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José Rafael Herrera

No es el chocolate

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Fue Carlos Fuentes, en uno de sus más extraordinarios ensayos, El espejo enterrado, quien paradójicamente desenterró, para la conciencia de nuestra formación cultural, los orígenes de una de las delicias más estimulantes de los tiempos presentes, la misma que César Miguel Rondón promueve día a día, con tan grata y especial entonación que hace poner en riesgo la prudencia, al punto de confrontarla con el deseo irresistible e irrefrenable. Se trata, obviamente, del chocolate, o más bien Xocolatl, como lo llamaron sus demiurgos, los olmecas, mayas y aztecas, entre otros pobladores del Nuevo Mundo, muchos antes –5.500 años, tal vez– de la llegada de los europeos a tierra americana. Como se sabe, el chocolate es el derivado de las semillas del cacao, un fruto oriundo de la cuenca del río Orinoco, que se extendió desde el Amazonas hasta prácticamente todo el sur del continente y hasta más allá del Río Grande.

Por sus beneficios anticancerígenos, cardiovasculares y sobre todo como estimulante y antidepresivo, es recomendado el consumo de chocolate por estudiosos e investigadores de universidades y de reconocidos centros nutricionales de desarrollo científico. Rico como es en sustancias químicas, como la feniletilamina, la teobromina o el triptófano, su consumo, según se dice, no solo relaja, sino que hace ver las circunstancias más difíciles que se presentan en la vida con franco optimismo, al punto de que los regímenes autocráticos, tan afectos a la corrupción y a la ineficiencia, deberían promover el consumo masivo de chocolate, con el claro objetivo de morigerar las tensiones crecientes en gruesos sectores de la sociedad, evitando, de ese modo, situaciones de riesgo mayor para sus intereses partidistas. Sí, porque existen hoy en día países en los que el Estado ha sido reducido a los intereses exclusivos de un partido y cuya nomenclatura principal tiene como patrón o modelo de acción el de un cartel, una mafia, una “cosa nostra”. Por desgracia para esos países, asediados por la tristeza, plenos de temor e ignorancia, la crisis económica que han ocasionado sus secuestradores ha sido tan severa que el chocolate, junto con la mayor parte de los productos de consumo básico, se ha vuelto escaso y, por supuesto, costoso.              

Decía Ludwig Feuerbach que “el hombre no es otra cosa que lo que come” (Der Mensch ist  nichts anderes als das, was Sie essen). Respondía Gramsci, siguiendo para ello las consideraciones hechas por Marx en sus Thesen Ad Feuerbach que, ante semejante observación, se tendría que concluir que la historia de la humanidad tiene su punto de partida determinante en la cocina y que las transformaciones que ocurren en su devenir coinciden con los cambios radicales de la alimentación. ¿Será posible reducir la complejidad del pensamiento a una suerte de antropología naturalista, en la que el género humano pueda ser identificado exclusivamente sobre la base de sus condiciones biológicas? Hombres de maíz, se titula una conocida obra de Miguel Ángel Asturias. Porque si “el hombre es lo que come”, entonces el hombre es también el continente que habita. Y así, pues, será de avena o de trigo el europeo, o de arroz el asiático. Y si los latinoamericanos fuésemos como barras de chocolate, muy probablemente constituiríamos uno de los territorios más felices del orbe.

No pocas veces conviene voltear la mirada desde los efectos hacia las causas, con el objetivo de reexaminar –de reconstruir– el resultado de lo que se ha pensado y que se da por “hecho”. Más bien, históricamente han sido las grandes transformaciones ocurridas en la historia las que han modificado sustancialmente la alimentación y educado el paladar. No ha sido solo el cultivo de las semillas lo que ha hecho cesar la vida de los nómadas. Pensar que a partir de un determinado factor, único y exclusivo, se puede resumir la compleja estructura de la sociedad, diversa por definición, no es más que un residuo teológico que calza muy bien en las botas de los tiranos.

La realidad es el resultado del hacer y del pensar. Hacer y pensar son, en tal sentido, idénticos. Las circunstancias son determinadas por los hombres tanto como estos por las circunstancias. La educación supone la existencia de educadores que han sido, a la vez, educados. Si hay sociedades que educan habrá sociedades educadas y una sociedad que ha sido educada prosigue y profundiza en el desarrollo de su educación. La educación es la acción más importante de toda sociedad, la continua creación de sí misma, su verdadera praxis social, su crescit et concrescit. De nuevo, las circunstancias forman a los hombres, pero esas circunstancias han sido igualmente formadas por los hombres, los cuales actúan determinando las circunstancias que re-actúan sobre ellos. La causa está en la actividad sensitiva humana, no en el chocolate, ni en el maíz, ni en el trigo, productos, efectos, del desarrollo de la cultura y de la educación.

Es verdad, como decía Vico, que la verdad y el hecho se identifican (Verum et factum convertuntur). La objetividad, que es el resultado de la acción del sujeto, es, en consecuencia, su propia proyección. Se es lo que se hace. Y el reconocimiento de esta acción continua, de esta actividad práctica y crítica, es la conciencia de sí mismo, es decir, la autoconciencia. No es posible que un educador no haya sido educado.

A la luz de las crisis surgen elementos de no poca importancia, elementos a partir de los cuales conviene re-pensarse, a fin de superar las carencias materiales y espirituales. Insistir en un modelo causa-efectista, mecánico, que se da por hecho como el “modelo” a seguir, y a partir del cual se pretenden resolver los grandes problemas que aquejan a una determinada sociedad, no sólo es una equivocación teórica sino que, además, representa la ruina anunciada, fácilmente previsible. Se trata, en suma, de insistir en la formación cultural y en la educación integral como única garantía de poder superar la pobreza de cuerpo y alma. Una sociedad que se satisface sobre sus propias ruindades y prejuicios está condenada. La sociedad que se educa –y que no solo se instruye– con el tiempo se transforma en una sociedad productiva, capaz de garantizar su sustento, la paz social y la libertad. Dios no tiene tiempo, ni perfecto ni imperfecto. Si lo tuviese dejaría de ser Dios, porque dejaría de ser eterno. El tiempo es de los hombres, y depende de su constancia, de su empeño y de su dedicación la superación de las dificultades que ellos mismos se crean. El chocolate no es el punto de partida: es un resultado.                    

@jrherreraucv