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Leopoldo Tablante

El terror de la miseria

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Hugo Chávez solía decir que su libro de cabecera era Los miserables de Víctor Hugo, de donde debe haber extraído a los desdichados de los que calcó a sus pobres y a los justos de los que se calcó a sí mismo. Además, el libro contiene un extenso panegírico militarista en el que describe la derrota de Napoleón Bonaparte en Waterloo. La lógica “más grande que la vida” de Los miserables fue inspiración para forjar a lo largo de la primera década del siglo XXI un discurso político melodramático por medio del cual Venezuela delató su rezago político. Sin embargo, a pesar de su lenguaje inflamado de heroísmo y de gesta, Los miserables contiene reflexiones que van a contrapelo de lo que Chávez pensaba para Venezuela: “Los pueblos civilizados, sobre todo en nuestros días, no se levantan ni se rebajan por la buena o mala voluntad de un capitán”, escribe el novelista francés, lo que equivale a decir que la espada de Bolívar no garantizará la paz social y política que la propia sociedad civil no sea capaz de procurarse.

El fallecido ex presidente Chávez se ocupó de revolver el avispero de la inequidad venezolana y creó un movimiento vindicativo, de abajo hacia arriba, avalado por las instituciones y amparado por una Fuerza Armada que se ha pasado los últimos 24 años curándose del complejo de culpa heredado del Caracazo. Al mismo tiempo, la puntada de resentimiento que ha regido los últimos 14 años encontraba en el propio Chávez un colchón de aire que, a pesar de las invasiones, la violencia y las persecuciones políticas, contenía las ansias de los más extremos funcionarios civiles de su régimen. Porque el chavismo fue, por lo menos hasta el primer trimestre de 2011, el narcótico narrativo desarrollado por el Chávez fabulador.

En su célebre semblanza sobre Hugo Chávez, Gabriel García Márquez le atribuye al ex presidente venezolano una memoria “con algo de sobrenatural” que el comandante despachaba en relatos hilvanados “con un gran sentido del tiempo”, es decir, con un gran sentido de la oportunidad. La agenda de la revolución bolivariana no fue sólo dictada desde la tribuna que Chávez tenía en Aló, Presidente, sino que sus programas de gobierno vitrina, las misiones, fueron concebidos en tiempo real como respuesta institucional y populista al paro petrolero 2002-2003. Las misiones fueron la cara positiva de la venganza que el chavismo ejerció contra la oposición: las divisas represadas por medio del control de cambios –medida que selló la centralización de la economía– fueron reorientadas hacia el gasto social. Ese cambio fue comunicado a través de Aló, Presidente como ocurrencias geniales del fallecido mandatario. El show chavista normalizó las imágenes, buenas y malas, de un régimen reducido a una sola persona y las repartió en nexos de adoración y de odio incondicionales.

Mucho le ha debido el chavismo al melodrama decimonónico heredado por las telenovelas, llenas, como Los miserables, de tramas bipolares donde el pobre contrasta con el rico, el noble con el impío y la indecente con la virtuosa. El relato del Chávez vivo sobre su propio movimiento político sublimaba y, al mismo tiempo, resaltaba la lucha de clases venezolana. Como en un cuadro de Arturo Michelena, su retórica era el marco dorado que elevaba la causa de los excluidos al nivel de la epopeya libertadora. Chávez tremolante y caudillesco ejercía una autoridad carismática que era un muro de contención contra los raptos de sus colaboradores más volátiles. Sin embargo, ido el jefe mayor, hoy al chavismo no le queda ni relato ni fuelle, si acaso una libertad inflamable. El chavismo tardío ya no puede oír la voz profética del “por ahora” del 4 de febrero de 1992 porque ese futuro caducó, oficialmente, el 5 de marzo pasado. En cambio, el chavismo tardío se precipita por la voz apocalíptica de Carlos “el Chacal”, ésa que le recomendaba a Chávez dejar el palabrerío para, por medio de la represión,convertir la idea de la revolución en purga y en bala.