• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Una chica peligrosa llamada creatinina

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Entré en emergencia y fui recibido por una joven que bien podía haber visto alguna vez en Cuenca acurrucada en la playa del mercado o luciendo una profusión de collares en Otavalo. Sin decir palabra, ajustó con destreza y perfección el jerco que en el dorso de la mano mantiene firme la aguja por donde viajarán los litros de suero y antibióticos, pero cuyo parsimonioso goteo habría arrasado con la paciencia de Teresa de Jesús, doctora ella también, pero de la Iglesia. Sin decir palabra, la ecuatoriana me clavó una inyectadora muy cerca del ombligo y jamás la volví a ver.

En la  tarde, ya en la habitación, otra enfermera con una  mirada similar al azul del cielo de enero que veía a través del ventanal del tercer piso, armada igualmente de una inyectadora como la de la chica de Otavalo, me levantó la camisa del pijama: ¿Dónde quiere que se la ponga? Donde quieras, mi amor, ¡menos en el lugar aquel que te conté porque me vas a desgraciar más de lo que ya estoy! No alcancé a ver cómo el líquido azul de su mirada se endurecía porque ya me había clavado la inyectadora muy cerca del mismo ombligo de la mañana. ¡Comprendí que con estas muchachas es mejor no propasarse!

Tuve que internarme en la clínica porque días antes sufrí un accidente cerebrovascular muy leve. ¡Sin daño en las facultades intelectuales!, afirmó categórico el doctor Peña. Mi única preocupación, le dije, era que hubiese quedado cuerdo. Mostré también una grave infección renal y a medida que avanzaban los exámenes apareció... el dengue.

¡¿Dengue?!, grité anonadado. ¡Qué bochorno! Creía padecer una enfermedad VIP dentro del grupo de dolencias conocidas y resultaba que también arrastraba una vulgaridad bolivariana. Paulatinamente, este dengue se fue eclipsando y en su lugar alcanzó alarmante protagonismo la creatinina: un exceso en los riñones. Fui presentado a ella por la eminente nefróloga de la clínica. Gracias al celo médico y al enjambre de bellas enfermeras la recuperación fue rápida. Comencé a beber agua con voracidad y deleite y descubrí lo sabrosa que es, incluso sin el chorro de whisky. Después del ACV he quedado más loco que nunca porque nadie en su sano juicio puede encontrar deliciosa, atractiva y de exquisito gusto la desangelada comida sin sal de la clínica. Llegué, incluso, a enviar con las camareras saludos muy afectuosos a la jefa dietética.  De saberse, mis amigos epicúreos terminarán cambiando de acera para no hablarme y suscribirán una petición a las autoridades sanitarias del país (¡de existir alguna!) para que me internen en el psiquiátrico de Bárbula; no por atarantado sino, peor aún, por debilidad mental.

Contribuyó a recuperarme el ventanal de la habitación. Veía la majestuosidad del Ávila en el sector siempre deprimido del estribo Duarte; las luces distantes de los barrios de Petare, la lujuriosa vegetación de La Floresta y la luminosidad del cielo de Caracas en enero. Veía pasar a mis amigas las guacamayas, monógamas, siempre en parejas, y pájaros revoloteando todo el tiempo. Uno de ellos, pensé, es el único responsable de la catástrofe venezolana. No sea cosa que, de pronto, toque el ventanal con el ala y con la bronca vulgaridad que tuvo cuando era el Comandante Supremo me interpele y diga que: ¡Hay que seguir la batalla!

¡Ahora estoy en casa! Con salud, pero con la billetera menos abultada. Duermo con Belén; abrumada, y, sin embargo, feliz. En todo caso, me traje de la clínica a la bella y peligrosa creatinina. Me complazco imaginarla como la mujer fatal y vampiresa del cine americano de los años treinta, enroscada en mis riñones esperando el momento propicio para cumplir su última traición mientras continúo bebiendo litros de agua helada y añorando la insípida comida de La Floresta.