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Elizabeth Fuentes

El ciclista

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Se trata de una pasión seria, una afición que limita con el fanatismo, un esfuerzo casi religioso que no perdona domingos ni amores, ni se percata de la lluvia y evade autos y monóxido con la misma elegancia de una bailarina en apuros. Es decir, el ciclismo se respeta.

Para empezar, amerita coordinación: que el pie derecho sepa lo que hace el izquierdo, como mínimo. Luego, que los pulmones estén lo suficientemente entrenados para afrontar una subida impredecible y el hombre pueda mantener su ritmo chola hasta llegar a la cima. Y, por si fuera poco, debe sufrir calladito aquella fajazón porque, llegado un punto, los músculos de las piernas comienzan a doler horriblemente y, aun así, hay que seguir adelante y pedaleando porque culminar la ruta elegida no se discute.

Son tan serios algunos ciclistas y se interesan tanto en su actividad, que se aprenden de memoria los nombres de los músculos y de los huesos y hasta para qué sirve cada uno. Y ni hablar de su conocimiento sobre cuáles son las mejores bicis o conocer el récord que batió fulano en el tours de no sé dónde o cómo logran aligerar la carga de cada quien en beneficio del equipo, lo que implica medir milimétricamente hasta el peso de las goticas de sudor, que tan sexy le quedan a algunos, porque la diferencia entre ganar o perder puede estar en un gramo de más o de menos.

Pero, como en todo, hay ciclistas de ciclistas. Tenemos por un lado al excepcional Tim Krabbe, campeón de ajedrez, que decidió cambiar de deporte cuando ya el cuerpo no se lo permitía y aun así logró colarse en varias gestas importantes, hasta que su participación en el Tour del Mont Aigoual le dio el premio mayor. Escribió El ciclista a partir de esa experiencia, y entró por la puerta grande de la literatura ya que su relato, que ha vendido millones de ejemplares, es considerado hoy un libro de culto gracias a la maestría del autor al extrapolar el esfuerzo de los ciclistas en competencia a eso que llamamos la vida misma.

Están también los Lance Armstrong, el que lo tenía todo pero terminó frustrando a sus fanáticos por culpa de su tramposería. Lo suyo, una burla criminal, lo llevó a la silla mayor amparado en una que otra palanca, personajes que le permitieron ganar sin que a nadie le importara mucho descubrir si se dopaba o no porque, mientras él estuviese en el poder, su entorno se enriquecía más rápido que lo que Lance pudo haber demorado en ganar la Vuelta al Táchira.

Más allaíta están Contador, Indurain, Bahamontes, Flecha, Hinault. Y por allaooota, Maduro.

Maduro con su casco chiquito y sus kilos de más, podría ser el típico caso del ciclista que aprendió tarde. El que lanzaron a la competencia apoyado en las dos rueditas de atrás pero, en plena bajada, se dio cuenta de que se las habían quitado sin avisarle, como suelen hacer los padres crueles, y entonces cayó frente a los amiguitos de la cuadra haciendo el ridículo desde entonces y para siempre.

“No es verbal, no es corporal”, seguramente descubrieron sus desesperados asesores cuando hurgaron en el medio más idóneo para que Maduro se lograra comunicar. Entonces intentaron llegar a la meta disfrazándolo de lo que no es, error de librito de cualquier aprendiz en el área, espinoso y equivocado camino donde se les espicharon los cauchos a todos y la estrategia rodó. Pareciera que aún no se dan cuenta de que no le cuadra la Presidencia –¿qué presidente confiesa que se quedó despierto hasta las 4:00 de la mañana viendo El hombre araña?–, que nadie se ríe de los chistes que le escriben y la concha de mango de inventar palabras, a raíz de su propia ignorancia, sólo acentúa sus carencias.

Yo, que algo sé del asunto, buscaría mantener el apoyo del sector duro del PSUV y lo pondría a recorrer Caracas en moto, con un pran de parrillero, comiéndose la flecha y asustando a choferes y peatones. ¿Cuánto apuesto a que no se cae…? De la moto, quise decir.