de Lehman Brothers es solo una de ellas.

Si ese ciclo es –aunque solo sea aproximadamente– cierto, la fatiga de la lucha para mantener más segura la financiación no tardará en convertirse en el convencimiento regulatorio de que ya se ha ganado la última guerra. En una economía fuerte, la financiación parecerá más fuerte y la regulación vigente parecerá eficaz. Es habitual que las personas actualicen sus opiniones sobre el mundo con lo último que ven; si lo último que ven es una economía fuerte y un sistema financiero estable, concluirán que han estabilizado el sistema. Las transcripciones de la Reserva Federal de 2008 revelan que sus dirigentes vieron esa clase de mundo.

Será fácil interpretar las crisis que se ciernan en el futuro como baches de poca importancia en el camino que se pueden superar, pero en algún momento lo que parecía un bache resultará ser una mina terrestre, no advertida porque no era la que se vio como la causa de la última explosión.

La cuestión no es si volverá a ocurrir, sino dónde, cómo y cuándo.

*Profesor de la Facultad de Derecho de Harvard

Copyright: Project Syndicate, 2014.